Homero Virgilio Medina, el último galénico de mi pueblo – Por Homero Francisco Medina

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        La trayectoria Profesional de Homero Virgilio Medina se halla íntimamente ligada a la Historia de la Farmacia Galénica, aquella que tuviera su apogeo entre fines del siglo XIX y comienzos del siguiente y que aún se proyectara vigorosa hasta mediados del siglo XX, para luego entrar en decadencia en sus últimas décadas, cuando la gran industria de los laboratorios multinacionales fue modificando los modos de comercialización de los medicamentos. Es cierto que sería mas aprpopiado hablar de Farmacia Magistral o de Farmacia especializada en formulaciones magistrales, es decir una farmacia que elabora y comercializa medicamentos especiales  para pacientes que tienen necesidades de salud específicas. Farmacia que perfectamente coexistía con la Oficina farmacéutica de un carácter más comercial habida cuenta de que actúa casi como simple expendedora de los medicamentos que mayoritariamente son producidos por la industria farmacéutica. Pero en parte por razones puramente estéticas y en parte influido por una perspectiva historicista he elegido el nombre de Farmacia Galénica para identificar una actividad que tiene como principal referente histórico al Médico antiguo Claudio Galeno.

            En efecto esta especialidad consistente en el proceso de preparación de los medicamentos en formas y cantidades que resulten ser cómodas y eficaces para los pacientes que deben utilizarlas, se originó en los tiempos antiguos a partir de la destacada personalidad de Claudio Galeno. Nacido en el año 130 dC. en Pérgamo, Asia Menor, y habiendo iniciado allí su formación médica, llega a Roma cuando sólo tenía 30 años de edad  con todo el prestigio de ser uno de los mas importantes médicos del Imperio.

            Pero Galeno fue también un gran preparador de medicamentos para tratar diferentes patologías, describiendo de un modo minucioso tanto la preparación como las formas de conservación de las especialidades medicinales. Por ello el nombre que tradicionalmente ha recibido la disciplina que describe las técnicas, preparaciones, formas farmacéuticas y modos de obtener los medicamentos, ha sido el de Farmacia Galénica, en honor de tan insigne personaje.

            Homero Virgilio Medina estudió su carrera de Farmacia en la Universidad Nacional de Rosario, entre fines de la década del cuarenta y mediados de la década del cincuenta, por lo que en sus aprendizajes recibió una fuerte influencia de profesionales formados en la vieja escuela galénica de la primera mitad de siglo. Así por el misterioso torrente del río de la cultura, del mismo modo que sus nombres Homero Virgilio llegaron hasta nosotros desde sus raíces grecolatinas, idénticos orígenes reconocemos en esa rama de la farmacotecnia que es la Farmacia Galénica. De las cuatro Farmacias que tuvo mi familia en Lobos, a lo largo de poco más de 40 años prácticamente ininterrumpidos, entre 1.958 y 1.999, las que yo recuerdo fueron las dos últimas, y muy especialmente la de Moreno 572, donde fui testigo de la precisión con la que realizaba su tarea con una motricidad fina de relojero y un pulso de cirujano tan notables que daba gusto observarlo. En la nota del Semanario La Palabra, que me realizara el periodista Marcelo Paleari, y que fuera publicada el 26 de Julio de 2.012, lo recordé con estas palabras: “Todavía me parece ver al abuelo haciendo las maceraciones, filtraciones, las moliendas en el mortero o preparando jarabes, cápsulas o cremas”. Siempre me llamó la atención lo equipado que tenía su laboratorio, con sus autoclaves (que cuando las conocí ya eran pieza de museo), su balanza de precisión, sus morteros, sus balones, sus erlenmeyer, los moldes acanalados a partir de los cuales encapsulaba, entre muchas otras cosas. Otra cosa que recuerdo como si lo viviera hoy son esos aromas tan particulares de las diferentes preparaciones, en especial el olor de los jarabes, como el inolvidable jarabe de Tolú, cuya preparación traía reminiscencias de un pasado que me encantaría haber vivido como el de aquellos alquimistas buscando el elixir de la vida. O el olor tan característico de la Diadermina, luego de que por la reacción química el amoníaco hubiera desaparecido, ¿y que decir acaso de aquellas gotas digestivas, cuya fórmula fue el principal hallazgo científico de don Homero, y que incluso hoy en día constituyen un secreto familiar?¿ y… cuál es el sentido de conservar el secreto? Ocurre que mi padre, al que habré de referirme más adelante es un soñador, de esos que viven aferrándose a los mejores sueños que son los sueños de vigilia. El sueña que algún día, a nivel familiar, podamos concretar el viejo sueño de Homero que es el de hacer realidad la Farmacotecnia Medina. Sí hablo de montar un Laboratorio de Especialidades Medicinales, cuyo caballito de batalla serían esas gotas digestivas coleréticas y colagogas. Sí; esa era su acción terapéutica. Como olvidarlo. Me acuerdo de memoria esa lección con los dibujos del Hígado, la Vesícula, el Páncreas y el Duodeno. Me acuerdo hasta el último de los nombres: que el conducto hepático y el conducto colédoco, que el conducto pancreático y la Ampolla de Vater. ¿Quién que no sea un médico puede recordar que existe la Ampolla de Vater?. Esos pequeños milagros logran los “Maestros” y eso logró en todos nosotros Homero Medina. ¿Que si tenemos el específico o marca? ¡Claro que sí!, pero eso también forma parte del secreto familiar. Volviendo entonces a la Farmacia y sus formulaciones magistrales creo que si hubo en Lobos un laboratorio galénico de excelencia, ese fue el de la Vieja Farmacia Medina, de la calle Bs.As. 401, aquella que funcionó entre los años 1.958 y 1.969. Y eso no lo digo yo sino mi padre, el escritor Virgilio Cesar “Caro” Medina, una de las personas que mejor conoció la trayectoria profesional de mi abuelo. Lo interesante del caso es que la descripción que mi padre me ha realizado desde el testimonio oral coincide plenamente con otra mas sintética plasmada en una de sus obras literarias. Se trata de su cuento autobiográfico titulado  “El Joaquín” ,en el que el protagonista, es un joven actor y escenógrafo del grupo teatral dirigido por Homero Cesar Del Buono. Todo transcurrió durante los ensayos de la obra “La trastienda”, una de las piezas teatrales mejor logradas de este dramaturgo local. El escenario imaginado por Del Buono, es el de una vieja Botica, la Antigua Farmacia Roldán. Ese libreto estudiaba obsesivamente Caro Medina sin poder dar con el personaje, hasta que en una temible noche de tormenta acude en soledad al frustado ensayo, se queda allí, a pesar del miedo que la situación le genera, e inesperadamente sucede la tansformación. El actor se compenetra tanto con su personaje que creé ser Joaquín Roldán. En ese pasaje sucede que, al describirnos el bello laboratorio de la Farmacia Roldán, una típica “Farmacia Magistral” de esas que ya no existen, Caro Medina no hace otra cosa que homenajear a su padre, al concebirlo a imagen y semejanza del galénico laboratorio de la vieja Farmacia Medina de Bs. As. 401. Y lo hace con estas precisas palabras: Observé la escalera que lleva a la piecita, la autoclave de bronce, los frascos (hermosísimos) ribeteados en oro, el damero (blanquinegro) del piso, el barandal del sótano, la balancita Roberval, los tubos de ensayo, el barómetro, las letras al revés en la vidriera…Todo tan familiar…y extrañamente mío…

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