La burguesía “nacional” que nos cupo heredar, por por Hugo M. Rodriguez

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La burguesía “nacional” que nos cupo heredar

Julio 2013
por Hugo M. Rodriguez

Es notorio que el  que comportamiento de la burguesía nacional argentina está en las antípodas del que tuvieron las burguesías de los países desarrollados en los orígenes del sistema capitalista y durante su explosivo desarrollo  durante el siglo XX. Veamos algunas de estas diferencias.

Lo primero que llama poderosamente la atención es la total despreocupación por la defensa del mercado interno –el mercado “natural” de la burguesía- que se manifiesta en su incapacidad de reacción frente al rol dominante que han consolidado las empresas trasnacionales en la economía nacional. Esto ocurrió en gran medida gracias al terreno que aquellas les han cedido graciosamente a lo largo de las últimas décadas (bajo la batuta de sus gobiernos afines, desde Frondizi hasta la última dictadura cívico-militar). Basta recordar el predominio industrial y comercial local que supieron tener hasta los años sesenta del siglo pasado las grandes empresas de capital nacional (entre otras: Picardo, Nobleza, Particulares, Grafa, Alpargatas, Sudamtex, Campomar, Textil Oeste, SNIAFA, Acindar, SOMISA, Gurmendi, La Cantábrica, Molinos, Terrabusi, Canale, Bagley, Noel, SASETRU, SIAM, ASTARSA, EMA, Lix Klett, Yelmo, Centenera, Cía. Química, Atanor, ALBA, Colorin, Indupa, IPAKO, Celulosa Argentina, Scholnik, Rigolleau, Cristalux, Cattorini, Loma Negra, Minetti, etc.). Todas ellas progresivamente han desaparecido o han pasado a ser propiedad de capitales extranjeros. Ante los primeros avances de la política imperialista norteamericana sobre nuestro país y dada  la notoria disparidad de fuerzas frente a las grandes corporaciones trasnacionales, hecho que debiera haber inducido a la burguesía a abroquelarse con el Estado para librar la batalla por el desarrollo nacional autocentrado e impulsar la protección y el fortalecimiento del mercado interno, como lo hicieron Japón y Corea, nuestra burguesía siempre prefirió aliarse al capital extranjero, aunque ello le significara perder el control de los grandes negocios y, por lo tanto, la parte más jugosa de las ganancias. Una de las causas de este comportamiento fue su manifiesto temor a afrontar los riesgos que tal actitud implicaba y, fundamentalmente, su negativa a considerar a los trabajadores como parte esencial de dicho desarrollo, dado que ellos constituyen la base de ese mercado interno, sustento necesario e imprescindible para el mismo. El temor la indujo a depender cada vez más, en un principio, de las tecnologías que adquirían bajo licencia a las grandes empresas trasnacionales, porque no comprendieron que la clave para la supervivencia en el mercado estaba en la inversión en desarrollo de tecnologías. Este proceso necesariamente debió ser repetido en forma periódica porque jamás hicieron, salvo muy contadas excepciones, el esfuerzo de asimilar las tecnologías que licenciaban para luego poder desarrollar tecnologías propias e independizarse de sus licenciantes (como sí lo hicieron Japón y Corea). En una etapa posterior (en las dos últimas décadas  del siglo pasado), y siempre movidos por la necesidad de actualizarse tecnológicamente, nuestra burguesía optó por asociarse con el capital extranjero en la constitución del capital de sus propias empresas, terminando finalmente la mayoría de ellas siendo totalmente absorbidas por el capital extranjero. Esta es la triste realidad del comportamiento empresario histórico de nuestra “gran burguesía”.

En segundo término debemos destacar algo que es a su vez causa y efecto del comportamiento anómalo de nuestra burguesía: la endeblez histórica de nuestra estructura productiva. Ella es tal que cuanto más crece la economía nacional, dada la alta centralización del capital, su escasa integración productiva local y el predominio del capital extranjero, conduce inevitablemente al estrangulamiento externo, es decir, que nuestro desarrollo económico dependiente lleva a que con el crecimiento del PBI los requerimientos de nuestras importaciones crezcan en mucha mayor magnitud de lo que crecen nuestras exportaciones. Por ello, todos los intentos de desarrollo económico han concluido inevitablemente en crisis estructurales causadas por el desequilibrio comercial externo. También suman a este déficit estructural la existencia de muchas empresas que, en realidad, son simples armadurías locales de productos, cuyos componentes de tecnologías más sofisticadas son generalmente importados, y la existencia de un raquítico sector productor de bienes de capital, estratégico para cualquier país que aspire a disponer de una cierta autodeterminación económica. Hasta ahora, lo único que pudo contrabalancear dicho estrangulamiento externo fue la esporádica y aleatoria alza de los precios internacionales de nuestras exportaciones agrarias, es decir, la productividad natural de nuestras tierras. Solución siempre parcial dada la alta concentración de la propiedad de la tierra que existe en nuestro país, cuya elite representa la Sociedad Rural Argentina, (ingresar a ella o al Jockey Club ha sido siempre una de las máximas aspiraciones de nuestra “gran burguesía”), que la tiene como principal beneficiaria de dicho boom (recordemos la resistencia a las retenciones sobre las exportaciones agrarias).

La burguesía argentina parece alienada porque, a pesar de que durante los últimos diez años ha tenido un crecimiento económico espectacular como hace mucho tiempo que no gozaba y que es consecuencia de las políticas aplicadas por los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández no está conforme y atenta permanentemente contra su accionar. Este, sin embargo, en los últimos diez años logró liberar al país de la nefasta intromisión de los organismos internacionales de crédito (FMI, Banco Mundial), pudo fortalecer el mercado interno, fundamentalmente mediante la mejora de los ingresos de los trabajadores, la creación de nuevos puestos de trabajo, la fuerte inversión en obras de infraestructura que posibilitó mejorar la productividad empresarial, impuso cierto proteccionismo a la producción local, dio un decidido impulso a la integración regional, recuperó algunas empresas públicas estratégicas que habían sido privatizadas (Aguas Argentinas, Correo, Aerolíneas Argentinas, YPF, Metrogas) y recuperó el necesario protagonismo del estado nacional (reformas en el Banco Central, recuperación de las AFJP, etc.). Sin embargo, nuestra “gran burguesía nacional” resiste el cambio y se manifiesta abiertamente en contra de estas políticas.  ¿Cómo entender la insistencia de la burguesía en que el gobierno produzca una importante devaluación de la moneda, según ella para mejorar la competitividad nacional, cuando ni siquiera menciona que para que esa mejora sea posible resulta imprescindible aumentar la inversión privada en investigación y desarrollo, que le compete principalmente a ella misma? ¿Cómo entender la denodada resistencia a mejorar la distribución del ingreso, es decir, resignar parte de las enormes ganancias de los grandes grupos económicos, a favor de las mejoras salariales? Resistencia que se expresa no sólo en la inflexibilidad manifiesta en las negociaciones colectivas de trabajo y en la oposición a cualquier intento de aumento en la carga impositiva (por ejemplo, con las retenciones a las exportaciones agrícolas o el impuesto inmobiliario agrícola), sino  también y principalmente mediante el alza desmedida de los precios, en virtud de la capacidad que éstas empresas oligopólicas tienen como formadoras de precios, y que está avivando el incendio de una inflación descontrolada.  ¿Es que no son conscientes del daño social que ello provoca? o ¿hay una intencionalidad aviesa?

Nuestra interpretación es que esta burguesía no tiene ni le interesa un proyecto de país independiente, que simplemente se contenta con jugar el papel de socio menor del gran capital trasnacional, cediéndole el rol dominante en la economía nacional, aunque ello implique que la gran mayoría de los argentinos quede excluida de la misma, como lo estuvo hasta la crisis del año 2001. Prueba irrefutable de ello es el enorme crecimiento del capital argentino fugado al exterior (en gran parte producto de la exacción realizada a todos los trabajadores argentinos), cuya propiedad ella detenta, y que con esta actitud niega la posibilidad de aplicarlo al desarrollo nacional, tan necesitado de autofinanciamiento. La razón de tal proceder, más allá de su exacerbado egoísmo de clase, estriba en su profundo temor a la disputa interna con las fuerzas populares, sumado al reconocimiento de su debilidad intrínseca, que la lleva a preferir ser cola de ratón antes que cabeza de león.

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