¿Por qué se ocultan las ideas del verdadero Mariano Moreno? Por Norberto Galasso

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¿Por qué se ocultan las ideas del verdadero Mariano Moreno?

 Redescubrir la figura del revolucionario es clave para responder a no pocas preguntas del presente.

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 En  los países que hasta ayer fueron llamados “del Tercer Mundo” y hoy son denominados “emergentes” o “en camino del desarrollo” se polemiza habitualmente sobre varias cuestiones fundamentales: ¿Existe una burguesía  nacional? Si ella existe, ¿es capaz de desarrollar un capitalismo autónomo? Si ella no existe, ¿quien asumirá la tarea del crecimiento económico y la integración nacional? Y también otros, como: si surge un movimiento nacional, ¿debe priorizar las inversiones o el mayor consumo de los sectores sociales postergados? ¿Pero si los gobiernos conservadores le dijeron al pueblo que “se apretase el cinturón”, esa burguesía –o ese gobierno que pretende representarla– debería permitirle un mayor consumo y, por tanto, no usar el excedente económico para la inversión? ¿O por el contrario, aumentar la inversión y decirle que ahora también deberá “ajustarse el cinturón”? Y otros más: ¿Aquellos sectores privilegiados por la naturaleza –sean mineros o agropecuarios– o por el latrocinio deberían restringir sus consumos para emprender las inversiones de base? ¿O tienen derecho a usar esa riqueza para derrocharla y vivir parasitariamente? Asimismo, se discute: ¿El capital extranjero puede cubrir la falta o debilidad de esa burguesía para provocar el desarrollo? O por el contrario, ¿por cada peso que invierte se lleva tres, deformando las economías y acentuando la miseria? ¿Los dueños del petróleo o de las vacas tienen pleno derecho exclusivo a gozar de sus rentas o, en cambio, son propiedades robadas a los pueblos originarios y pertenecen a la nación?

Cabe también la pregunta: ¿estas polémicas obedecen a meras disidencias teóricas, y en ese caso resultaría absurdo que subsistieran desde 1810, o se trata de intereses económicos contrapuestos y de ahí proviene su permanencia?
La historia de Mariano Moreno –un revolucionario cuya muerte se produjo un 4 de marzo, hace 213 años– puede darnos las pistas sobre la verdad de estas cuestiones.
Moreno fue el hombre fuerte de la revolución entre mayo y diciembre de 1810 y se planteó la necesidad del crecimiento económico, de la soberanía, de la distribución de la riqueza, y dio respuestas aunque, por supuesto, con categorías diversas a las que utilizamos actualmente. Esas respuestas tienen validez todavía y por ello la Historia mitrista e inclusive el Revisionismo rosista se han preocupado por silenciarlas. Y hoy continuamos discutiendo.
Era imprescindible, en aquel entonces, crear fábricas, especialmente de armas, para luchar contra las fuerzas extranjeras: en octubre, una para fabricar fusiles, en Buenos Aires –calles Lavalle y  Libertad– a cargo de  Juan Francisco Tarragona (que alcanzó más tarde, en 1813, a ocupar a 67 operarios); otra, para fabricar pólvora, inaugurada el lº de noviembre de 1810 en Córdoba, a cargo de José  Arroyo, y otra de fusiles en Tucumán, el 5 de noviembre de 1810, a cargo de Clemente Zabaleta.
Asimismo, mandó explotar salitre en Santiago del Estero, maderas en Santa Fe y Tucumán, cal en Córdoba y yeso en Santa Fe. Y Belgrano aplaudía al secretario de la Junta (carta de Belgrano a Moreno del 13/10/1810).
No  existiendo el  empresariado capaz de tales empresas, Moreno sostenía: “Se pondrá la máquina del Estado en un orden de industrias… para desarrollar fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos, como así en agricultura y navegación.” ¿Y con qué capitales, se preguntará el lector? Él contestaba: “Hay que apropiarse de cerca de 500 o 600 millones de pesos pertenecientes a los mineros del Alto Perú. Esto descontentará a cinco o seis mil individuos pero las ventajas habrán de recaer sobre ochenta o cien mil… ¿qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el Estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aun cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos… aparecen después las ventajas públicas con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios y demás establecimientos a favor del Estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos.”
Y de dónde, uno se pregunta, resultaban estas conclusiones. Él mismo lo explica: “Es máxima aprobada que las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un Estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un Estado, sino cuando también en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de la sociedad, demostrándose como una reunión de aguas estancadas que no ofrecen otras producciones sino para el terreno que ocupan pero que si corriendo rápidamente su curso bañasen todas las partes de una a otra, no habría un solo individuo que no las disfrutase, sacando la utilidad que le proporcionase la subsistencia política, sin menoscabo y perjuicio.”
Y agrega: “Las medidas enunciadas producirán un continente laborioso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse porque son extranjeras y se venden a más oro de lo que pesan.”
Estas ideas morenistas motivan que tanto la historiografía mitrista, como el revisionismo rosista y “la historia social” de Halperín Donghi oculten el Plan de Operaciones donde Moreno las desarrolla. Explican también por qué  French lo apodaba “el sabiecito del Sur” y explican también la muerte de Moreno, en alta mar –con claros indicios de haber sido envenenado– aquel nefasto 4 de marzo de 1811.
Fuente:  Tiempo. infonews. com

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