Lobos, un espacio de choque cultural. Por Eduardo Pogoriles.

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PUEBLOS BONAERENSES

Los porteños adoptan el pueblo para vivir. La gente de Lobos se niega a que su destino sea convertirse en un parque temático gauchesco.

EDUARDO POGORILES. Enviado especial a Lobos.

Ahora, en Lobos, los porteños compran casas como para sentirse dueños de por vida del “estilo campo”. Y aunque esté a 115 kilómetros (en realidad son 100) de Buenos Aires, hay quienes llegan en avión a la cancha de golf. Y frente al aeroclub crecen los barrios privados. Los lugareños se miran algo pasmados ¿el crecimiento de lo campestre como escenografía no terminará sepultando al verdadero campo? ¿El simulacro vencerá a la misma tradición en que se inspira? Con cinco clubes de polo, con estancias llenas de historia desde los tiempos de Rosas, Lobos cambia su cultura y su modus vivendi en el sudoeste bonaerense. Buenos Aires aprovecha la nueva autopista Cañuelas-Ezeiza e invade el verde sin permiso, complicando la clásica imagen de laguna, pejerreyes y miniturismo.

A ese raro cruzamiento entre modernidad y tradición, algunos de los 28 mil habitantes lo ven como una oportunidad, otros, como una amenaza. Porque Lobos es también la costumbre de dormir la siesta hasta las cuatro de la tarde, jugar a las cartas en el Club Newbery, ir a dar la vuelta del perro todas las tardes, bailar en la discoteca “La Porteña”, en la bailanta “Amanecer bailable” o en alguna de las diez peñas folclóricas. Esta ciudad aún tiene panaderías que hacen la “galleta de campo”; hay esquinas sin ochavas anteriores a 1870, pero también peones a caballo junto a los cibercafés, plateros, pintores, la mitología de Juan Moreira y la casa natal de Juan Perón, además de un spa frecuentado por ricos y famosos que prefieren el anonimato. De todo eso se habla en el bar “El Escritorio”, pasarela de los notables de Lobos. Se discute por las polleras “demasiado cortas” de las chicas bastoneras de la Guardia del Fortín que nada tienen que ver con los gauchos y mozas que desfilan en la Semana de la Tradición. Se discute por el trabuco naranjero de Juan Moreira, que alguien robó el 11 de agosto de la vitrina ubicada en el Museo Perón. Se discute por una pulpería reciclada, el boliche de Sapienza, que compró la animadora Silvia Fernández Barrios.

La frontera se corre

Se discute, en fin, por las fronteras. En Lobos algunos sienten que las fronteras se corren, lo que viene desde el fondo de su historia. “Estamos en la ola de un cambio que no podemos pilotear por las desuniones pueblerinas, una lástima. Pero no queremos ser una ciudad dormitorio como Pilar ni que nos vean como bichos raros, no somos los empleados de un parque temático gauchesco. Esto no se arregla con barrios privados”, dice el secretario de Gobierno lobense, Carlos Masola. El es conservador y por 600 votos perdió las elecciones a manos de un peronista, Gustavo Sobrero, que asumirá en diciembre. “Hay que cambiar la cultura de Lobos, ese individualismo cerrado que tanto daño hizo. En los índices de pobreza y desocupación estamos peor que Cañuelas, Navarro y Monte, cuando hasta la década de 1970 éramos el eje de la zona”, dice Sobrero.

¿Dónde están las fronteras de lo nuevo? Cuando Lobos nació, el 2 de junio de 1802, la frontera era el río Salado. Más allá estaba el desierto y no había indios amigos. En esa época, indios y blancos peleaban por arrear algunas de las miles de vacas salvajes que se acercaban a beber en la Laguna de Lobos. Desde sus estancias en Monte y Cañuelas, Rosas llevó la frontera más al sur en 1830. Julio Roca completó la tarea en 1879, después vino el ferrocarril y con él una primera modernidad, estancias a nombre del patriciado porteño —los Blaquier, Ezcurra, Atucha, Del Carril, Zeballos— que ahora son visitadas por turistas. Pero hoy la frontera tiene que ver con estilos de vida, es inasible.

Para el artesano soguero Juan Antonio Marquioni, que retomó la tradición india del trabajo con cueros y pelos sobados, el límite es la amistad, tener enfrente una cara conocida. “Hacer un rebenque o la funda de un cuchillo me lleva una semana, no los puedo cobrar, yo los hago para regalar a los amigos”. Marquioni es un herrero experto y de eso vive. El yerra a esos caballos percherones de 1.200 kilos que anualmente arrastran la chata “La Argentina”, en la Rural de Palermo.

Otros creen que la frontera es una tradición que siempre se reinventa a sí misma y tiene precio. “Hay oficios que vuelven por la crisis, como el mío”, dice Oscar Martínez, el único platero en Lobos desde que en 1890 muriera su antecesor. En sus manos, un cuchillo, una rastra, un par de espuelas, un cabo de rebenque, se transforman en piezas de platería que valen más de 3.500 dólares. Su clientela está en Buenos Aires.

“Nunca sentí la necesidad de salir de Lobos, aunque mis óleos ahora se venden en Madrid y en Buenos Aires”, dice Fernando Sancho, presidente de la Sociedad Española de Lobos. Para él la frontera es interior. Sancho fue dentista durante muchos años, nunca se propuso vivir de la pintura. Pero en el salón de la Sociedad Española tiene su atelier y sus alumnos, ahí pinta sus cuadros hiperrealistas que hacen de una aldea el mundo.

En el bar “El escritorio”, todos se acusan de individualistas. Lobos es una ciudad dividida pero eso va más allá de la política, es un síntoma de la cultura cotidiana. La ciudad abunda en centros tradicionalistas y peñas folclóricas que nacen y mueren al compás de las peleas entre sus líderes. El ritual los une durante la Semana de la Tradición, en noviembre, cuando 850 jinetes de 35 centros criollistas desfilan ante la multitud. Pero ya no hay plata para “Lonja y guitarra”, un festival de jineteadas, doma y folclore que en sus buenos tiempos convocaba a 40.000 espectadores y competía con Jesús María.

Algunos dicen que es culpa de la crisis. Lobos tenía talleres ferroviarios y textiles, también una fábrica de motores eléctricos con mil obreros. Todo eso murió en la década de 1990. Como un símbolo anticipatorio, en 1981 había quebrado el Banco Regional del Salado, que tenía 16 sucursales en la zona y desde 1962 le prestó plata a pequeñas industrias y comerciantes locales.

Acaso sea un síntoma de algo más profundo. Pero la ciudad tiene siete grupos teatrales y ninguno se anima a poner en escena el mayor mito urbano de Lobos: la muerte de Juan Moreira en el burdel “La Estrella” el 30 de abril de 1874, como la contó el folletinista Eduardo Gutiérrez. Con las lealtades de la ciudad divididas entre alsinistas y mitristas, Moreira se ganaba la vida apretando a los votantes el día de elecciones en el atrio de la iglesia. “La Estrella” estaba a cuatro cuadras de la plaza, como lo recuerda una placa colocada en 1983 en el lugar donde ahora hay una clínica médica.

“Yo soy hijo de inmigrantes italianos pero tengo pasión por los caballos, algunos ensillan con aperos de época, otros no, pero acá todos tenemos algo de gauchos, eso es lo que debemos conservar”, dice Javier Agollia. El dirige la agrupación “Rebenque y espuelas”, la única que hace carreras de sortija en Lobos desde hace 15 años. Para él es tan importante la iglesia Nuestra Señora del Carmen, frente a la plaza, como el almacén La Paloma, aún en pie, donde Leonardo Favio filmó su “Moreira” en 1973.

En cuanto a Juan Perón, nadie se anima a discutir que nació en Lobos en 1895, salvo la gente de Roque Pérez, del otro lado del río Salado. Nadie quiere hablar del libro del embajador peronista Hipólito Barreiro, “Juancito Sosa, el indio que cambió la historia”, ni de su tesis sobre la madre india de Perón, Juana Sosa Toledo. No vale discutir, las autoridades del museo lobense dirán que allí está la ley sancionada por el Senado en diciembre de 2001 —nada menos— que declara monumento nacional a esta casa italiana de los años 20, cuando Perón estaba en el Colegio Militar.

“Todo eso es cosa de viejos, ¿a quién le importan?”, dice Fernanda, sentada en la plaza principal de Lobos, un sábado a la tarde. La vuelta del perro ya se termina y ella no quiere ir a la iglesia esa noche, donde un coro cantará el “Réquiem” de Gabriel Fauré. La discoteca “La Porteña” le parece una réplica de la estancia más famosa de Lobos. Tampoco le interesa el café literario que se arma en el bar Andreotta. Fernanda sueña con la televisión. “¿Qué tengo que hacer para ser famosa?”, pregunta. Es posible que esa inocencia, tan distanciada del “estilo campo”, la haga perseverar en el camino a Buenos Aires.

Sábado 18 de octubre de 2003

Fuente: http://edant.clarin.com

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