Bestiario y la vieja “Farmacia Del Parque”. Segunda Parte, por Homero Francisco Medina

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Julio CortazarLuego de una jornada intensa, plagada de bellos recuerdos y en exceso prolongada llegó la hora del sueño. Como este no venía con facilidad me dispuse a leer por enésima vez el libro Bestiario de Julio Cortazar. Hay en él ocho relatos fantásticos que nos revelan, entre otras grandes verdades: que todo lo que existe tiene su reverso y que todas las cosas que nos rodean tienen su sombra misteriosa. Si lo hice para apurar el sueño sin dudas logré el efecto contrario porque no podía parar de leer. Recién en “Las puertas del cielo”, el anteúltimo de estos relatos, empecé a tener sueño. Ahí comienza esa lucha titánica a la que me entrego para ver cuantos segundos de vida (perdón quise decir de vigilia) le puedo ganar a la muerte (perdón quise decir al sueño). Lo cierto es que en algún instante entré en la nube de los sueños. Soñé que vivía la escena repetida de la madrugada anterior. Cada paso que daba, cada acto que acometía eran la imagen devuelta por el espejo de los exactos movimientos que ya había realizado con anterioridad. ¿Cuánto antes? veinticuatro horas antes, porque cuando me dirigí a la cocina las agujas del reloj de pared confirmaron mi sospecha de que faltaban menos de diez minutos para las cinco de la mañana.
Pensé en mirar el calendario pero no se si no pude o no quise hacerlo. De ahí pasé al comedor donde la gata pedía salir al patio, tal como había sucedido el día anterior. Todo era mera repetición, como si fuera una película vista por segunda vez, pero con una sustancial diferencia: se vivía desde adentro.

Bestiario, Julio CortazarAdemás ninguna acción denotaba la torpeza del que voluntariamente quiere reproducir algo que está prefijado como el guión de un drama adaptado al cine. Todo era producto de la voluntad y de lo que requería la situación del momento. Sentí voces lejanas que me pusieron en tensión. Abrí la puerta del comedor para que la gata saliera al patio. Sentí los mismos ruidos en la piecita del fondo que la noche anterior, y hacia ella me dirigí. Para mi sosiego encuentro la primera diferencia. Esta vez solo una de las luces del patio estaba prendida y no las tres. Sentí un gran alivio, todo era producto del azar, una simple casualidad. Sin embargo, otra vez esas voces me hicieron perder la calma. Cuando introduje la llave para abrir la puerta noté que nadie la había cerrado la noche anterior. O bien que, habiéndola…, no importa: la segunda diferencia. La situación se tornaba inquietante y ya no me tranquilizaba el encontrar diferencias. Me torné ansioso y sentí como se aceleraba mi ritmo cardíaco. Estaba comenzando a transpirar. Abro la puerta y por lo que puede adivinarse gracias a la tenue luz del patio todo parece normal. Bueno hablar de normalidad a esta altura creo que, cuanto menos es un exceso, y cuanto más una torpeza del que escribe, ya que es su deber expresar con claridad el estado de ánimo de sus personajes y mayor torpeza aún si él mismo es el protagonista. Nada transcurría con normalidad para este instante en el que con una rara sensación de extrañamiento me dispuse a apretar esa llave de luz. Mi cuerpo y mi alma parecían disociarse y eran fuertes las señales internas de que algo indeseado estaba por suceder.

Bestiario, Julio Cortazar 2Así son las percepciones, así los sueños y así ese otro u otros sentidos. Nunca tardé tanto tiempo en prender esa maldita luz. Mi noble corazón, a esa altura una palpitante bomba descontrolada a punto de estallar, le pide a mi estúpida mente que envíe la orden de una buena vez. Pero, como en todo sueño donde se corren peligros, uno se mueve en cámara lenta aún contra su propia voluntad. Pero esto ¿era un sueño?. Muchas veces pensando en el sueño y en la realidad  me he preguntado cuál de ambas cosas es el sueño y cuál la realidad. Diré entonces que en este sueño o en este momento vivido, vi que mi cuerpo, sin tener en claro quién lo gobernaba, realizaba ese giro de siempre dándole lugar al juego de palancas que hace el brazo para que, de una vez por todas, el dedo pulgar accionara la llave. Cuando la luz se encendió mis ojos prefirieron ser soldados del corazón y sin esperar que un cerebro ausente les diera la orden, se dirigieron, de manera directa, al tercer estante a buscar la tercera diferencia. En la misma foto de siempre mi abuelo había dejado de sonreír.

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