El fuego femenino. Conferencia de Graciela Musachi. Reseña: Alejandra Medina

Autores

 Conferencia de Graciela Musachi

EL FUEGO FEMENINO

Reseña: Alejandra Medina

Módulo de investigación “Las mujeres y el psicoanálisis”

 

El viernes 1° de junio tuvimos el honor de contar con la presencia de Graciela Musachi en la Biblioteca Madero de San Fernando. Invitada por el módulo de investigación Las mujeres y el psicoanálisis de la APSF, la conferencia dio lugar a la apertura de las actividades anuales de este espacio.

Ante un público numeroso y variado -gente de diversas disciplinas, interesados por la cuestión de “género”, feministas, psicólogos, practicantes del psicoanálisis- y luego de anticipar lo que no iba a hacer: “el elogio de las mujeres”, se zambulló en el tema del título, El fuego femenino, en el que ubicó nuestras preguntas -entre las cuales aparecía la cuestión de las mujeres quemadas.

 

Su recorrido comienza en la época en que las mujeres eran quemadas en nombre del “bien público”. Cita un diálogo de la obra de Bernard Shaw sobre Juana de Arco, en el que Carlos (VII) le dice a Juana: “… ¿por qué no te metes en tuspropios asuntos y me dejas en paz?” a lo que ella responde: “…Ocuparte de tus asuntos es como ocuparte sólo de tupropio cuerpo: es la manera más segura de caer enfermo.” Entonces, Juana fue adelante con su misión y terminó en la hoguera. Como pasaba con algunas mujeres en esa época: las brujas, las posesas.

 

Luego –agrega-, que en otro momento de la historia, y al modo irónico en que Freud enuncia aquella frase célebre en la que dice que la humanidad ha progresado porque en otro momento lo hubieran quemado a él en lugar de sus libros, las mujeres “ardían y se quemaban” en sentido metafórico. Habla de Elena Canto, cuyos testimonios recoge en un libro de su autoría Georgie y yo. Lo que pasó con Estela Canto y de quien dice que “era verdaderamente una mujer que ardía…en una época en que las mujeres se quemaban metafóricamente.” Así, Elena Canto desafiaba a la burguesía de escritores que ella frecuentaba (Borges, Ocampo, Bioy Casares) increpándolos con cuestiones del partido con el que se identificaba (ella pertenecía al PC), a la vez que llevaba una vida libre en un momento en que las mujeres estaban en sus casas.

 

En la actualidad –dice- tal vez se vuelven a quemar, aunque ya no en nombre del “bien público” sino del “bien privado”. Recuerda una escena de una película de Tarantino, Jackie Brown, en la que Robert de Niro va manejando y la mujer que tiene a su lado le habla, le habla, le habla, le habla y él, saca un arma y la mata. Y dice que “…a algunos hombres, algunas mujeres se les vuelven insoportables”, y arriba a la cuestión, que sería la siguiente: “qué lugar tiene para un hombre una mujer y qué lugar tiene una mujer en la comunidad, que dos por tres anda prendiéndose fuego.”  Es una pregunta, dice, que nos la podemos responder de muchas maneras, y recomienda la lectura del libro de Paul Laurent Assoun, Freud y la mujer. Aclara que no podemos decir todas las mujeres: algunas mujeres… Pero sí hay algo en la feminidad de algunas mujeres que produce estos efectos. Lo que plantea Assoun –precisa- es que estos acontecimientos en la historia del bien público y privado tienen en esa función repetitiva, una función de síntoma, algo que se repite, algo que uno no se puede sacar de encima, como a veces una mujer, a veces un tipo no se puede sacar de encima a una mujer más que matándola. En ese sentido, una mujer puede ser síntoma de la cultura.

 

Hasta aquí nos orienta en relación a nuestras preguntas.

 

Y pasa a un problema que le interesa más, que es el problema que tienen los hombres con las mujeres, desde el lado del hombre. Toma el modo en que lo entiende Lacan, que sería que el hombre frente a la mujer padece de perplejidad: cuando piensa que ella es culpable por hacer fallar su sistema de todas las mujeres, es decir, cómo un tipo se imagina un cierto todo que ella hace fallar; cuando cree que con dos mujeres, la mujer y la amante, cubre su universo de mujeres, cuestión que también falla porque en algún momento una de las dos dice basta; y una tercera mención -que las feministas han usufructuado con la idea de una cierta intencionalidad del hombre, en la que para asumir su identidad tiene que ponerle el pie a ella y que desde luego, aclara, este no es el punto de vista del psicoanálisis; con la idea de síntoma todo eso queda barrido: no hay una intencionalidad, se trata de fenómenos en juego. Entonces, continúa Musachi, la tercera mención que hace Lacan de este asunto, justamente en el nivel del ejemplo Robert de Niro: ella habla, habla, él quiere que ella no hable más; eso, dice Lacan, quieren los hombres, que ella no hable, pero no para ejercer el poder, ni porque la discrimina, ni porque con eso construye su identidad, sino porque con eso ella introduce algo que no está dentro de su sistema. El modo en que se relaciona con su feminidad introduce algo que no entra dentro del sistema de los hombres: esa manía de hablar, y algo que le pasa a su cuerpo, es algo que el hombre no pueden entender. Algo que no está al alcance de la cura masculina.

Esta perplejidad masculina ante las mujeres –concluye Musachi-  no tiene solución, hay que arreglarse con eso, ellas mismas tienen que arreglarse con eso, ese es el punto: para ellas tampoco es tan fácil llevar su cuerpo o recibir las consecuencias por ese no parar de hablar.

 Autor: María Alejandra Medina

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