El mundo secreto de los pescadores. Por Francisco Medina y Julián Zancarini

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Río Salado“En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo. Aquel día, como de costumbre había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagrecitos, que luego cambiaría al pulpero de La Blanqueada por golosinas, cigarrillos o unos centavos”. Con estas palabras Ricardo Güiraldes da comienzo a su memorable novela costumbrista Don Segundo Sombra, en la que vierte buena parte de sus vivencias infantiles en la Estancia “La Porteña” de San Antonio de Areco. El personaje que dice estas palabras es Fabio Cáceres hijo, quien relata en primera persona todo lo ocurrido en esa historia. Más adelante Güiraldes  pone en boca de dicho personaje éstas palabras: “La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la orilla”. Don Segundo Sombra es el prototipo del gaucho reconvertido en trabajador rural luego de un proceso en el que ciertas leyes compulsivas, el uso del alambrado y el afianzamiento de la propiedad rural se combinaran para que nuestros “centauros de las pampas” debieran aceptar una forma de vida sedentaria y en relación de dependencia.  Hubo al menos dos generaciones de nuestro hombre de campo nativo, la de quienes vivieron en carne propia ese desplazamiento, y la de sus hijos, cuyo espíritu melancólico, sería forjado y modelado por el aludido contexto histórico- social. Sin dejar de tener en cuenta de que se trata de una historia ficticia, la mayoría de los críticos suelen coincidir en que la vida del niño Cáceres tendría, al menos en parte,  un carácter autobiográfico. Como Ricardo Güiraldes nació en el año 1.886 no es descabellado pensar que las andanzas del niño de la novela coincidieran cronológicamente con las del autor, como tampoco decir que el marco geográfico y social, en que se desenvuelven los hechos, haya sido el de aquél San Antonio de Areco de la década de 1.890. Pero esa descripción costumbrista podría ampliarse al resto de la Provincia de Bs. As., incluyendo  a nuestro Partido de Lobos dentro de esa misma realidad cultural. De ese modo sencillo y rudimentario se habrá pescado también en aquel Lobos de fines del siglo XIX. Una simple caña, con un hilo de alguna fibra natural, con un aparejo provisto al menos de un corcho, equivalente a lo que hoy identificamos con el nombre línea de flote.

Puente de Hierro del Río SaladoTranscurrido más de un siglo, de práctica ininterrumpida de esta actividad, las cosas han cambiado mucho desde el punto de vista técnico. Las cañas son telescópicas y desplegadas logran tener varios metros de longitud (una mediana puede medir entre tres y cuatro metros). El hilo de fibra natural ha sido reemplazado por otro que químicamente no es otra cosa que un polímero sintético, la tanza de nylon. El reel o carrete es un dispositivo fundamental, primero para el lanzamiento de la línea y para el trabajo de frenos y luego cuando tenemos pique es de gran utilidad para sacar la pieza del agua. Las líneas no sólo son de flote, con boyas, sino también de fondo, con plomada, o combinadas, con ambas cosas. Entre los actuales aficionados a este deporte ha muchos les gusta la pesca nocturna por lo que acampan, encienden una fogata y utilizan faroles de kerosene. Eso sí, dicen los más avezados pescadores que es inútil quedarse una noche de luna llena porque no hay pique en esas condiciones. No parece pertinente en estos casos reclamar una explicación científica que de fundamento a la creencia y a quién la rechace por considerarla hija de la ignorancia le podemos recordar estas palabras de Juan Villorio sobre la sabiduría del pescador: ” Santiago- se refiere al protagonista de la obra El viejo y el mar de Ernest Hemingway- representa una forma arcaica de pescar, donde el valor individual se mide en la resistencia de las presas. Leyes naturales rigen las condiciones de este oficio e integran una sabiduría atávica que la modernidad confunde fácilmente con supersticiones”. ¿Cuál es el perfil entonces de nuestros pescadores hoy? En general se trata de jóvenes con cierto espíritu de aventura y con ansias de aprender, y de adultos experimentados que aman el oficio y  buscan tranquilidad. Se los puede encontrar buscando carnada en el canal Muñiz  (mojarritas, dientudos, etc.), para luego desplazarse hacia otros lugares como: diferentes puntos del arroyo Las Garzas, como puede ser el Puente de la Vía, incluyendo también el Puente del Quemado por donde pasa uno de sus brazos, la Laguna de Lobos, El Silencio, el puente de hierro del Río Salado, yendo de Barrientos hacia Beguerié, entre muchos otros lugares. Los peces más codiciados son el pejerrey y la tararira, pero actualmente son los que más escasean. También se pescan carpas, generalmente con línea de fondo y preparando pastas especiales para utilizar como carnada, bagres, dientudos y, según varios testimonios de gente entendida, en el Río Salado están pescándose Surubíes.

Volviendo al espíritu del hombre de pesca podemos decir que aún preserva alguna cuota del alma solitaria del gaucho reconvertido en peón rural que con tanta nitidez refleja Ricardo Güiraldes en “Don Segundo Sombra”. No por esto deja de ser gregario, de hecho suele pescar en grupo. Pero durante el día de pesca muchas veces se lo observa contemplativo y vaya uno a saber en que nivel y con que objetos de reflexión. Esto, que se da con mas frecuencia entre los mayores, lo pudimos ver este fin de semana en el Puente de Hierro del Río Salado. Allí conocimos a un obrero ferroviario que desde hace años viene a pescar de bastante lejos junto a su familia. Los más jóvenes de la misma se desplazan a otro punto debiendo pasar por un campo totalmente ganado por el río. Se los ve con envidiable entusiasmo aunque un tanto alborotados. Él, en cambio, se muestra sereno, taciturno, quizá entre feliz y melancólico. Prefirió pescar desde el puente y luego se encargó de preparar a la parrilla el producto de su pesca, utilizando leña de los arbustos del costado del camino. No optó por la afamada leña de cina cina, prefirió no sufrir con sus espinas y usó la de aquél otro arbusto con hojas de conífera similar a los que vemos en los médanos de las playas marítimas de nuestra costa atlántica. Con esas almas enigmáticas nos sentimos identificados. Suele suceder con ellas lo que comenta Juan Pablo Cinelli sobre el protagonista del documental “Montenegro” estrenado en octubre del año pasado: se trata de una vida que “parece provenir de un universo paralelo anclado en un pasado imposible de datar”. Así Juan de Dios Manuel Montenegro, resulta ser un pescador que  recorre el Litoral, sin compañía alguna, haciendo de la soledad una bandera. Nuestro amigo ferroviario no estaba sólo, sino con su familia, sin embargo en él se adivinaban ciertos rasgos del pescador del film.  El olor a asado hacía muy apetecible aquello que suponemos debe haber sido un almuerzo frugal. Nuestra pesca fue buena pero habíamos ido más tarde y ya teníamos organizado comer pan y fiambre. Con las bebidas, que se mantuvieron siempre frescas, en virtud de la intervención de la organizada Luli, podemos decir que lo nuestro no estuvo nada mal, en contraste con lo calcinante que puede ser una tarde de verano en ese increíble lugar.

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