Las mujeres y el psicoanálisis. Por la Lic. María Alejandra Medina

Autores

Psicoanálisis y feminismo

“El psicoanálisis, por su particular naturaleza, no pretende describir qué es la mujer -una tarea de solución casi imposible para él-, sino indagar cómo deviene, cómo se desarrolla la mujer a partir del niño de disposición bisexual.”

Sigmund Freud, La feminidad.[i]

Los primeros intentos

Si bien resulta difícil establecer un tiempo inaugural de los movimientos feministas,  en Europa occidental y EEUU hay momentos de estallidos a lo largo de todo el siglo XIX. Solas, de a dos, en familias o en grupos, las mujeres se organizan sobre la base del sexo. Más organizados  y con mayor continuidad en EEUU, más esporádicos y fluctuantes en Europa,  en el marco de crisis políticas o acompañando los desarrollos sociales, los feminismos reivindican la independencia de las mujeres y el fin de la esclavitud sexual. Las posiciones teóricas en las que se sustentan los distintos movimientos están divididas entre una corriente igualitaria, que apunta a los cambios legislativos y lleva el sello de la individualidad -las mujeres quieren ser ciudadanas-, y una corriente dualista, que encuentra en la maternidad el atributo femenino por excelencia en pos de reformas educativas y legislativas -lleva la marca de la burguesía y la cuestión ético-social-. La corriente dualista va ganando territorio, en tanto que sus reivindicaciones no son tan inaccesibles como las de la corriente igualitaria, y en tanto no representa una amenaza para la sociedad patriarcal.[ii]

Durante el cambio de siglo, el sufragismo se ubica en el centro de las demandas.

1914, Primera Guerra Mundial: los movimientos feministas, históricamente vinculados a las ideologías nacionales, dan batalla por el derecho a voto amparándose en los servicios prestados a la patria. Pero no es momento para hacer peticiones.[iii]

La clásica dicotomía

Viena de principios de siglo: capital cosmopolita. Viena carnal, sexualmente licenciosa.

Las mujeres encarnan la sexualidad, una sexualidad que puede resultar peligrosa y anárquica. La moral burguesa se asegura que sus damas lleguen vírgenes al matrimonio y sean fieles a sus maridos, y a la vuelta de la esquina las prostitutas garantizan la lujuria y este estado de cosas. Desde el punto de vista de la mujer dominaba la ideología masculina, que hasta cierto punto determinaba el pensamiento y la conducta de las mujeres. El movimiento feminista vienés creció en esta atmósfera. Freud se mostró sumamente interesado por las reivindicaciones contemporáneas de la emancipación de la mujer. Opinaba que las rígidas costumbres sexuales de la época las llevaban a protestar, lo cual era justo y debía ser atendido. Pero la hipótesis básica de igualdad con los hombres, era insostenible.[iv]

Los trabajos de Freud sobre la feminidad se sitúan también en este marco y en medio de estas preocupaciones, pero no parece adecuado confundir esta situación con las respuestas que Freud proporciona, elaboradas rigurosamente en el interior de la teoría.

 

Una vuelta a los textos de Freud

 

la fase preedípica

la omnipotencia materna

la castración en la madre

El Edipo es el complejo nuclear de las neurosis y es análogo para ambos sexos, hasta 1923, cuando Freud agrega a la organización sexual infantil la fase fálica -que es genital, pero que a diferencia de la organización genital adulta, solo adquiere valor un genital, el masculino-, y se asegura de dejar en claro que lo que postula solo es válido para el varón. [v]

Evidentemente hay algo que complica sus desarrollos. En 1924 la angustia de castración produce la supresión del complejo de Edipo en el varón. El superyó es el heredero del complejo de Edipo. En la niña no puede ser igual, la castración ya está consumada, de nuevo, todo es “oscuro y lagunoso”. [vi]

Se trata quizá de lo que preocupa a Freud en ese momento, que es la articulación del núcleo de las neurosis con la angustia de castración. En 1926, la angustia de castración adquiere un lugar nodal como motor de la represión[vii], e inevitablemente es este el punto que lo restringe en sus desarrollos sobre la sexualidad femenina: ¿Cómo puede temer la niña una castración ya efectuada?

En 1925[viii] retoma la sexualidad de la niñita por una nueva vía: hay una prehistoria del complejo de Edipo en la niña, para quien el primer objeto fue también la madre -esto ya lo dice en Tres ensayos[ix], pero la idea pasa casi desapercibida, tal vez porque lo que se ve amenazado es nada menos que la concepción del Edipo como núcleo de las neurosis-. El complejo de Edipo en la niña es entonces una formación secundaria. Establece el nexo entre el complejo de castración y el complejo de Edipo en ambos sexos: mientras que el complejo de Edipo del varón se va a pique por al complejo de castración, el complejo de Edipo de la niña es posibilitado e introducido por este último. De este modo queda planteada la asimetría del complejo de Edipo.

Ahora la pregunta es: ¿cómo es que las mujeres abandonan su primer objeto de amor, lo que las lleva a desear a los hombres? Freud argumenta la dificultad en la labor analítica de la transferencia paterna, por el carácter arcaico del material y deja abierta la cuestión a las analistas mujeres.

Luego se produce un impasse hasta que en 1931[x] y 1932[xi] retoma sus elaboraciones, que no son del todo propias. Freud insta a trabajar a sus discípulos y a su vez, es puesto a trabajar por ellos. Prueba de esto son los textos de la década del ‘20 de Van Ophuijsen, Fenichel, Lampl de Groot, Deutsch, Klein, Mack Brunswick, y las referencias que él mismo hace a esos trabajos, con errores y omisiones que implican un capítulo aparte.

La experiencia de sus discípulos contribuyó ampliamente a las rectificaciones. En La sexualidad femenina y La feminidad, vemos entonces una manera respectivamente “detectivesca” y “ordenada” de exponer un estado de cosas, alejándose de su estilo habitual de elaboración.

De todos modos, hay algo que no se termina de articular en estos textos y es la cuestión de la omnipotencia materna y la función del padre como interdictor.

En este punto cabe retomar a Melanie Klein[xii], que considera que el drama inaugural no es la castración, sino la dependencia absoluta y por lo tanto la omnipotencia de los objetos primarios. En esta omnipotencia el lugar de la madre es absolutamente central. Desde luego no es una madre real, castrada o activa; Ruth Mack Brunswick nos aclara este punto: “es una madre producto de la fantasía”. Capaz de brindar e incitar los mejores placeres, como de quitar y prohibir a su antojo, por puro capricho; poseedora de todos los bienes que le son negados al niño, capaz de gozar de él, del pene, del padre. Una madre “gozadora feroz” que tiene que ver más con el padre de la horda primitiva que con la madre “deseante castrada”. En fin, una madre fálica, omnipotente; anterior a la castración y a la prohibición del incesto.

Hasta aquí, la madre. ¿Qué hay del padre en su función de interdictor?

Ruth Mack Brunswick[xiii] desarrolla este punto de un modo esclarecedor. Apoyándose en los desarrollos de Melanie Klein, teoriza sobre la etapa preedípica -incluso es quien acuña este término-. A partir de un caso de delirio de celos, una paranoia -un caso sin Edipo-, publica en 1940 un artículo dedicado a la prehistoria del Edipo –de la mano de Freud, lo que es posible percibir en algunas aclaraciones-. Lo que ella dice es que el padre ocupa para la madre un lugar del que el niño se siente excluido. Esto, al tiempo que priva al niño de la ilusión de que ella siempre puede satisfacerlo, lo libera de tener que satisfacerla: lo libera de la angustia de la insuficiencia. Si la madre se ocupa del padre en perjuicio del hijo, entonces es por ese lado que ella espera el objeto que puede satisfacerla. De este modo, el órgano masculino es “elevado a la dignidad del falo”. El padre es quien detenta el falo. A la vez de falóforo, el padre es castrador, porque la madre se dirige a él prefiriéndolo al niño, y porque desvía las exigencias de ésta con respecto al niño. A su vez, si se ocupa del padre porque espera el objeto que puede satisfacerla, la madre está castrada. El reconocimiento de la castración en la madre es lo que pone fin a la omnipotencia materna. El fin de la omnipotencia materna da lugar al complejo de Edipo. Vía identificación con la madre activa y fálica, tiene lugar el paso de la dependencia y la pasividad a la independencia y la actividad.

Ahora bien, si de lo que se trata es de la fantasía de la madre omnipotente y del padre falóforo y castrador, y no de la madre y del padre reales, se puede pensar que de lo que se trata en el mito del Edipo es de lugares, que pueden estar más o menos encarnados por los padres reales, pero que existen más allá de ellos. O términos, en el sentido que les otorga Levi-Strauss en Las estructuras elementales de parentesco. Para Levi-Strauss la regla universal y primordial es la prohibición del incesto. Con el fin de romper con la circularidad biológica en la familia compuesta por madre, padre e hijo, debe intervenir un cuarto término: el hermano de la madre, que llega con la inauguración misma de la sociedad, ya que es esencial a la misma. El hermano de la madre ofrece su hermana al entonces futuro hermano político, de modo que actúa como mediador entre su hermana y su hermano político; a la vez, media entre los padres y el hijo, interviniendo entonces a nivel horizontal como vertical para asegurar la ley.[xiv] En nuestra sociedad el rol autoritario del padre confirma que se trata de una sociedad patriarcal.

Del mismo modo en Freud, el complejo de Edipo es un universal que representa el ingreso del hombre en la cultura. Refleja el tabú del incesto y el rol del padre como interdictor.

Las críticas de las feministas.

Los desarrollos freudianos sobre sexualidad femenina tienen lugar en las décadas del 20 y del 30. Por esos tiempos algunos psicoanalistas que huían de la persecución nazi  emigraron a EEUU. La pronta propagación del psicoanálisis en el país del norte, y la rápida popularización de los términos psicoanalíticos, que literales o deformados se convirtieron en frases hechas, sumado a la exigencia de que los psicoanalistas fuesen médicos -lo que probablemente haya contribuido a un reduccionismo y a un determinismo biológico de la teoría psicoanalítica-, expresan el declive del psicoanálisis en ese país. En Europa, la declinación es probablemente una resultante de la Guerra.

Freud es el blanco de las críticas de las feministas de la segunda ola, que ven en él al responsable de condenar a una generación de mujeres emancipadas a la pasividad del segundo sexo. Juliet Mitchell, en su libro Psicoanálisis y feminismo[xv], expone los motivos que explican los equívocos sobre las objeciones que se le hacen a Freud, en un intento por demostrar que cuando lo atacan, no es a él a quien atacan, sino a la deformación que ha experimentado el psicoanálisis. También tiene en cuenta los equívocos que se producen a partir del análisis de conceptos fuera del marco psicoanalítico general. Por ejemplo, en el apartado en el que cuestiona las críticas de Simone de Beauvoir (a quien incluye por considerarla un referente de la segunda generación de feministas), cita un pasaje de The Second Sex, que dice:

“En principio Freud bosquejó la historia de la niña en una forma absolutamente correspondiente [a la del varón], designando más tarde complejo de Electra a la forma femenina del proceso; pero es evidente que lo definió más sobre la base de su modelo masculino que por sí mismo.”

Mitchell expone al instante dos citas del propio Freud:

“…y que acertamos rechazando la designación “complejo de Electra”, que pretende destacar la analogía en la conducta de ambos sexos”[xvi]

“No veo progreso ni ventaja alguna en introducir la expresión “complejo de Electra”, y no quiero promover su uso.”[xvii]

La expresión “complejo de Electra” no solo no es un concepto freudiano (había sido usada por Jung) sino que como vemos, Freud mismo la rechaza.

Se podría agregar al comentario de Mitchell sobre la cita de de Beauvoir, que Freud no bosqueja la historia de la niña, sino que intenta explicar(se) cómo deviene una mujer (idea no muy alejada del histórico postulado de de Beauvoir, la mujer no nace, se hace); de lo que se trata en Freud, es de una reconstrucción a posteriori sobre la sexualidad femenina, tema que lo mantiene en vilo por dos décadas, y que lo lleva a cuestionar el edificio teórico mismo al aceptar una prehistoria del Edipo en la mujer, prehistoria que por otro lado no solo es válida para la niña, sino también para el niño, por lo que, finalmente, a la inversa de lo que objeta de Beauvoir, en este momento se pone a trabajar la sexualidad del varón a partir de un enunciado sobre la sexualidad de la niña.

Betty Friedan, feminista norteamericana, responsabiliza  al psicoanálisis por condicionar la situación de la mujer a su rol de madre-ama de casa. Sostiene que los conceptos desarrollados por Freud son adecuados para su época, pero que en la actualidad son obsoletos y refutables. Es cierto que Freud operó dentro de una cultura, pero lo que hizo desde sus postulados fue precisamente subvertirla. ¿Quién hubiera osado decir que las mujeres vírgenes y fieles de la Viena moralista de principios de siglo estaban empeñadas en torno al pene? -sabemos que estamos restringiendo el concepto, pero nos permitimos la literalidad-.

Eva Fidges acusa a Freud de estar prescribiendo la condición de la mujer, algo similar a lo que sostiene Betty Friedan, pero va más allá cuando dice que la cura psicoanalítica supone un proceso de adaptación, por lo que el psicoanálisis se convierte en una “amenaza” para las mujeres. De lo que se trata en una cura es otra cosa, imposible reducirlo a un par de líneas escritas, pero basta recordar la regla fundamental de un análisis, la asociación libre: “diga todo lo que se le ocurra”, y la neutralidad y la abstinencia por parte del analista. Mitchell cita un pasaje del Esquema del Psicoanálisis en el que Freud recuerda lo siguiente:

Por tentador que pueda resultarle al analista convertirse en maestro, arquetipo o ideal de otros, crear seres humanos a su imagen y semejanza, no tiene permitido olvidar que no es esa su tarea en la relación analítica, e incluso sería infiel a ella si se deja arrastrar por su inclinación.[xviii]

Respecto de la objeción al considerar al psicoanálisis como sistema normativo, reiteramos que Freud solo intenta explicar la sexualidad femenina.

No agregaremos mucho si nos referimos a Germain Greer -que repite las interpretaciones equívocas-, a Shulamith Firestone -que devuelve todo a la realidad social, sosteniendo que el complejo de Edipo es, realmente, la familia social –como vemos, el Edipo se sitúa más allá de la realidad familiar- y a Kate Millet -que directamente niega al inconsciente, lo que le permite atacar más fácilmente los desarrollos del psicoanálisis en materia de sexualidad femenina-; lo que intentamos mostrar son los puntos de desencuentro.

Por legítimas que sean sus reivindicaciones o coherentes sus desarrollos, estas feministas equivocan el blanco y el instrumento cuando responsabilizan a Freud en la búsqueda de “culpables”.

Freud mismo se adelanta a los efectos que pudieran causar sus desarrollos, tanto en “los” feministas como en sus oponentes, cuando en Sobre la sexualidad femenina, dice:

“Se puede prever que los feministas entre los hombres, pero también nuestras analistas mujeres, discreparán con estas puntualizaciones. Difícilmente dejarán de objetar que tales doctrinas provienen del “complejo de masculinidad” del varón y están destinadas a procurar justificación teórica a su innata tendencia a rebajar y oprimir a la mujer. Solo que semejante argumentación psicoanalítica recuerda en este caso, como en tantos otros, a la famosa “vara de dos puntas” de Dostoievsky. En efecto, a su vez los oponentes de quienes sostengan tales asertos hallarán muy comprensible que el sexo femenino no quiera aceptar algo que parece contradecir su igualación al varón, cálidamente ansiada. Es evidente que el uso del psicoanálisis no lleva a decidir las cuestiones.”.[xix]

A modo de apertura para el próximo año

Lo que Freud ubica como complejo de Edipo es la estructura social -dominada por el padre- de las sociedades occidentales, es decir, la sociedad patriarcal. Es una hipótesis, pero que se comprueba desde el momento en que la autoridad, en estas sociedades, recae sobre el padre. Desde luego no es el padre real, quien  a lo sumo puede encarnar al padre simbólico.

Esta hipótesis adquiere cierta lógica en relación a la prohibición del incesto: el imperativo “no gozarás de tu producto” debe interponerse necesariamente en la díada madre-hijo para que la relación escape al círculo vicioso. Díada que nunca es tal porque entre la madre y el niño se interpone el deseo de la madre, el deseo del falo. El padre simbólico interviene asumiendo la significación del falo, en el lugar del tercer término. Además, se instaura la diferencia: la diferencia de sexos, la diferenciación entre madre e hijo, la diferencia en relación a cada término del complejo. Esta diferencia torna imposible la igualdad entre los hombres y las mujeres, porque es una cuestión estructural, inamovible. Tal vez sea por esto que las legislaciones a favor de los derechos de las mujeres resultan insuficientes o vacías de significado, en tanto que la ley de turno queda sujeta a la Ley simbólica.

Cobra sentido de este modo aquella cita  que habíamos situado en la introducción a la presentación del Módulo en la apertura a fines de 2010:

“Remedando a Lévi-Strauss dice Lacan que así como en el centro de la vida social (y ello por razones no ajenas al poder político) los hombres intercambian mujeres (origen del sistema de parentesco) el psicoanálisis descubre en cambio a la mujer en ese centro intercambiando hijos por falos simbólicos…” [xx]

Alejandra Medina



[i] Sigmund Freud: 33ra conferencia. La feminidad, en  Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras: 1932-1936 – Tomo XXII, Amorrortu editores, 2da ed., 2006, Buenos Aires, pág. 108

[ii] George Duby y Michelle Perrot: Historia de las Mujeres, en El siglo XIX – Tomo 4, Taurus, 1993, Madrid

[iii] George Duby y Michelle Perrot: Historia de las Mujeres, en El siglo XIX – Tomo 5, Taurus, 1993, Madrid

[iv] Juliet Mitchell: Psicoanálisis y feminismo, Anagrama, 1975, Barcelona

[v] Sigmund Freud: La organización genital infantil (Una interpolación en la teoría de la sexualidad), 1923 – Tomo XIX, Amorrortu editores, 2da ed., 2000, Buenos Aires

[vi] Sigmund Freud: El sepultamiento del complejo de Edipo, 1924 – Tomo XIX, Amorrortu editores, 2da ed., 2000, Buenos Aires

[vii] Sigmund Freud: Inhibición, síntoma y angustia, 1926 [1925] – Tomo XX, Amorrortu editores, 2da ed., 1992, Buenos Aires

[viii] Sigmund Freud: Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos, 1925 – Tomo XIX, Amorrortu editores, 2da ed., 2000, Buenos Aires

[ix] Sigmund Freud: Tres ensayos de teoría sexual, Cap. III, Las metamorfosis de la pubertad, 1905 – Tomo VII, Amorrortu editores, 1ra ed., 2000, Buenos Aires

[x] Sigmund Freud: Sobre la sexualidad femenina, 1931, Tomo XXI, Amorrortu editores, 2da ed., 2001, Buenos Aires

[xi] Sigmund Freud: 33ra conferencia. La feminidad, en  Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras: 1932-1936 – Tomo XXII, Amorrortu editores, 2da ed., 2006, Buenos Aires

[xii] Melanie Klein: Estadios tempranos del conflicto edípico, 1928, en Amor, culpa y reparación, 1921-1945, Paidós, 1ra ed., 2006, Buenos Aires

[xiii] Ruth Mack Brunswick: La fase preedípica del desarrollo libidinal, 1940, en Escritos psicoanalíticos fundamentales, Robert Fliess compilador,  Paidós, 1ra ed., 1981, Barcelona

[xiv] Juliet Mitchell: op. cit.

[xv] Juliet Mitchell: op. cit.

[xvi] Sigmund Freud: Sobre la sexualidad femenina, 1931, Tomo XXI, Amorrortu editores, 2da ed., 2001, Buenos Aires, pág. 230

[xvii] Sigmund Freud: Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina, 1920, Tomo XVIII, Amorrortu editores, 2da ed., 1999, Buenos Aires, pág. 148n

[xviii] Sigmund Freud: Esquema del psicoanálisis, 1940 [1938], Tomo XXIII, Amorrortu editores, 2da ed., 2001, Buenos Aires, pág. 176

[xix] Sigmund Freud: Sobre la sexualidad femenina, 1931, Tomo XXI, Amorrortu editores, 2da ed., 2001, Buenos Aires, pág. 232

[xx] Oscar Masotta: Ensayos lacanianos, Alfaguara, 2008, Buenos Aires

2 comentarios

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  1. Alejandro PEreyra

    Soy Ale Pereyra ! Cómo te ubico?? No tenés facebook? Yo tampoco

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