Norberto Galasso recuerda a Ricardo Carpani a 16 años de su fallecimiento

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A 16 años del fallecimiento del artista plástico Ricardo Carpani

 El historiador Norberto Galasso traza un perfil del gran pintor y muralista, fundador del Grupo Espartaco, cuyo compromiso político lo acercó a los sindicatos combativos de los ’70.

 Nacido en el Tigre, a pocos meses del golpe que derrocaría a Yrigoyen e iniciaría la “Década Infame”, Ricardo Carpani pudo ser uno más entre los artistas famosos y premiados de la Argentina semicolonia inglesa. Pudo ser el integrante de esa pléyade de artistas retratistas o vanguardistas o inclusive exponentes del “realismo socialista” que esa Argentina vasalla necesitaba para que los sectores llamados cultos se desconectaran de los problemas socioeconómicos que sufríamos y vivieran embobaliconados ante el arte exótico, no figurativo, exquisito, en fin, por sobre todo evasivo y lejano. Pudo ser un Soldi de damiselas evanescentes o recibir el elogio de un Romero Brest y cotizar muy alto sus obras en las galerías de la calle Florida. Pero Ricardo resultó, desde pibe, un contestatario, un peleador de tremenda vitalidad desbordada en “picados futboleros” y en trompeaduras a la salida del colegio, un protestón que despreciaba las glorias efímeras y que se consideraba, por sobre todo, integrante de un pueblo avasallado, con el cual compartía  penurias y falta de horizontes. Y tomó el camino de la verdad, del testimonio, de la lucha, comprometido políticamente y entregado, con alma y  vida, a una estética capaz de expresar las vicisitudes  del pueblo del que formaba parte. Por eso no es casualidad que después de estudiar con  Pettoruti, admirara a Spilimbergo, a Facio Hebecquer y a los muralistas mejicanos; y que sus primeras obras aparezcan en 1956, en plena ‘resistencia peronista’, bajo la dictadura fusiladora que hoy todavía añora el diario La Nación, según hemos leído días atrás.

Tampoco es casualidad que el Manifiesto del grupo “Espartaco” –redactado por él como orientador de ese colectivo de plásticos– aparezca en 1959, apenas tres años más tarde de los fusilamientos de  junio de 1956 y denuncie rotundamente que la clase dominante “quiere el coloniaje cultural, el plagio sistematizado, la repetición, para crear una mentalidad extranjerizante, despreciativa de todo lo nacional y popular”.
No dibujaba para el pueblo, mirándolo piadosamente, ni con el pueblo haciendo del arte solo militancia, sino desde el pueblo, creando sus personajes con los rasgos del hombre común, ese que había hecho el 17 de octubre del 1945: seres humanos musculosos, de pómulos salientes y ojos aindiados, con ojos amenazantes y puños de piedra. Son “los negros”, “la chusma”, “los cabecitas”, “los chinos”, “los proletas”, “los laburantes”, a los que se creyó injuriar con esos nombres y que los asumieron, en cambio, con orgullo, porque eran los hombres que protagonizaron, protagonizan y protagonizarán las luchas en la patria latinoamericana.
Pero no los llevó al lienzo o al mural intentando retratarlos, sino recreándolos con el empleo de las técnicas más vanguardistas, ya sea el cubismo o el expresionismo. Sus hombres no reproducen minuciosamente los rasgos externos de un trabajador argentino como lo haría el cinematógrafo, la televisión o la fotografía. Los recrea tal cual los siente, tal cual es el rol que han cumplido y cumplirán en nuestra historia, ampliando sus dimensiones, acentuando su  combatividad, deformando sus figuras con formas estéticas nuevas, imbuyendo al dibujo de un sentido colectivo y amenazante.
Su amigo Juan José Hernández Arregui, con quien compartieron tantos vinos y tantos anhelos de revolución, ayuda a descifrarlo cuando cita a Leonardo: “El arte no debe copiar a las cosas como un espejo, sino revelar la esencia de las  cosas”. Y agrega Arregui: “Sólo un arte figurativo, que desforme cuantas veces sea necesaria la percepción sensible de los objetos, sustituyéndola por formas símbolos de la vida de los pueblos en plena marea revolucionaria, es realismo y, al mismo tiempo, vida colectiva aprisionada en el lenguaje gigantesco, profético y por eso, simbólico del arte. El obrero de Carpani no es “un obrero”. Es “la clase obrera”. Sus figuras monumentales miran “no adelante” sino “al porvenir de la humanidad”. Sus  fábricas, chimeneas y engranajes no son la fábrica SIAM, sino la cultura tecnificada y deshumanizada del capitalismo. Y la obra en su conjunto, una convocatoria a la revolución”.
Por eso, estuvo condenado al ostracismo, fuera de los grandes museos y las  galerías de arte y de las escuelas de Bellas Artes. Y su arte apareció en murales de sindicatos, en afiches apoyando huelgas, como aquellos famosos “¡Basta! ¡Libertad a Tosco y a Ongaro! ¡Cámpora al gobierno, Perón al poder!” Y en los  centauros  gauchos  de su Martín Fierro, recuperando asimismo a  todos aquellos que lucharon junto al pueblo desde San Martín, El Chacho y Felipe Varela hasta Perón, Evita y Cooke, desde Roberto Arlt hasta Atahualpa Yupanqui. Al mismo tiempo se ubicaba políticamente en lo que se llamó genéricamente  Izquierda Nacional. Y se metía en las manifestaciones y concentraciones populares.  Cuando el golpe del 76 estaba, de casualidad, en gira por Europa y salvó su vida. Volvió abordando el hombre y el tango, el desocupado que está solo y espera. Y asumió el color. Pero siempre en la misma senda. “Van a venir nuevas luchas… Un mundo sin esperanza sería un mundo de cadáveres… Mi  grito es seguir, putear contra la opresión y la injusticia  y seguir rebelándome… Llevar el arte del caballete al mural… Y seguir peleando. No perder la esperanza y seguir peleando… La  vida no es light. La vida ‘es’ cuando se lucha, se pelea, cuando se ama con intensidad, eso es la vida…” ¿Quién que vio una obra suya puede olvidarla? ¿Quién que lo conoció puede olvidar con qué fervor apretaba la mano entregando todo su afecto y su anhelo del ‘hombre nuevo’?

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