América Latina y su ingreso a la División Internacional del Trabajo. Parte 1, Por Cristian Chiminelli y Francisco Medina

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Causa externa y causa interna. Su momento de coincidencia En la segunda mitad del siglo XIX, América Latina inició una serie de cambios económicos, cuyos orígenes son exteriores a la región y están directamente relacionados con la revolución científica y tecnológica europea y con la expansión de la economía capitalista a escala planetaria. El impulso económico se acelerará notablemente en la década de 1870, cuando, luego de la crisis de 1.873, las potencias europeas se recuperen de la misma en el marco de la creación de sistemas nacionales de comercio y los países latinoamericanos lleven a cabo una importante modernización que sería inverosímil confundir con un auténtico progreso. En esta época termina de consolidarse una tendencia originada en tiempos coloniales, con la fosilización de la sociedad española producida por el anquilosamiento general de todas sus estructuras y los cambios producidos en el seno de la sociedad inglesa en los siglos XVII y XVIII, que más tarde catapultarían al Reino Unido de  Gran Bretaña como la potencia hegemónica del siglo XIX. Culminaba entonces, un proceso de irrefrenables transformaciones que ni las fuerzas refractarias al cambio, ni todo el peso de la tradición hispánica habían podido, ni podrían ya detener. Nos referimos a la tendencia de las burguesías comerciales de los puertos atlánticos  y sus  aliados los terratenientes a buscar nuevas relaciones comerciales con Inglaterra. El viraje de la economía litoral rioplatense hacia el mercado inglés, producido en la segunda mitad del siglo XVIII, es parte del proceso al que nos estamos refiriendo. Con la revolución de independencia este fenómeno se acentuó de un modo muy notable, fundamentalmente a partir de la aplicación de políticas librecambistas. Sin embargo, la trabazón del capitalismo inglés con fuerzas sociales internas no se efectuó de golpe sino cuando, como afirma Puiggrós, la causa externa (acciones hegemónicas del imperialismo inglés) y la causa interna ( modernización política y económica impulsada por las clases dominantes latinoamericanas partidarias del desarrollo hacia afuera) llegaron a un punto de coincidencia. ¿Cuál fue entonces, el momento de coincidencia? Cuando a la revolución técnocológica, iniciada por algunas naciones del noroeste europeo (Inglaterra y Francia) a la que se sumarían más tarde otros países como Alemania o Bélgica e incluso naciones del mundo extraeuropeo (EEUU y Japón), produjo una metamorfosis en las propias bases internas del sistema económico internacional. La llegada del vapor como paradigma técnico-productivo, a fines del siglo XVIII, se había logrado a partir de la articulación de tecnologías de componentes ya conocidas (aprovechamiento de la presión del vapor, cilindro-pistón, sistema biela-manivela, etc.) y con poco auxilio de la ciencia que venía desarrollándose vertiginosamente desde la revolución copernicana de la época renacentista. Alcanzaba entonces, con el concurso de artesanos ingeniosos o ingenieros con gran dominio de las matemáticas, como James Watt, para llevar a cabo las innovaciones técnicas que la burguesía inglesa necesitaba para dar impulso a su estrategia de construir “poder nacional” (Friedrich List, “Sistema Nacional de Economía Política” – Capitulo 4: “Los ingleses”-) sobre la base de su propio potencial económico. Para ello debía lograr que el Reino Unido dejara de ser sólo el principal centro mercantil y financiero internacional, debido a la triangulación comercial paños-esclavos-azúcar y a los grandes capitales acumulados que le daban a sus bancos  un poder económico hasta entonces desconocido, para convertirse en el gran “taller del mundo” que procesara las materias primas y las convirtiera en artículos manufacturados para captar el fruto económico de esa transformación (léase valor agregado). Este objetivo político-económico de la burguesía inglesa explica el auge de las innovaciones técnicas debidas en gran medida a la buena paga “prometida” a los técnicos que resolvieran el problema de la insuficiente producción de paños por parte del paradigma artesanal, basado en el sistema domiciliario vigente en Inglaterra hasta la década de 1.760, de cara a una demanda interna y externa en constante crecimiento. Ese fue el inicio de una revolución tecnológica que, en constante evolución, ha transcurrido sin solución de continuidad incluso hasta la época actual. Para que pudiera llevarse a cabo la segunda fase de la industrialización fue imprescindible la creación de numerosas innovaciones en diferentes campos y actividades, las que sólo serían posibles con el auxilio de la ciencia. Por eso cuando se habla de las tecnologías desarrolladas a partir de las últimas décadas del siglo XIX, y se lo hace con propiedad, es necesario hablar de tecnociencias. Muy distinto fue el marco en que pudo desarrollarse el paradigma del vapor en el que claramente observamos que el cambio técnico precedió al desarrollo de la física mecánica que pudiera explicar el funcionamiento de las máquinas térmicas. En efecto James Watt no necesitó de las teorías de Joule y Mayer, que explicarían medio siglo más tarde los dos principios de la termodinámica, para construir una máquina de vapor más eficaz que la del modelo Savery Newcomen. Sus conocimientos ingenieriles fueron no sólo necesarios sino también suficientes para que pudiera agregarle a la máquina el condensador y el regulador de velocidad que la convertiría en una máquina revolucionaria. Muy diferente fue el camino seguido por las burguesías de fines del siglo XIX que, para dar impulso a la segunda fase de la industrialización, necesitaron del auxilio de los científicos para generar las innovaciones que hicieran técnicamente posible los procesos de concentración que se verificaron en el campo de lo económico. E incluso cuando no fue tan necesaria la ciencia fueron las propias tecnologías las que debieron mejorarse sobre la base de la experiencia práctica acumulada. Esto último sucedió, por ejemplo, con el vapor aplicado a los transportes. Efectivamente tanto el ferrocarril como la navegación a vapor, más allá de sus experiencias iniciales de comienzos del siglo XIX, tuvieron que esperar hasta mediados de siglo para empezar a desplegar su influencia a una escala internacional. Por otra parte si aceptamos como válido que los “hijos” de la máquina de vapor fueron la turbina de vapor y el motor de combustión interna, ellos ya necesitarían, y este último en especial, del auxilio de la ciencia para poder desarrollarse. Por otra parte sin la evolución de nuevas técnicas metalúrgicas y siderúrgicas no hubiese habido, entre otras cosas, alambrado en América Latina, y el progreso de esas industrias fueron a su vez el fruto del avance de la química, que tuvo en el siglo XIX su primera época dorada. Es ese un buen ejemplo del cambio al que nos referíamos del desarrollo científico precediendo a los avances tecnológicos, a fines del siglo XIX. Varios historiadores de la ciencia y la tecnología, como T.K. Derry y Trevor I. Williams, son muy claros en sus conclusiones sobre este particular, al plantear que cuanto mas detallado es el estudio de los eslabones de esa cadena de progreso científico (recordemos que estos últimos participaron de la monumental “Historia de la tecnología” de Singer) mejor se advierte que esa evolución no podía darse en menos de un siglo. Esta digresión sobre la importancia de los factores tecnológicos en el desarrollo de la sociedad no deberá interpretarse como un capítulo aislado de esta investigación, sino más bien, como una propuesta de enriquecimiento hermenéutico, habida cuenta de lo que  plantean algunos especialistas, como el citado Williams, que en sus cinco tomos de la Historia de la tecnología lo hace con cierta recurrencia, sobre la insuficiente atención historiográfica prestada a los factores tecnológicos que tanta incidencia han tenido en el entramado del proceso histórico mundial en la era del capitalismo. Planteando el concepto en otros términos podríamos parafrasear a Reclús afirmando que la ”geografía del tiempo” del siglo XIX no pudo brindar mayores espacios como para que el avance de la ciencia fuera más acelerado cuando ya de por si fue vertiginoso y revolucionario. Algo muy similar a lo sucedido con la química aconteció con la física eléctrica y sus aplicaciones. Primero se desarrolló el campo teórico y luego llegaron las innovaciones que constituyeron su correlato técnico. En efecto la electricidad primero se desarrolló como una rama diferenciada de la física y luego llegaron sus aplicaciones para iluminar ciudades y mover los motores de las fábricas que, a comienzos del siglo XX  ya comenzarían a ser eléctricos. ¿Hubiesen sido posibles los motores eléctricos sin el conocimiento sobre las leyes de la electricidad y el magnetismo? De esa misma ciencia dependieron otras tecnologías como la utilización del frío artificial en los barcos o la telegrafía. Incluso esta última para evolucionar hacia la telegrafía sin hilos, que permitiera realizar las sofisticadas transacciones económicas de las sociedades anónimas y de los grandes holdings en tiempo real, necesitó de los avances en el campo de la física de ondas. Demasiado complejo fue el entramado político-económico-social y cultural-científico-técnico como para que las condiciones objetivas necesarias para que las potencias aplicaran la DIT recién estuvieran dadas, en el marco del capitalismo central, hacia fines del siglo XIX. (para nosotros los latinoamericanos, la causa externa). Igualmente lenta fue la evolución de las condiciones políticas objetivas en el ámbito de las naciones latinoamericanas. Sobre esa base política, la de la imposición del proyecto de desarrollo hacia  afuera de las élites portuarias, que resultaron triunfantes sobre los pueblos interiores, actuaron en América Latina las tecnologías exógenas y dentro de ellas podemos destacar, entre muchas otras, la gran importancia  del alambrado, del Remington, de los ferrocarriles, del telégrafo y de la navegación a vapor. Por otra parte el neocolonialismo, que actuaría como fuerza exógena, alcanzaría sus mejores posibilidades con los fenómenos de concentración económica que acompañaron a la segunda fase de la industrialización, concentración que se vio muy favorecida por el desarrollo científico técnico que ya hemos descrito. De este modo, en el último tercio del siglo XIX se hizo evidente el traspaso de un capitalismo de libre concurrencia a un capitalismo monopólico o financiero, que coincidió con la evolución de las sociedades iberoamericanas de una era de anarquía y guerras civiles a una etapa de organización institucional, generalmente con una fase intermedia dominada por la presencia de un gobierno fuerte que pusiera “orden y paz social”. Los gobiernos fuertes, que en cada país pusieron fin a la anarquía, llevaron a cabo la organización nacional y modernizaron la economía, no llegaron simultáneamente a todas las naciones latinoamericanas. Así, por ejemplo, mientras en Chile y Argentina (en este último la organización nacional aún se demoraría dos décadas más) esto comienza en la década de 1830, los regímenes autocráticos  de Porfirio Díaz en México y Lorenzo La Torre en Uruguay, se iniciaban ambos recién en el año 1876. En el resto de América Latina, el acceso al poder de estos gobiernos fuertes oscila entre esos extremos, o sea, entre 1830 y 1900. Los “gobiernos fuertes” garantizaban al imperialismo inglés la “paz social” y en cierto sentido la unidad nacional. Sin embargo, los capitales que harían posible la modernización sólo llegarían cuando, además de las mencionadas condiciones,  estuvieran dadas las de orden jurídico y de organización constitucional (causa interna). No en todos los casos esas últimas dos condiciones fueron posibles dentro de los “gobiernos autoritarios”. En la Argentina, por ejemplo, tales condiciones sólo fueron posibles luego de la caída de Rosas en la batalla de Caseros en 1852. Fuente:  Chiminelli, Cristian Alberto y Medina, Homero Francisco. “Historia comparada de América Latina y EEUU”. Tesis Seminario IV. Profesorado de Historia. Año 1994

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