Dos caciques a cargo de la zona del actual Partido de Lobos

Autores

CACICAZGOS PAMPEANOS:

FRONTERAS ADENTRO, FRONTERAS AFUERA

Martha Bechis

Conferencia presentada en el Simposio El Liderazgo Indígena en los Espacios Fronterizos Americanos (siglos XVIII-XIX). Coordinadoras Dra. Lidia Nacuzzi y Dra. Ingrid de Jong. Buenos Aires, 2 y 3 de agosto de 2007.

INTRODUCCIÓN

En este corto título se concentran una cantidad considerable de variables, conceptos y situaciones históricas que necesitan de instrumentos metodológicos que incluyen la ecología y la sicología social, la antropología y la historia, más un sentido de las situaciones coyunturales que los individualiza pero que no por ello los vuelve anecdóticos sino que confirman las visiones más inclusivas. Además, debemos explicitar qué entendemos por frontera, cacicatos, estado, sociedades segmentales, interrelaciones e identificaciones tanto del sí mismo como del otro en contextos de distintos pesos históricos para los sujetos actuantes sin por ello descartar variables de reacciones individualizables que provocaron o alentaron o apuraron a precipitar los cambios estructurales o a confirmar situaciones de extrema tensión social. Empezamos por aclarar qué entendemos por fronteras. Por un lado se la define como el confín de un estado con la aclaración de que este confín puede tener una precisión variable según estemos hablando de estados imperiales federativos o de estados imperiales centralizados o de estados-naciones. Por supuesto también tenemos que puntualizar lo más precisamente posible en qué etapa de consolidación están cada uno de estos estados respecto de sus fronteras en el momento que se dieron los acontecimientos que estaremos

presentando. Otra variable a tomar en cuenta es la de que la noción de las fronteras nacionales también tiene su historia hasta llegar a ser una línea, lo que se define como “una extensión considerada en una sola de sus tres dimensiones: la longitud”, porque las fronteras modernas no tienen ni altura ni espesor. Esto es importante porque las otras dimensiones necesarias para la acción humana son o pueden ser o deben ser arbitrarias, lo que quiere decir que depende de dos puntos de vista: el de adentro y el de afuera para la definición de su espesor y su permeabilidad. Si bien el concepto de frontera puede tener otros contenidos -lo

que reconocemos en planteos en función de otras variables- en esta situación que tomaremos como tema de este trabajo nos afirmamos en esta definición. Tomemos un ejemplo: en 1815, en las Provincias Unidas del Río de la Plata se ubicó un puesto militar policial en Kakel Huincul, -no un fuerte- a varias millas al sur del Río Salado -hasta ese momento la frontera con el indígena- con el propósito de controlar a carboneros que producían el producto con la materia prima de las islas de monte del sur de Buenos Aires –como los del Tuyú- y lo elaboraban en hornos cercanos con el fin de venderlo a los pobladores de dentro de la frontera de Buenos Aires. En esa región, hasta un tanto más al sur, también estaban instalados señores terratenientes no reconocidos ni controlados en forma alguna por el estado como lo era, por ejemplo, Ramos Mejía. Algunas de estas tierras se habían comprado, literalmente, a los indígenas en tratos convenientes para ambas partes sin ninguna intervención del estado. El indígena tenía tratos directos con esos… ¿ocupantes? ¿ciudadanos?… mientras ellos tenían… ¿adquirían? ¿vendían? tierras, o materia prima para producir libremente lo que comerciaban en el territorio del estado de Buenos Aires.

Otros ocupantes -como los pertenecientes a los enclaves territoriales euroamericanos- eran oficiales. Estos enclaves eran objeto de ambivalencias por parte de los indígenas: por un lado ocupaban sus tierras pero, por el otro, eran lugares de intenso intercambio comercial. Estos enclaves y este comercio podía ser muy beneficioso en épocas de sequía prolongada, como la de 1828-31 porque el indígena podía pedir refugio como ocurrió aproximadamente en 1829

con la parcialidad de Llampilco quien pidió protección en la novísima Fortaleza Protectora Argentina porque su gente, entre el Río Negro y el Colorado, moría de hambre. Además, el indígena tenía que vérselas con las expansiones de parcialidades hegemónicas que se desplazaban hacia las pampas como fue la expansión de los Bravos tehuelches septentrionales procedentes del Neuquén, o la de los huilliches chilenos sobre las Salinas Grandes a principios del siglo XIX y la de pehuenches, boroganos y realistas en épocas de la Guerra a Muerte en Chile la cual, terminada en aquel territorio en 1823, siguió su curso en las pampas hasta 1830. El indígena entraba o no en relaciones económicas sociales, independientes o dependientes según le conviniera porque él también podía viajar a Buenos Aires y vender allí sus productos ya que el comercio entre indios no estatizados y pobladores de los estados siempre tuvo más presencia que las guerras o las paces interétnicas. Así las cosas, mientras que grupos e individuos pertenecientes al estado podían o no tener buenas o ninguna o malas relaciones con los indígenas, la puesta en acción de estas interacciones dependía también del estado mismo de acuerdo al nivel de integración que esa población blanca tenía respecto del estado lo que, a su vez, era el resultado de la fuerza o intensidad o conveniencia de cada una de las partes entre sí.

En la parte indígena no existía un estado integrado o regente. Era una sociedad segmental a cuyas unidades llamamos parcialidades pero, incluso dentro de estas parcialidades formales, subgrupos o individuos de esa población podía intentar comercio, amistad o agresividad respecto de la población blanca cercana o relativamente lejana. Era una sociedad segmental cuyas unidades entablaban relaciones de conveniencia o logísticas en relación con los blancos ya en forma individual o grupal.

Pero estas relaciones tenían otra faceta o condiciones que las precipitaban o las contenían en la interacción con el otro: sus conflictos internos relacionados con las migraciones indígenas voluntarias internas, las que provocaban resistencias entre los segmentos mayores o una corriente de búsqueda de protección en la zona de población euroamericana ya de los segmentos mayores, de subgrupos o de individuos.

 

Los individuos o grupos familiares podían hacer una evaluación sobre la conveniencia de sumarse al grupo invasor, cambiar a grupos que tenían una estructura más eficaz para resistir a los grupos invasores o buscar protección entre sus enemigos de siempre, los blancos, los que podían convertirse en sus aliados contra esos segmentos invasores agresivos. Así es que encontramos una gran variedad de casos de agrupaciones indígenas libres que podemos incluir, con cierto peligro de rigidez, en tres categorías interétnicas: los aliados, los de guerra y los no comprometidos, mientras que aquellos ya refugiados en tierras estatales fueron llamados, .y nosotros los llamamos, indios amigos. Así completamos cuatro categorías de grupos de indígenas generalmente individualizados o nombrados bajo el nombre del cacique

que aconteciera fungir como tal en un período histórico determinado. Por supuesto tenemos otros indígenas ya asimilados a la población blanca como individuos de los cuales no hablaremos en este trabajo. En resumen: la situación del grupo indígena como amigo, aliado, enemigo o indiferente era función de la interacción entre blancos e indígenas, la que a su

vez se veía afectada por las condiciones internas de cada uno de esos agregados en cuestión. Veamos sucintamente una de estas situaciones de interacción Inter e intraétnica en el contexto de los años 1717 al 1737. Para ello tenemos que retroceder hasta la segunda mitad del siglo XVII, en los comienzos de la guerra por las vacas… y los caballos. En la zona serrana de Sierra de la Ventana tenían sus toldos los Mayupilqui y los Yahatti. Estas casas caciquiles tuvieron una larga y accidentada historia entre 1680 y 1750 año en que desaparecen del horizonte social aunque pudo haber sido que la de los Mayupilqui continuara en la casa caciquil de los Cayupilqui con lo cual se habrían extendido hasta 1827 aproximadamente.

Estas primeras fechas son concurrentes con la presencia de un conflicto típicamente pampeano: la guerra por las vacas que ya había comenzado unos años antes.

En esta guerra entre indígenas libres y vaqueros cristianos, los indígenas habían atacado a viajeros y vaqueros produciendo varias muertes mientras que aquellos arriaban los animales y, aprovechando que los hombres indígenas estaban de recorrida por lo que consideraban su territorio, obligaban a las mujeres indígenas que quedaban con niños y viejos en los campamentos a tener relaciones sexuales con ellos. Debido al asesinato de uno de estos vaqueros, Herrera de Garay en 1707, hombre prestigioso tanto en Cuyo –perteneciente a la Capitanía de Chile en esos años- como en Buenos Aires, se hizo una detención de jefes indios a los que se les siguió juicio y finalmente fueron asesinados a mansalva.

Si bien Buenos Aires defendió la causa de Herrera y Garay no estaba de acuerdo en lo relativo a que se vaquearan las pampas por gente de Cuyo, Córdoba, Chile y hasta La Rioja ya que consideraba que el ganado vacuno era pampeano y le pertenecía por su origen rioplatense. Los indios también los consideraban suyos ya que nacían, pastaban y se desarrollaban en su territorio.

Pero un peligro mayor amenazaba a ambos: era la poderosa parcialidad de los Bravo, con Cacapol y Congapol a la cabeza desde las tierras del este de lo que es hoy la provincia de Neuquén. Ante este peligro, Buenos Aires envió, a principios de 1717 efectos y regalos al indio cacique Mayupilquian (tal vez Gregorio) con el nombramiento de Guardia Mayor para la defensa y custodia de esta campaña. Además había el proyecto de llamar a Buenos Aires a Mayupilqui y Yahatti para que hagan correrías o que den las noticias que supieren sobre cualquier movimiento del que tuvieren conocimiento. La finalidad última era “celar esta campaña –ya reconocida por el rey como perteneciente a Buenos Aires- de toda extracción de ganado vacuno y sus matanzas por parte de las ciudades circunvecinas”.

Los nombrados contaban con 90 hombres para defender unos 80.000 km2 de todos los destinos menos de Buenos Aires mientras eran empujados por los Bravos que querían participar de ese botín mugiente así como por los Calelian del sur de San Luis que también competían por apoderarse de esas vacas. Mayulpiqui y Yahatti no pudieron cumplir con lo que Buenos Aires les había encargado. Esto resultó en que estos indígenas aliados se convirtieran en indios refugiados –luego llamados indios amigos- en Lobos, al este del Río Salado mientras los Bravos ya en 1730 habitaban tanto el Casuhati (Sierra de la Ventana) como toda la Tandilia conservando, además, su territorio original. Pero, tal vez por robos que los indios amigos hacían en su contorno por una extrema sequía o por participar en una invasión a Arrecifes en busca de sustento, los Mayupilqui fueron arrojados fuera de la frontera a merced de sus enemigos quienes ya en 1731 los acusaron de colaborar con el español.

Ya en tierras indígenas el gran cacique Gregorio Mayupilqui fue ultimado por indígenas de su misma región de origen. El colaboracionismo ya era mal visto por propios y ajenos.

Esta suma de acontecimientos, que llevó a los Mayupilqui desde enemigo de los blancos a enemigo de los indígenas -pasando por indio aliado y luego indio amigo- es lo suficientemente ejemplarizante como para tener una idea de cómo las cambiantes políticas de los blancos podían hacer héroes y hacer víctimas, con la mejor intención de defender… sus bienes económicos.

 

LA SITUACIÓN DE LOS “INDÍGENAS ALIADOS”

 

Desde el punto de vista del estado argentino, ya fuere una provincia, ya todas las provincias, el indio aliado vivía fuera de las líneas de la frontera. Raciones y/o regalos llegaban a esas agrupaciones como muestras del reconocimiento de su amistad. Estos abastecimientos tenían también la función de reconocimiento del liderazgo de tal o cual figura que fungía como cacique principal y cacique secundario o cualquier otra forma de liderazgo como en el caso paradigmático de los boroganos cuya composición histórica fue de la suma de distintos grupos, los que llegaban con sus respectivos líderes, lo que los llevó a hacer un liderazgo plural en el que se iban destacando algunos de los 5 ó 6 caciques más prestigiosos formando una especie de Consejo en el que –a su vez se destacaban sus cabezas en uno o dos de ese selecto grupo. Las raciones dirigidas hacia las personas de los caciques reconocidos por el

donante otorgaban al agraciado un reconocimiento y un prestigio que afirmaba su liderazgo por lo cual su status se reforzaba ante sus seguidores. Pero no aumentaban su poder, dimensión del cacicazgo que tenía una fuente más endógena, es decir, de más adentro del consenso de los seguidores, que desde afuera. Esto estuvo bien ilustrado en un segmento del libro de Mansilla en el que Mariano Rosas o Panguitruz-Guor le decía al militar: “entre los civilizados el que manda manda… aquí no”; aunque la personalidad del líder se imponía

muchas veces pero este fenómeno se presenta más frecuentemente en la segunda mitad del siglo XIX. No es extraño que haya sido en esa mitad de siglo que la legitimación del liderazgo haya adquirido algunos matices divinos cosa que, según creemos, no se dio en tiempos anteriores.

El que tenía problemas en definir quienes eran indios aliados era el estado. Dos razones contribuían a esto. Primero la inestabilidad política e ideológica de personas claves de ese estado, sobre todo en la época republicana y, segundo, la capacidad económica de ese estado. Rosas planteó bien claramente esta última variable: “no podemos mantener a todos, tenemos que decidir quien es el aliado y quien no y, a este último, hacerle la guerra”.

Pero el ser aliado le daba ventajas a los estados por lo que algunos indígenas explotaron esta debilidad haciéndose aliados de los dos estados adyacentes, Chile y Argentina, aunque algunos rechazan esta dualidad sobre todo en los momentos más críticos de las relaciones entre esos estados. Daremos un ejemplo: para 1828 ya estaban instalados los boroganos en Las Salinas Grandes. Eran realistas que habían huido de Chile algunos de ellos desde antes de la finalización de la Guerra a Muerte. Muchos de esos caciques llegaron a las pampas con los Pincheira criollos chilenos realistas empujados hacia las pampas por las fuerzas patriotas chilenas que no pudieron alcanzarlos.

Bibliografía:

Revista TEFROS – Vol. 6 N° 1 – Invierno 2008. Copyright © 2005 – Registro de la Propiedad Intelectual Nº 617309

 

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