Borges y la superación del dilema sarmientino de Civilización o Barbarie

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Jorge Luis BorgesDesde el particular enfoque de este blog, en el que el trabajo sobre todas aquellas cuestiones que puedan relacionarse con nuestra identidad local adquiere notable relevancia, el análisis de un libro como “El informe de Brodie” de Jorge Luis Borges, debería transitar por ciertos lugares no menos legítimos que previsibles. Y lo digo con toda sinceridad porque, como lobense de pura cepa que soy, no pude sustraerme al sentimiento de orgullo que nos gana cuando un escritor de la talla de Borges nombra, en tres de los once relatos del libro, al célebre Juan Moreira. Un gaucho nacido en Matanza, que a lo largo de su vida frecuentó varios pagos vecinos, en especial  Navarro, pero que al cabo fue en nuestra ciudad de Lobos donde realizaría aquella homérica epopeya que lo haría inmortal. Creo que hasta el propio autor se dio cuenta del exceso ya que en el prólogo evitó la redundancia y al referirse al arquetípico gaucho perseguido opta por mencionar a Hormiga Negra, el otro héroe criollo de Eduardo Gutierrez. En “Historia de Rosendo Juarez”  Borges pone en boca de su protagonista el siguiente comentario: “No había alma que no me respetara. Me agencié una mujer, la Lujanera, y un alazán dorado de linda pinta. Durante años me hice el Moreira, que a lo mejor se habrá hecho en su tiempo algún otro gaucho de circo. Me di a los naipes y al ajenjo”. Por otra parte, en el memorable relato titulado “El encuentro”, que parece ser autorreferencial, aunque lógicamente tiene mucho de ficción, un Borges de la niñez de solo nueve o diez años se detiene frente a la vitrina de una colección de armas de Acevedo o Acébal (el propio autor no recuerda bien el apellido) y cuando este último se acerca sucede lo siguiente:  “Abrió la vitrina y sin mirar las indicaciones de las tarjetas, me refirió su historia, siempre más o menos la misma, con diferencias de localidades y fechas. Le pregunté si entre las armas no figuraba la daga de Moreira, en aquel momento el arquetipo del gaucho, como después lo fueron Martín Fierro o Don Segundo Sombra.” Otro elemento relacionado con Lobos aparece en el anteúltimo cuento “El evangelio según Marcos”. Se trata en este caso de un elemento de nuestro patrimonio natural: el Río Salado. No en su estado normal sino completamente salido de cauce. Cierto es que Borges no se refiere a la parte del río que limita con el Partido de Lobos, sino a un tramo de su curso superior situado a la altura del Partido de Junín. Pero el sólo hecho de que el río, que desde chico cruzábamos con mi familia para visitar a mis tíos del campo en Roque Perez, y que uno siente tan propio, haya salido a recorrer el mundo capturado en una de las obras del escritor argentino con más renombre internacional no deja de sorprenderme. Por otra parte la sola mención de ese río desbordado me trae el recuerdo infantil de la impresión que me causaba verlo en esas condiciones y aún guardo en mi retina la imagen imborrable de un mar inmenso que parecía abarcar toda la llanura. Y recuerdo incluso que ese era el comentario ineludible en nuestras sendas visitas a lo del tío Jorge y a lo del tío Oscar. ¡Cuánto poder que tiene ese encuentro de sensibilidades entre el escritor y el lector que me devuelven, al menos por un instante, a esos gloriosos momentos de mi infancia que fueron aquellos inolvidables viajes al campo!
Pero volviendo a la recurrencia con que Borges recuerda a Moreira en el libro “El informe de Brodie” creo que eso no es casual. Primero porque se trata de una obra que nos invita a ejercitar la empatía, desde la sensibilidad pero también desde la inteligencia, para entrar por otras puertas al mundo de la supuesta barbarie. Por otro lado evita caer en lugares comunes y recupera la figura de Moreira cuando son otros los arquetipos usuales en lo que constituye un nuevo episodio de la batalla, no por metafísica menos épica, de Borges contra el olvido. Recordemos que “El informe de Brodie” fue publicado tres años antes de que Leonardo Favio le diera nueva proyección al héroe popular, que como en la clásica alegoría del ave fénix, siempre retorna. Sin dudas Borges, el que debemos leer de manera directa y no sólo a través de la crítica, y menos todavía aún de aquella surgida de los propios círculos borgianos, logra la superación del tan mentado problema de la civilización y la barbarie, uno de los temas centrales de nuestro devenir histórico.

Río SaladoCreo no equivocarme en lo más mínimo si afirmo que se trata de un tema crucial de la Historia de la Cultura Argentina cuyas implicancias se han extendido a todos los planos de nuestra vida social. Este dilema fue planteado por Sarmiento en el Facundo. Para Sarmiento, en la sociedad de su tiempo las grandes ciudades europeizadas, en especial Buenos Aires, eran el progreso, la “civilización”, mientras el interior y el ámbito rural más ligados a las tradiciones hispanocriollas e indígenas representaban el atraso, la “barbarie”. Este y otros sofismas, a los que Arturo Jauretche llamaría zonceras, fueron los axiomas básicos de los esquemas mentales de nuestras “élites ilustradas”. Algo así como la Primun Móbile (motor primero) de su pensamiento y acción.

Así se terminó de modelar un sistema de creencias, valores e ideas que justificarían el exterminio del gaucho, del movimiento federal del interior y de nuestros pueblos originarios, en esos años decisivos de la segunda mitad del siglo XIX.
Hace bastante tiempo que me vengo sorprendiendo con Borges. Desde que di con la notable biografía de Norberto Galasso “Borges ese desconocido” no han cesado las revelaciones con respecto a la complejidad de su obra, la agudeza, las sutilezas y los matices de su pensamiento, no carente por cierto de profundas contradicciones. Preparó la urdimbre de una refinadísima trama hermenéuitica, quiero decir interpretativa, a la que sin embargo dejó sin concluir. Quiero creer que lo hizo ex profeso para que otros tomaran la posta y continuaran la tarea, pues detrás de la máscara de escritor individualista y hedonista, se escondía el verdadero rostro de un intelectual de enorme lucidez que se sentía partícipe de un sueño colectivo.

Juan Moreira interpretado por Rodolfo BebánSon varios los poemas y relatos en los que Borges propone un enfoque superador del dilema sarmientino de Civilización o Barbarie. Entre los poemas podemos citar: “El gaucho” de “El oro de los tigres”, 1.972, y “Poema Conjetural” de “El otro, el mismo” ,1.964.  Por su parte entre los relatos podemos nombrar: “El cautivo” de “El Hacedor”, 1.960; “El guerrero y la cautiva” y “Los dos reyes y los dos laberintos” de “El aleph” del año 1.949 y “El informe de Brodie”, del libro del mismo nombre de 1.970.

Con respecto a este último dice Horacio Gonzalez: “El informe de Brodie es una de las más grandes comprensiones que hay del mundo que no posee lenguaje, del mundo sin metáfora, sin la vida civilizada, sobre lo que habitualmente llamamos la barbarie. Creo que la profunda comprensión del otro que no somos, que nos inquieta o desafía, es casi una lección para investigar lo que está ocurriendo hoy en la Argentina, y en ese sentido saber enfrentarnos con cierto destino, que incluye actuar con lo que no sabemos de nosotros mismos”.

He ahí la  clave: “la comprensión del otro que no somos”, de ese otro considerado como un otro legítimo. Y quién mejor que Borges, formado en una cultura tan universal, para comprender nuestro drama nacional. Ya lo dijo Jauretche en una oportunidad: “Lo nacional es lo universal visto por nosotros”. En su propia dualidad interior Borges era cosmopolita y nacional a un tiempo. Tan capaz  de ocuparse  de la tradicón mitológica céltica ligada al sombolismo estético de W. B. Yeats, uno de sus autores favoritos, como de hacernos entrar cálidamente al suburbio porteño de sus años juveniles para decirnos que: “Grato es vivir en la amistad oscura/ de un zaguán, de una parra y de un aljibe”, o de andar caminando por sus calles para reconocer como única la “Luna de enfrente”. Poco importa que esa dualidad interior de Borges se haya expresado en un pensamiento político contradictorio e incluso inconsistente. De joven fue rosista e yrigoyenista y cuando entró en el grupo literario de Victoria Ocampo, de la mano de Adolfo Bioy Casares, fue gradualmente cambiando sus posturas hasta tornarse conservador. Y no es esa la inconsistencia sino la de una definición posterior del propio Borges que se identificó como un “anarquista conservador”, que per se constituye un verdadero oxímoron de la política. Nada de eso se me escapa y menos aún algunas de sus lamentables declaraciones y acciones en tiempos de la dictadura. Pero todo eso, que sin dudas es de gran importancia, pasa a un segundo plano cuando contrastamos a Borges con Sarmiento. Este último despreciaba al gaucho y en una carta al Presidente Mitre de comienzos de la década de 1.860 le dice: “No ahorre sangre de gauchos, es lo único que tienen de humanos, es este un abono que es preciso hacer útil al país”. La consecuencia no se haría esperar: en 1.863 fue vilmente asesinado a tración el caudillo Angel Vicente Peñaloza y fueron asesinados miles de gauchos. Años más tarde, por este y muchos otros hechos, José Hernandez llevaría a cabo su monumental exégesis del gaucho en el “Martín Fierro”, que se convertiría no sólo en un gran poema épico de la literatura nacional, sino también en una gran obra de las letras hispanoamericanas de todos los tiempos. Unos años más tarde Eduardo Gutierrez inmortalizaría a Juan Moreira como un Aquiles de las pampas, capaz de enfrentarse él sólo con una Partida Policial de veintiún hombres,  saliendo victorioso de la misma hasta que uno de ellos escondido detrás de un aljibe lo matara a traición.  Los sucesos acontecieron en el Prostíbulo “La Estrella” donde hoy se encuentra el “Sanatorio Lobos”. A poco de publicada la obra a través de un periódico los hermanos Podestá lo llevaron a la representación teatral en el marco del Circo Criollo, donde Moreira ganaría enorme popularidad. El “primer Borges”, así le llama Norberto Galasso al  Borges de sus escritos juveniles, mostraba gran interés por el llamado criollismo, al que sin dudas buscaba mejorar. Eso quedó grabado en su espíritu con marcas a fuego ya que incluso en las obras del segundo Borges, que hemos nombrado anteriormente, su mirada hacia el gaucho es la mirada dirigida hacia un hermano, o si se prefiere hacia su propio alter ego, pero siempre desde la comprensión y no desde el prejuicio y la condena. Esa mirada comprensiva hacia el otro como espejo de uno mismo, como le sucedió a Tadeo Isidoro Cruz que, viendo a su supuesto enemigo supo verse a sí mismo (la referencia es del Aleph), es la que vale la pena intentar. Ese modo de ver al otro, que podemos ser nosotros mismos, es la que sin dudas, nos merecemos los argentinos hoy.

                                                                                                                                                                                                Homero Francisco Medina

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