La medicina y la metáfora del martillo. Por Homero Francisco Medina

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Durante la Guerra de Secesión norteamericana, y aprovechando el notable invento de Alexander Wood (la aguja hipodérmica-1.853-), se le dio un uso muy difundido a la morfina inyectable. La mayor parte de los historiadores que abordan el tema encuentran en este hecho el origen del fenómeno de la adicción a la morfina en ese país, que para fines de siglo tenía un número de consumidores muy superior al del resto de las naciones. Al respecto hay quienes se atreven a dar cifras y sostienen que la Guerra Civil de los EEUU, fuera del terrible saldo de muertos y lisiados, dejó otro nefasto efecto sanitario: la “enfermedad del soldado” que habría alcanzado nada menos que a 400.000 sobrevivientes, que por haber sido tratados con inyecciones de morfina se habrían vuelto adictos a ese medicamento.

Desafortunadamente tiempo después se comprobaría que la droga suministrada  de un modo directo al torrente sanguíneo por vía parenteral (quiere decir inyectable) puede provocar mayor adicción que si se la ingiere por vía oral. Muchos especialistas, sostienen incluso, que la morfina inyectable genera mayor adicción que la inhalación de los cigarrillos o de las pipas de opio.

Aunque esto último sorprenda a más de uno que se base en la adicción que genera el acto de fumar, incluso por razones sociales y culturales, no olvidemos que la morfina es el principal de los principios activos del opio que, desde que fue separada de este por el boticario alemán Friedrich Sertürner en 1.803 (actualmente este proceso mediante el cual el principio activo es separado de la planta que lo contiene en su estado natural se llama screening), pudo utilizarse como medicamento en forma pura. Distinto es el caso del opio, ese jugo lechoso que se obtiene de la cápsula de la flor de una variedad de  amapola llamada adormidera. En el opio, que es lo que en definitiva usaban los fumadores, la morfina puede encontrarse en una proporción que varía entre el 10 y el 17%.

Así las cosas entonces, la misma guerra que catapultaría a los Estados Unidos a ser la primera potencia industrial del mundo hacia fines del siglo XIX (recordemos que en esa guerra civil el Norte industrial venció al Sur esclavista) traería algunos dolores de cabeza para los propios norteamericanos. Podríamos enumerar entonces: los más de 600.000 muertos que tuvo como saldo, el impactante magnicidio contra el Presidente Abraham Lincoln, el hecho de que el resentimiento del sur derrotado mutara tiempo después  en el más extremo racismo que se vertiría despiadadamente sobre toda la población de origen africano; y tantos otros entre los que, a partir de los datos expuestos en este artículo, podríamos agregar el de la enorme cantidad de adictos a la morfina que esta terrible guerra le dejara como legado a aquella sociedad.

Algo similar a lo acontecido en la guerra civil norteamericana  sucedió en Alemania como consecuencia de la Guerra franco- prusiana de 1.870. Al respecto dice José Antonio Elizondo L. (artículo titulado: “La guerra y el consumo de drogas”, publicado en “Liber Addictus”, n° 70 año 2.003): “Durante la guerra civil estadounidense (1861–1865) se experimentó, por primera vez, el empleo masivo de morfina; los hospitales de campaña antes poblados por aullidos y llantos, se convirtieron en recintos silenciosos. Usada intravenosamente, en ocasiones varias veces al día durante meses, no tardaron en aparecer casos que, acabada la guerra, recibieron el significativo nombre de army disease y dependencia artificial. Datos proporcionados por el médico Howard Jones indican que la guerra de Secesión creó un millón y medio de morfinómanos. La segunda gran prueba fue la guerra franco-prusiana de 1870, donde la prodigalidad de médicos y autoridades militares se calcula con un simple dato: la producción alemana de morfina era de alrededor de dos toneladas en 1869, y pasó a ser de cinco toneladas en 1872. Dadas estas circunstancias, un número difícil de precisar, pero elevado de heridos y enfermos de guerra, recibió junto con el sedante para aliviar sus dolores cierto grado de acostumbramiento que al cortarse el suministro, produjo síndromes abstinenciales de magnitud proporcionada a la dosificación prescrita”.

Al caso de los EEUU se le sumaba ahora el de Alemania con su flamante “Estado unificado” de 1.871, concebido y conducido por el otrora Rey de Prusia, quizá más conocido como “el Canciller de hierro”, Otto von Bismarck. Su estrategia era reunificar a la nación alemana utilizando al nacionalismo y al sentimiento antifrancés como factores de efecto cohesionador. Su sueño se había cumplido y con el rotundo triunfo germánico en la guerra franco-prusiana nacía el Segundo Reich o Segundo Imperio Alemán. Pero algún costo había que pagar y todas las guerras lo tienen. Uno de esos costos serían esas 5 toneladas de producción de morfina a las que se refiere Elizondo.

Para concluir el artículo vuelvo sobre la figura de aquel médico de Edimburgo que inventó la aguja hipodérmica allá por 1.853, Alexander Wood. ¿Cuál fue el móvil que impulsó a este profesional de la salud a realizar una innovación con la que pasaría a la posteridad antes como inventor o tecnólogo que como médico? La respuesta es sencilla: el amor a su esposa. Ella padecía un cáncer terminal y su esposo obsesionado por la idea de favorecerle un tránsito mucho más llevadero hacia el inevitable final puso todas sus energías en la posibilidad del logro de tal objetivo. Dentro de la situación dramática que como familia les tocaba vivir no es difícil imaginar la paz interior de ese hombre al ver que con su invento pudo librar a su esposa de esos terribles dolores aplicándole morfina.

Esta historia constituye uno más entre tantos ejemplos que abonan la teoría de la “ciencia martillo”, concepto que puede perfectamente extenderse a la tecnología toda vez que desde la Segunda Revolución Industrial ambos conceptos integran el complejo de las llamadas tecnociencias.

¿Podemos acaso hacer una afirmación contundente sobre la bondad o la maldad del martillo? ¿Puede el martillo ser bueno o malo per se? O será acaso una buena herramienta cuando lo usamos como corresponde para clavar clavos y de ese modo, por ejemplo, arreglar un mueble; y una mala herramienta si una persona lo usa para agredir a otra con su golpe furibundo. Así sucede también con las tecnologías médicas en particular y con la ciencia en general. Sus buenos o malos resultados muchas veces dependen no de una característica intrínseca sino del tipo de aplicaciones que se les dé.

Autor: Homero Francisco Medina

 

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