La habitación sin sentidos (Uno), por Nicolás Del Negro

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Bajé una escalinata, no muy extensa que digamos, y abrí la puerta. No había luz, así que tuve que valerme de mi memoria para recordar como llegar. Fue bastante estúpido de mi parte sacar en su momento la única luz que había en esa cada vez más grande habitación, ya que valerme de mi memoria no solo no es sensato, es además la peor idea que pude haber tenido. ¿Por qué? Porque mi memoria es muy frágil, muy volátil. Fui a tientas hasta lo que yo creí que era el centro de la habitación, moviendo los pies muy lentamente y teniendo cuidado de no patear nada, ya que dolería bastante estando descalzo; tanteando el aire con las manos. Nunca estuve tan cerca de sentirme un total ciego. A medio camino entre la puerta y el supuesto centro, pateé algo con el pie derecho. Duro, pero bastante ligero y un poco amorfo según esa corta percepción de su forma, más bien chiquito. Pero no fue el objeto lo que me sorprendió, sino que al patearlo no escuche ningún sonido de impacto. Ni de mi pie contra el objeto al patearlo, ni del objeto contra el piso (que yo asumí de madera, por lo cálido) al moverse por el golpe. Fue entonces cuando me di cuenta. No me había percatado de ello antes y ni siquiera me había parecido raro estar en esta condición. ¿Costumbre, quizás? No importa cuál fuera la causa de mi letargo para percibirlo, el gran problema era que en algún momento pasó, y me dejó con una capacidad menos: Perdí la audición. De ahí en más noté fuertemente la cacofonía que provocaba la mezcla de mis pensamientos con un agudo y muy molesto silbido de fondo. El lado bueno es que, al menos, el tacto aún lo conservaba. De esto me di cuenta por el leve dolor en dos de los dedos del pie derecho. Entonces me concentré en el gusto y el olfato, preocupado de haberme dejado en el camino alguno de mis otros sentidos. El ambiente tenía una mezcla dulce y rara de olores. Pude distinguir tres: Lavanda, mirra y vainilla, tres olores que bien conozco y bien recuerdo, a pesar de mi mala memoria. La forma en la que se mezclaban era lo raro, ya que producían un cuarto olor, que curiosamente nada tenía que ver con los otros tres. Era como si alguien mirase las zonas donde los tres olores se conjugaban, los sacase y pusiera otro en sustituto de dicha mezcla. De todas formas este cuarto olor también me era muy agradable, me gustaba mucho y creía conocerlo de algún lado, pero no podía recordarlo. Con el pasar de los segundos me dí cuenta que los olores se presentaban según para donde “mire”. Lo digo de esta forma porque no veía nada en realidad, estaba todo completamente a oscuras. Si “miraba” a la izquierda sentía olor a vainilla, si movía la cabeza a la derecha sentía la lavanda, si “miraba” hacia arriba sentía el aroma a mirra, y si “miraba” hacia adelante, la mezcla esa que mezcla no era. Tengo que reconocer que, de no ser porque no veía nada, era un lugar bastante agradable para estar, con tanta riqueza de olores. Al degustar un poco mi propio aliento me dí cuenta que mi sentido del gusto permanecía intacto, y resté preocupaciones al mismo. Di un profundo suspiro con el que recordé que debía respirar para vivir. Me sentía estúpidamente aliviado. ¡Estaba aliviado porque sólo había perdido un sentido! ¡Que gran absurdo! ¡Estar aliviado por perder un sentido y sentirse afortunado de eso! – Bueno, he de seguir con cuatro de los cinco que tenía al entrar-. Me dije. Y luego, la voz, la profunda voz que oí claramente a pesar de mi sordera. Estaba dentro de mi cabeza, lo sabía muy bien, pero no fue eso lo que me espantó, sino lo que dijo: – ¿Tan seguro estás de que son cuatro los que conservas?-. Instintivamente me di vuelta. Se me aceleró súbitamente el corazón al caer en la cuenta de que nunca cerré la puerta. Entonces, ¿Por qué no veía nada? Había perdido también la vista, y con ella casi todas mis posibilidades y esperanzas…

Del Negro Nicolás. 03:21 Ha. 14-01-13

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