LOS FOLLETOS DE LIBORIO JUSTO. Por Norberto Galasso

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IZQUIERDA ABSTRACTA Y SOCIALISMO NACIONAL

LOS FOLLETOS DE LIBORIO JUSTO

A 112 años de su nacimiento, aciertos téoricos y yerros políticos de un revolucionario que –sin desearlo– fue funcional a su clase social

Por Norberto Galasso – Publicado en Tiempo Argentino | 15.02.2014 

Se cumplieron hace unos días, el 6 de febrero, 112 años del nacimiento de Liborio Justo, quien se fue “pa’l silencio” el 8 de agosto de 2003, a los 101 años, buena parte de los cuales dedicó a predicar la revolución social. No dejó, sin embargo, discípulos ni partido que lo sucediera, sino libros de historia, críticas literarias, polémicas, diatribas, brulotes contestatarios, escándalos como aquel “Abajo el imperialismo” que le arrojó a la cara al presidente yanqui Franklin Roosevelt en el salón de nuestro Congreso, en 1936. Su vida fue una constante polémica con el resto de la autotitulada “izquierda”, y aunque muchas veces tuvo razón en el plano teórico, erró en su acción política.

Un viejo luchador me dijo una vez: “Era hijo de su clase, de los Justo y los Bernal, poderosos estancieros; era arrogante y prepotente, y si usted le rascaba la fraseología revolucionaria, le aparecía su admiración por Juan Manuel de Rosas en lo nacionalista reaccionario.” Ello explica que la mayor parte de su producción no se dirigiese a depurar a la vieja izquierda de sus equívocos, ni a  intentar unificar a los militantes, sino a gritonear y a denigrarlos desde su olímpico aislamiento. Y explica también que cuando los obreros salieron a la calle el 17 de octubre de 1945, Liborio juzgara a ese movimiento como fascista y se replegara al Ibicuy para no presenciar el “espectáculo bochornoso” de bombos, vinchas y cánticos cubriendo las principales calles de la ciudad-puerto, en camino hacia la plaza histórica. El sabía aquello de Lenin (“golpear juntos, marchar separados”) y aquello de Trotski (“de la liberación nacional al socialismo”), pero pudo más su origen oligárquico y repudió, por demasiado “populista”,  eso de “Perón, Perón, que grande sos”, y se alejó de los trabajadores, despreciándolos.
Por supuesto, estas líneas no obedecen a rencor personal alguno, ni tampoco sería justo desconocer algunos aportes teóricos que hizo el propio Justo, si bien Liborio se fue reproduciendo a través del tiempo con distintos nombres (Quebracho, Bernal y otros seudónimos literarios) para agravar la confusión ideológica en los jóvenes militantes, en vez de colaborar modestamente para que los trabajadores organizados  elevasen su formación política y contribuir a que se  constituyeran con fuerza en el escenario político.
Por el azar de la política, tuve oportunidad de estar dos veces con él, en su pituco departamento de la calle Las Heras, en un comedor amplísimo que ostentaba cabezas embalsamadas de ciervos cazados en sus safaris, colgadas en sus paredes. Allí recibía a muy poca gente, pero tratándose de alguien que en vez de ser profesor de historia se dedicaba a la investigación histórica, quizás pensó conveniente mantener una buena relación que le permitiese ocupar un lugarcito en la posteridad. Tengo un recuerdo triste, dramático, diría, de esas dos visitas. En una, empezó a porfiarme que Manuel Ugarte era fascista, y después desparramó una retahila estercolera sobre todos los otros trotskistas, incluso sobre el mismo Trotski, a quien, por criticar a la burocracia soviética, juzgaba vendido a Wall Street. Por eso, me dijo: “¡Hay que hacer la V Internacional!” Me atreví a decirle:  “¿Quién la conduciría?” “Yo, por supuesto”, replicó modestamente. En la segunda, me mostró un arcón repleto de folletos, cientos y cientos, de los años ’40, material con valiosos aportes teóricos (por ejemplo, sobre el carácter semicolonial de la Argentina y la necesidad del frente único antiimperialista). No entendí para qué guardar, en vez de dos o tres folletos de cada uno, esa enorme cantidad. Se me cruzó la idea de que, en su fuero íntimo, los tenía allí porque algún día –pensaba él, dada su egolatría– los trabajadores vendrían a su puerta a reclamárselos para hacer la revolución. Me regaló una decena. Pero quiso la mala suerte que, años después, yo reprodujese una polémica de Jauretche donde éste se refería acremente a Liborio diciendo: “Sí, ese señor repudió las ideas de su padre, pero no la sucesión”. Al poco tiempo, cuando se enteró, me mandó una carta rajante, exigiendo la devolución de los folletos, algo así como una ruptura de pareja donde, como en el tango, ella le dice: devolveme las cartas.
Al fin de cuentas, Liborio –aunque no lo quisiera– resultó funcional a su clase social y esto es lo que entristece, no sólo por él, sino por tanta literatura que circula como revolucionaria, ilusionando los ideales de tantos jóvenes para meterlos en un callejón sin salida donde no circulan los trabajadores, hasta que al fin, cuando les llega la hora de los tejidos grasos, como decía Homero Manzi, concluyen, como señalaba Nicolás Olivari, observando “con desconfianza, desde el balcón de un piso alto”, el “río de leones” de las clases populares que desborda las calles en busca de un mundo nuevo.
Quizás alguien estime inconveniente esta crítica a Liborio –para algunos compañeros, “Libodrio”– pues viniendo de la oligarquía enjuiciaba el orden injusto, pero han sido tantos los Liborios (muchos de clase media) que hoy avizoramos una Argentina con partidos sin obreros que se dicen “representantes de la clase obrera”, y  a la vez, una importante clase obrera desunida, a la que le cuesta encontrar su auténtica representación política. Lo cual es sumamente preocupante para llevar adelante los cambios que urgen.

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