La cacofonía de mis pensamientos y los suyos (Dos), por Nicolás Del Negro

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Nunca voy a poder olvidar ese agónico y desesperante momento en el que me percaté de mi falta de audición. Fue cómo si mi propio ser me hubiera traicionado; cómo si alguien hubiera extraído de mi esa capacidad, y la hubiera encarcelado.
Al momento siguiente reaccioné, no podía quedarme ahí titubeando por eso, yo sabía muy bien que esa posibilidad existía, sólo que no la esperaba tan pronto.
Entonces me dispuse a intentar moverme, despacio, intentando adaptarme lo mas rápido posible a mi nueva condición. Primero la pierna derecha hacia adelante, luego la izquierda, moviéndome muy lento, como quién llega a su casa de noche y no quiere chocarse nada, no por el golpe, sino por miedo a despertar al resto.
Pero descubrí rápidamente que moverse sin oír nada no resultaba fácil, ya que estaba muy acostumbrado a escuchar mis pasos al caminar, y no escucharlos me daba cierta inseguridad; no terminaba de creerle a mi tacto que el piso estaba allí.
El centro de la habitación estaba mas lejos que antes, pero yo no sabía cuánto, no sabía cuánto había crecido aquella habitación, así que me dispuse a caminar, a cada paso con un poco más de confianza en mis movimientos. No me preocupaba pasarme el centro de la habitación, no lo haría, no si seguía en línea recta. El cofre me interrumpiría el paso.
El camino se empezó a hacer mucho más extenso de lo que recordaba, pero mi memoria nunca fue la mejor, creo haberlo dicho. ¿Cuánto había caminado ya? ¿una hora? ¿diez minutos? ¿diez segundos?. No lo sé, no tenía nada que me indique el paso del tiempo, salvo contar mis pasos, y esa no es una medida muy fiel. En cualquier caso más de cien había dado, y menos de mil también.
En el transcurso del inesperado viaje no pude evitar caer en mis pensamientos. Sin nada que oír era muy difícil no sumirme en mi propia voz.
Me aturdían. Nunca los soporté demasiado, culpa de ellos demasiadas cosas he perdido. Y eran demasiados, tantos que formaban un coro entero en mi cabeza. El coro mas escabroso, disonante e insoportable de este mundo.
Dar tantas vueltas sobre mí mismo era lo que yo quería evitar, y con este coro infernal, con esta sala de debate, con este jurado que no se callaba, era imposible.
Me estaban empezando a poner muy nervioso, y con el miedo ya era más que suficiente como para añadir nerviosismo.
Luego, ella apareció de nuevo:
– No puedo creerlo, ¿todavía piensa en llegar?-.
– Si, ¿por? ¿alguna objeción contra eso?-.
– No es para usted, desista-.
Eso sonaba demasiado amable como para provenir de alguien que se tomó la libertad de meterse en mi cabeza. Sin embargo, aún cuando yo creía esto preferí devolver la cordialidad, no sé que tan buena idea sería hacer enojar a alguien que tiene libre acceso a mi mente.
– Disculpe la molestia madame ¿con quién tengo el gusto?-.
– No creo que sea necesario que lo sepa-.
– Oh yo si lo creo. Sería lo mínimo que debería saber si voy a permitirle el alojamiento en mi espaciosa cabeza-.
– No estoy en su cabeza, pero puedo entrar y salir a voluntad de su mente-.
– ¿Es que no es usted capaz de empezar una frase sin la palabra “no”?-.
– Usted hace que me divierta. Le diré mi nombre sólo porque todavía no me cae mal. Me llamo Canela, y soy la dueña de las percepciones-.
– ¿Dueña de las percepciones? suena a cuento fantástico. ¿Tiene usted, Canela, la culpa de lo que le pasó a mis sentidos?-.
– Veo que algo de inteligencia y poder de deducción aún le quedan. Si, yo lo hice, ahora largo-.
– ¡¿Quién te da el poder de echarme de mi propio ser?!-.
Pero no respondió. Me había enojado. ¿Que me vaya? para nada. Esa habitación siempre me perteneció y no pensaba irme si yo mismo no lo decidía.
Intenté calmarme y seguir camino. El relax lo encontré en los olores, esos cuatro olores que allí seguían: La vainilla a mi izquierda, la lavanda a mi derecha, la mirra por encima de mí, y, delante mío, la mezcla que no era mezcla.
Seguía sin saber cual era ese último y tan familiar olor, pero me aliviaba mucho aún poder sentirlo.
Así que seguí caminando, esperando el momento en el que por fin llegue al condenado cofre.
Del Negro Nicolás.
21-01-13  01:51 Hs.

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