América Latina y su ingreso a la DIT. Parte 2, por Cristian Alberto Chiminelli y Homero Francisco Medina

Autores

División Internacional del Trabajo.

 

El incremento del comercio favorecido por todos los cambios económicos y tecnológicos a los que hacíamos alusión, determinó una especialización entre los países industrializados y las regiones productoras de materias primas y alimentos.

A partir de entonces (último tercio del siglo XIX) quedarían definidos los roles de todas las naciones en el ámbito del capitalismo  mundial quedando determinadas dos categorías de países:

–         Los países industriales: productores de manufacturas e importadores de materias primas y alimentos;

–         Los países periféricos: exportadores de materias primas y alimentos y consumidores de los productos industriales elaborados por los países centrales.

Todas las naciones latinoamericanas, excepto Paraguay, fueron seducidas por la diplomacia de las potencias para incorporarse al capitalismo mundial desde la segunda de las categorías mencionadas, conforme a como se desarrollaban los procesos de organización institucional.

Las élites dominantes de las naciones iberoamericanas fueron muy optimistas en cuanto a las posibilidades de progreso que representaba el desarrollo de sus economías de exportación.

¿Desarrollo económico o desarrollo del sector exportador?

 

Con el impulso económico de la época, creció la demanda de alimentos y materias primas. Se trataba de producir para el consumo de los centros industriales, lo que progresivamente llevó a una especialización en los cultivos.

La producción latinoamericana creció dentro de los límites de un monocultivo que producía para el mercado internacional lo que diera más beneficio.

Dentro de las monoproducciones latinoamericanas podemos distinguir dos tipos diferentes: las agrícolas y las mineras. En las primeras podemos mencionar a las economías del Brasil (azúcar, café y caucho), Argentina y Uruguay (agricultura y ganadería) Centroamérica y el Caribe (azúcar, tabaco y otros productos tropicales) y Colombia (café).

Por su parte, en el segundo orden podemos mencionar a Chile (salitre y cobre) y posteriormente Bolivia (estaño) y Venezuela (petróleo).

Fuera de ambas categorías podemos citar el caso peruano, cuya economía se basaba en la monoproducción de guano (excremento de las aves marinas de la costa que era utilizado como fertilizante).

En Brasil, por ejemplo, el cultivo del café no sólo desalojó al de la caña de azúcar sino también al de la pequeña chacra productora de alimentos. La última parte del siglo XIX está marcada en Brasil por la sustitución de la llamada economía del azúcar y  por la del café. En el tercer cuarto de siglo se inició una transferencia de mano de obra desde el norte hacia el sur del país.

En Perú se ha llamado era del guano a la época de  exportación de este fertilizante, que coincide con la segunda mitad del siglo XIX. Con  sus rentas se pagaron los ferrocarriles, se intensificó la navegación a vapor y se produjo una prosperidad que favoreció la liberación de los esclavos y la abolición de los tributos de las tribus indígenas.

Al convertirse Perú en un país monoproductor de guano, el resto de las actividades se redujeron. Se debió importar alimentos. La prosperidad comercial enriqueció a los consignatarios y demás personas vinculadas al comercio del guano.

En Chile  predominó la producción del salitre hasta que éste fue reemplazado por el cobre.

A partir de la guerra de Crimea (recordemos que esta afectó el abastecimiento de cobre ruso a las naciones occidentales) Europa acrecienta sus intereses en el cobre chileno, aunque debió pasar mucho tiempo hasta que este producto ocupara el lugar de privilegio en las exportaciones chilenas, desplazando al salitre.

Este auge de las economías de exportación no sólo llenó de optimismo a las élites dominantes en América Latina, sino que generó verdaderos mitos históricos cuya influencia sigue dominando conciencias aún en los tiempos presentes. Sin dudas el mito argentino del “granero del mundo” es paradigmático acerca de lo ocurrido con los sistemas monoproductivos  en América Latina.

Sin embargo, no debe confundirse lo que fue el desarrollo del sector exportador con lo que podría haber sido un proceso de desarrollo económico autónomo y diversificado, que es lo que desde lo estratégico nos hubiese convenido.

Economías subdesarrolladas y dependientes.

 

A esta altura de nuestro trabajo, es necesario señalar las características que definen la estructura económica de América Latina y la de cualquier país periférico. Primero señalaremos que estas fueron el producto de la falta a la cita con la Historia por parte de las burguesías latinoamericanas que deberían haber actuado  con sentido nacional, como aquellas que se desenvolvieron en el seno de las naciones desarrolladas, que si alcanzaron ese rango fue precisamente por la acción decidida de ese grupo social a favor del desarrollo del país.

En el caso de los países centrales se trató de la acción decidida de burguesías con alta densidad nacional (Aldo Ferrer, “Vivir con lo nuestro”) y con una enorme capacidad política para construir poder nacional (Friedrich List, “Sistema Nacional de Economía Política”), que generaron las condiciones necesarias para hacer que las grandes variables económicas generaran una rueda de causas y efectos a favor del desarrollo económico del país.

Con las naciones latinoamericanas sucedería todo lo contrario. Víctimas del marco socio-cultural en el que se formaron, sus élites no escaparon a las limitaciones naturales de la mentalidad de las burguesías portuarias, que muchas veces confunden el cosmopolitismo propio de su situación geográfica, con la xenofilia acrítica (en aquel tiempo expresada como anglofilia y francofilia), que luego se complementaba con su natural inclinación hacia el poliglotismo cultural-concepto utilizado por Jorge Abelardo Ramos en “Crisis y resurrección de la literatura argentina”- en lo que respecta la valoración de los bienes estéticos, para dar como resultado esa triste realidad de nuestro colonialismo mental, que aún hoy en día pesa como un fardo sobre las espaldas de cada latinoamericano. Porque esta mentalidad oligárquica llega luego a todos los ciudadanos  a través del inmenso e impersonal poder del sistema cultural e infocomunicacional, que funciona las 24 hs. del día los 365 días del año para convencernos de que el mundo es tal como se lo concibe desde la cosmovisión de las élites dominantes . Luego, como hija dilecta de esa mentalidad colonial, aparece la genuflexión política adoptada por nuestras disminuidas burguesías frente a sus homónimas de los grandes centros industriales del mundo. Así es la burguesía de los países latinoamericanos, con cierto beneficio para la duda en el caso brasileño. Una burguesía que adhiere a un utilitarismo tan extremo, que le impide constituirse en una verdadera masa crítica. En esas condiciones, las burguesías latinoamericanas, jamás podrían forzar a que nuestros  países siquiera alcancen los niveles mínimos de densidad nacional requeridos para su autodesarrollo. Por otra parte su modo de interactuar con el Estado y con el resto de la sociedad revela su total incapacidad para poder construir poder nacional. Tampoco podemos soslayar su falta de vocación burguesa para reinvertir las utilidades en el desarrollo del país (Norberto Galasso, Charla dada a alumnos del Profesorado de Historia en Lobos, año 1.993) y para acumular capitales propios para no depender del financiamiento externo( Felipe Pigna, Curso de Historia organizado por AZ editores, año 2.003) privan a nuestros países de los beneficios de seguir un camino propio con una verdadera estrategia de desarrollo autónomo. Estas circunstancias nos permiten comprender su gran debilidad para ejercer un aceptable control sobre las grandes variables económicas que pueden resumirse en el hexágono de la macroeconomía. En él se destacan tres características básicas: el intercambio desigual, la carencia de una infraestructura propia y el endeudamiento externo.

Intercambio desigual.

 

Se relaciona con dos factores fundamentales: 1) el escaso valor agregado de los productos exportables producidos por países con una economía de tipo primario; 2) los precios de las materias primas se determinan en el ámbito de los países centrales.

Ambos factores, generalmente, conllevan balanzas comerciales deficitarias.

Carencia de infraestructura.

 

Cuando hablamos de infraestructura nos referimos a los servicios considerados esenciales en la creación de una economía moderna: transporte, energía, servicios bancarios y particularmente relacionados con el comercio exterior (fletes marítimos y terrestres, seguros, etc.).

El control de un país sobre su infraestructura, esté en manos del Estado o en manos del capital local con sentido nacional, es fundamental para su desarrollo o despegue económico.

Si una nación posee el control sobre la infraestructura, tal circunstancia será favorable a los intereses del país. Si en cambio, el control se halla en manos del capital extranjero, tendrá una influencia contraria a los intereses nacionales.

Con la modernización económica del último cuarto del siglo XIX las naciones de América Latina diseñaron su infraestructura en función de los intereses y las necesidades del capital extranjero. Así, por ejemplo, el flete marítimo era monopolizado por la Blue Star Line, el seguro marítimo estaba bajo el exclusivo control del Lloyd’s Londres a través de Leng Roberts, los ferrocarriles también eran mayoritariamente patrimonio del capital inglés.

Como puede observarse la infraestructura de los países latinoamericanos se hallaba controlada por los intereses británicos. Esta situación originó un constante drenaje de capitales desde América Latina hacia Inglaterra tal como puede apreciarse en la cuenta corriente de las sucesivas balanzas de pagos. Este desequilibrio del sistema económico latinoamericano buscaba compensarse mediante la contratación de créditos en el exterior.

Endeudamiento externo.

 

Se origina en la deuda contraída en el exterior para equilibrar la balanza de pagos. Este endeudamiento genera nuevas obligaciones como el pago de servicios e intereses que deberán cumplirse si se pretende solicitar nuevos empréstitos.

Círculo vicioso del subdesarrollo y la dependencia.

 

Las tres características descriptas están estrechamente vinculadas en una relación de causa a efecto que luego se convierte en un círculo vicioso del cual es sumamente difícil de salir.

Los inconvenientes que acabamos de mencionar resultan más graves aún si los ubicamos en el marco de la inestabilidad producida por los vaivenes del comercio y las crisis mundiales de 1857, 1866, 1882, 1890 y 1900. Aún con todas las dificultades que implicaron, estas crisis pudieron sobrellevarse sin que se desarticulase el modelo de economía abierta que caracterizó a toda la región durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Recién habría que esperar a la crisis de 1.930 para que el orden económico del sistema neocolonial comenzara a mostrar graves síntomas de agotamiento.

Fuente:  Chiminelli, Cristian Alberto y Medina, Homero Francisco. “Historia comparada de América Latina y EEUU”. Tesis Seminario IV. Profesorado de Historia. Año 1994

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