ULTIMAS PALABRAS DE MANUEL BELGRANO EN SUS RECUERDOS DEL ALTO PERU, por Javier Garín

Autores

Conclusión

                             “Los enemigos exteriores son nada, compañero; los interiores, los interiores sí son los terribles” (carta a Guemes 26-12-1817) 

 

                        Seis años pasaron desde aquel penoso viaje a Buenos Aires: seis años pródigos en peligros, en luchas, en conquistas y en derrotas; y hoy de nuevo, como entonces, al trazar las palabras con que pienso clausurar mis recuerdos, me hallo en camino a la desdichada capital donde hace medio siglo nací: pero ahora viajo al encuentro de la muerte.
                         Lo que entonces se me negó, a otros estaba reservado. Ya marchó San Martín en su campaña, los colombianos perseveran, vacila el godo, ceden las golpeadas resistencias. Día llegará en que no gobierne este vasto continente más autoridad que sus hijos, y a nadie sino a nosotros podremos culpar de nuestras desventuras.
                         En cuanto a mí, no fue larga mi defenestración. La justicia puso cada cosa en su sitio, y el Ejército de que me separé volvió a tenerme como jefe para cerrar el frente Norte a la ambición del tirano. Nunca pude desligar mi suerte de las milicias.

                     No repudio tal destino. Entre tantos sinsabores, me deparó la felicidad de abogar por nuestra Independencia ante el Congreso del Tucumán, cuya proclama llenó de asombro al mundo.

                        ¡Pero qué pronto asistimos al derrumbe de esas esperanzas! ¡Con qué brusca lucidez comprobamos que esa Declaración no sería más que palabras huecas, mientras reinara entre nosotros la discordia fratricida!

                         Comencé estas memorias en Tucumán como expediente para engañar los días, que ya nada tenían para mí: ni ilusiones, ni dichas, ni aún inquietudes, como que era yo, al comenzarlas, poco menos que mi propia sepultura. La enfermedad había ganado un cuerpo que sólo por gracia de un continuo milagro seguía manteniendo las funciones de la vida. Y aunque amigos y camaradas quisieran aún engañarse, bien sabía yo, y bien sabía el Dr. Redhead, el querido médico que me asiste, que nada más podía exigirse de esta gastada maquinaria. Sólo ambicionaba el morir en Tucumán, la tranquila ciudad rodeada de cerros, en que tantos recuerdos de pasadas alegrías parecían hacerme un sensible acompañamiento. Allí herí a la tiranía española castigando la soberbia del invasor; allí escuché a la augusta voz del Congreso proclamar la Independencia de la Patria; allí, en fin, conocí el amor y engendré a la pequeña que ha de continuar mi ser en la tierra. Durante las quietas tardes en que mi enfermedad me permitía montar, iba yo despaciosamente, taciturno, al Campo de las Carreras, a ver ponerse el sol al fondo de aquel solemne escenario, que un día lo fue de mi exaltación. El suelo parecía hablarme en lenguaje familiar, y en el silencio de los ocasos mis oídos fingían percibir antiguos ecos de cañones. ¡Qué dulce hubiera sido echar allí mis huesos, como anhelaba! Pero la cruel anarquía que desgarra la Nación, no respetando el lecho de un moribundo, hubo de golpear a mi puerta queriendo hacerme conocer en la agonía lo que no sufrió mi mejor salud: la ignominia de ver engrillada mi inútil libertad por los decretos de un sedicioso. ¡Ah, y yo quise a Tucumán! La quise más que al lugar de mi nacimiento. Pero fueron allí tan ingratos conmigo que he determinado irme a morir a Buenos Aires.

                         Triste cosa es peregrinar sin amparo después de darlo todo. Hasta los recursos para el viaje me han negado. Don Bernabé Araoz, el mismo que en 1812 me imploraba no abandonar su tierra al godo, pretextó que el tesoro se hallaba exhausto.

                         Postrado en esta sórdida posta del camino, he debido oír del maestro de postas la siguiente respuesta, al llamarlo a mi habitación:
                        “De mi cuarto al suyo hay igual distancia: si Belgrano quiere hablarme, que venga al mío”.
                         No es contra mí que se dirigen estos agravios, pues nada valgo ya. Es contra el recuerdo de cuantos combatimos por ver a nuestra patria libre y unida. Y no es la conducta de los hombres lo que me abate, pues demasiado los he conocido para dolerme de ellos. Me duele la patria, como duelen las vísceras mordidas por el tumor, o a un hijo las aflicciones de su madre venerada. Prospere la anarquía, sáciese el odio en hermana sangre, giman aún más los pueblos: día llegará en que los que clamaban por libertad reciban con ambos brazos todos los despotismos.
                         Revolución, madre terrible: yo acepté el destino asignado a tus hijos. No se cuentan con los dedos los compañeros de otros tiempos a quienes quisiste perder, muertos unos, otros en destierro y otros extraviados en torpes pasiones. ¿Pero por qué me dejaste vivir hasta esta fecha? ¿Por qué me obligaste a ver, antes de la final negrura, a la bandera de la hermandad pisoteada en las plazas, ondulando en su lugar emblemas de odio?
                         Alguna vez soñamos a la América unida de océano a océano, bendita por los frutos de la Libertad, sin esclavos ni príncipes, sin la soberbia de los mandones, sin ofendida miseria, como un renovado Edén para los hombres de corazones puros. ¿Qué insensata ilusión nos guiaba, cuando ahora comprobamos que, derrocados los antiguos opresores, expulsado el godo de sus fortalezas y el verdugo de sus cárceles, otros nuevos han venido a reemplazarlos?
                         En mis horas de esperanza, cuando el fatigado cuerpo me lo permite, vuelvo a pensar en la sufrida tierra que dejo.

                        Entonces me digo: ella no es, no puede ser, un sueño inútil.

                        ¡Tal vez mis buenos paisanos, que todavía los hay, trabajarán en remediar sus desgracias!
 
(Texto tomado del capítulo final del libro “MANUEL BELGRANO: RECUERDOS DEL ALTO PERÚ” de Javier Garin, tercera edicion 2013, editorial Dunken, Ayacucho 353 CABA)

Fuente:  Centro de Estudios Históricos Políticos y Sociales “Felipe Varela”

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