Atardecer en la Laguna de Lobos, por Homero Francisco Medina.

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Si se concurre a nuestra laguna un día soleado por la tarde, hay un momento imperdible, que es el del atardecer. Con un grupo de personas allegadas lo hacemos con cierta frecuencia. Como es lógico imaginar vamos eligiendo diferentes localizaciones dentro de sus extendidas costas. Los escenarios que su sistema ecológico, único en la Provincia de Bs. As., es capaz de regalarle a nuestros ojos y a nuestros corazones, son tan extraordinarios, que resulta realmente difícil la tarea de describirlos. Todavía guardo en mi retina esa tarde maravillosa en la que, en uno de los últimos sitios parquizados de la Avenida Costanera, yendo desde el fin del asfalto hacia la compuerta, nos detuvimos allí para disfrutar de unos mates  y entregarnos a una actitud contemplativa. No se trataba de una pasividad fría y distante sino todo lo contrario. Se trataba de una inacción que nos incorporaba al paisaje pasando inadvertidos, al menos en la medida de lo posible, para todas las formas de vida circundantes. En esos deliciosos momentos hay que tratar de recuperar la capacidad de asombro que tuvimos en la infancia al explorar la naturaleza, es decir mirar la realidad con ojos de niño, o como le gusta decir al destacado poeta ( y por sobre todas las cosas amigo) Rolando Paciente, recuperar esa “mirada adánica” de nuestro entorno natural, que en algún momento de nuestras vidas pudimos realizar. Esa tarde gloriosa vimos entre los juncos un espectáculo colosal: una  pata nadaba junto a sus crías sobre una bella alfombra de tonos verdes  y ocres formada por las típicas lentejas de agua. Se internaron luego entre los juncos para que los voraces chimangos, que merodeaban el lugar, fracasaran en su intento de robarse algun patito con sus temibles garras. En ese mismo sitio observamos una nutria rebosante de alegría en medio del juncal al tiempo que las carpas saltaban a la superficie, en ese instante mágico que la vista no siempre puede capturar. Igualmente notable era la variedad de pájaros que parecían visitarnos, entre ellos dos pájaros carpinteros como nunca confianzudos.Luego la caminata y la increíble porfía de los teros para hacer su nido en lugar tan anegadizo. Un perro los enloquece y ellos le responden, con su casi bélica táctica del engaño, para cuidar a sus futuras crías de la fatal envergadura del cuadrúpedo invasor. Como si a la escena le faltara algo, detrás de los teros, ya en el agua, ese hermoso pato de cuerpo negro y cabeza roja, que parecía como recién llegado del Edén colombino o vaya uno a saber de que mundo de ensueños. Laguna de Lobos; eres el brebaje espiritual, no sólo de los pescadores, que como nadie te conocen, o quizas sólo tanto, como de ti supiera, el olvidado indio que habitó tus barrancas. Eres el elixir sagrado de todas las almas sensibles que vienen a visitarte.

Agradecemos a Manuela Saiz, por colaborar sus fotografías.

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