Germán García: En conclusión, los goces. Por María Alejandra Medina

· Psicoanálisis
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El sábado 14 de mayo, exactamente a un año de su conferencia de 2010 en San Fernando, Germán García volvía para darnos la primera clase del año, y para cerrar la Jornada La actualidad del psicoanálisis.

Lejos de toda impostura, encarnando él, antes que nadie, ese pedido que nos hace –“no se la crean”-, esa noche en la Biblioteca Madero, daban ganas de invitar a escuchar: los conceptos de Lacan, la dialéctica psicoanálisis-cognitivismo, la cuestión de la filosofía y la anti-filosofía en Lacan, las ciencias, los ejemplos, la angustia, la religión, Freud, los estoicos, lo imaginario, lo real, lo simbólico, los goces, el síntoma, la muerte. Estos temas testimonian su forma de entender el psicoanálisis, y por qué no, su vital manera de transmitirlo.

En el título de la clase se anticipa algo de la cuestión: los goces. Germán García llama la atención sobre este asunto e invita a seguir. Es necesario atender a esta introducción para tratar de entender algo, si bien nos advierte: “si no la entienden, no la usen”. Se refiere a La Tercera, la conferencia que Lacan escribió en Roma en el año ’73.

El tema del título es la insistencia en la idea del plural de la palabra goces. No para diferenciar los tres tipos de goces que define Lacan -o al menos no solo por eso-. El propósito es darse cuenta de que no hay el goce; insiste en ese punto, en la exigencia de desprenderse de la idea del goce en singular, que remite a algo sustantivado, algo que tiene la cualidad de una sustancia. Y en el goce no hay ninguna materialidad, no es algo que se pueda medir, colorear.

Realza esta cuestión, y aborda otras, epistemológicas, como la idea de la anti-filosofía de Lacan. Parte de una pregunta: ¿Cuál sería la supuesta obscenidad filosófica para Lacan? Es precisamente lo siguiente: lo real no tiene ningún sentido y es ese sinsentido, ese fenómeno real, que aparece en lo real sin ningún sentido, lo que angustia. Algo de lo que sabe bien la religión, que se encarga de dar sentido y hacer, de algo que no se puede explicar, un argumento para la expiación y el sacrificio; de modo que no solo da sentido sino que además tranquiliza, porque en la medida en que culpabiliza, saca la angustia.

Entonces, lo real no tiene ningún sentido. Y el lenguaje, para Lacan, es un incorporal. Incorporal en el sentido de los estoicos, es decir, “todo aquello que no tiene existencia material pero que existe”, como noción de ¿atributo?, de condición. Si bien en Freud  las palabras son “magia atenuada”, el poder de las palabras no está dado a través del sentido; prueba de ello es el hecho de que lo que tranquiliza cuando la presencia inquieta y angustia, es la voz, porque lo que se quiere es que se diga algo, no importa el contenido.

Ahora bien, las TCC (terapias cognitivo-conductuales) intentan establecer entre lo real y el lenguaje, un continuo; no hay ningún problema entre la palabra y el referente; en cambio, el psicoanálisis lo que ubica allí es justamente una brecha: entre lo real y el lenguaje, Lacan va a situar el goce fálico.

En La Tercera, Lacan diferencia entre tres tipos de goces.

En el nudo -donde él pone Imaginario, Real y Simbólico, que es la forma en que Lacan entiende que hay que leer a Freud- coloca al cuerpo en lo imaginario, porque un cuerpo no es un organismo, la imagen no es igual al organismo, depende de la mirada del Otro. Y el sentido va a estar dado entre el cuerpo y lo simbólico, con lo cual se puede ya pensar que lo real está fuera del sentido. Lacan introduce en el propio cuerpo, pero sin pasar por lo simbólico, el goce del Otro; lo sitúa entonces entre el cuerpo y lo real.

Pero el cuerpo no se divide de las palabras. El goce del Otro en el propio cuerpo tiene que ver con la angustia, es la angustia; lo que angustia es ¿el deseo del Otro? Porque este deseo bien puede ser una inquietud, o la falta de deseo.

Entre lo simbólico y lo real, Lacan introduce el goce fálico. Como el falo no es un órgano sino un significante, el goce pasa por el lenguaje, toca algo de lo real, pero está fuera del cuerpo, no pasa por el cuerpo, porque ningún pene es el falo.

Del lado de lo simbólico aparece el síntoma; ese síntoma está indicado por la señal que no engaña que es la angustia, cuando, contrario a lo que se dice de Lacan, de entrada interpretaba en función de poner el síntoma en forma, es decir, transformar la angustia en síntoma.

Y transformar la angustia en síntoma, es lo que empieza a regularla, y por lo que empieza a acceder a la palabra algo del síntoma, que está en el lenguaje, pero atrapado en algo que lo remite:

·        a lo real, por el lado del goce fálico

·        a lo imaginario, por el lado del goce del Otro

·        a lo simbólico, por el lado de la articulación verbal.

En conclusión, los goces es el título de la clase, y de ningún modo un cierre de la reseña, sino la pregunta que ha de abrirse paso a través de la lectura. Parafraseando a Germán García: no en la urgencia, sino en la preocupación por un leer bien que lleva implícita una problematización de la lectura.

Autor: María Alejandra Medina

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