Lenguaje de Cristo claro y fuerte. Por José María Iraburu, sacerdote.

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–Algo he oído de que se ha retrasado usted en el blog porque estaba ocupado traduciendo del latín un documento.
–Y lo malo es que ahora he tenido poco tiempo para tratar bien de un tema tan precioso. Yo aquí, en Reforma o apostasía, solo estudiaré el lenguaje de Cristo en cuanto que predica con claridad y fuerza, llamando a conversión.

Cristo habla con autoridad. Es el «Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, por quien todo fue hecho»… Es, pues, el Autor de la creación y de la nueva creación, «el Primogénito de toda criatura» (Col 1,15), «el Autor de la vida» (Hch 3,15). Él es eternamente la Palabra del Padre, y lo es también en cuanto hombre: «según me enseña el Padre, así hablo» (Jn 8,28). ¿Cómo el Autor no hablará a los hombres con autoridad absoluta y plena?

Cristo nunca opina, jamás argumenta laboriosamente para fundamentar su enseñanza. Afirma y niega, simplemente. Nunca ofrece su doctrina como «una más», sino como la Verdad y el Camino único que lleva a la vida. «Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…» (Mt 5,21-22). «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35). Algunos rabiaban de verle hablar y obrar con tal autoridad (Jn 2,18). Pero en cambio la muchedumbre «se maravillaba de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,22).

Por otra parte, Jesús autoriza sus palabras «increíbles» con sus milagros patentes. «Yo soy el pan vivo bajado del cielo», y multiplica los panes (Jn 6). «Yo soy la Luz del mundo», y da la vista a un ciego de nacimiento (9). «Yo soy la Vida», y resucita a un muerto de cuatro días (11). Por eso dice: «si hago las obras de mi Padre, ya que no me me creéis a mí [a mi palabra], creed a las obras» (10,37-38). En Cristo palabras y obras coinciden y se confirman mutuamente.

Jesús centra en sí mismo la predicación del Evangelio. Y es que propiamente Él es el «evangelio», la buena noticia, «la gran alegría» que los ángeles anuncian por primera vez (Lc 2,10). En su predicación Él se presenta como Cordero de Dios, Enviado del Padre, para quitar el pecado del mundo, Salvador nuestro único, Pastor bueno, Vid santa que vivifica los sarmientos, Camino, Verdad y Vida, luz del mundo, resurrección y causa de vida eterna, Pan vivo bajado del cielo, bebida espiritual, manantial incesante de agua viva, epifanía plena de Dios: «quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9). Su Evangelio es simple: «ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (17,3).

El lenguaje de Cristo es suave y amoroso porque Él es la epifanía suprema del amor que Dios tiene a los hombres (Tit 3,4). Por eso en su predicación hallamos palabras de infinita dulzura: «hijitos míos» (Jn 13,33), ya no os digo siervos, sino amigos (15,15), sois para mí «como mi madre y mis hermanos» (Lc 8,21; cf. Mt 12,50), «voy a prepararos un lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros» (Jn 14,2-3). Jesús considera a sus discípulos como los hombres que Dios le ha dado: «lo que mi Padre me dió es mejor que todo» (10,29). Y tanto se identifica con ellos que quien les recibe o les rechaza a ellos, le reciben o rechazan a Él mismo (Mt 10,40). Él vive por el Padre, y nosotros vivimos por Él (Jn 5,26; 6,57).

Hago notar, sin embargo, que en el lenguaje de Cristo no son frecuentes las declaraciones verbales de su amor. En el lenguaje de San Pablo, p.ej., estas efusiones afectivas son mucho más frecuentes. Cristo expresa su amor sobre todo por los hechos: Él es el Buen Pastor que «entrega su vida» por quienes ama (Jn 10), y no hay amor posible mayor que éste (Jn 15,14).

La benignidad de Cristo en sus palabras y sus obras se manifiesta especialmente

hacia los pobres, los enfermos, los pequeños, los niños (Lc 10,31; 18,15-17).

hacia los pecadores débiles, aquellos que por debilidad han caído y permanecen en graves pecados de fornicación, de avidez de riquezas, etc. La bondad de Cristo es inmensa, indecible, por ejemplo, con la samaritana (Jn 4), con la mujer adúltera (Jn 8,3-11), con el rico Zaqueo (Lc 19,1-10). La delicadeza con que trata a estos pecadores escandalosos es verdaderamente deslumbrante, es algo nuevo –revelación de la Bondad divina–, que desconcierta y causa escándalo entre los hombres: «¿cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores» (Mt 9,11-12).

en otros actos y enseñanzas. Cristo es el buen Pastor, que conoce por su nombre a cada una de sus ovejas y da la vida por ellas (Jn 10), que busca y trae alegre sobre sus hombros la oveja perdida (Lc 15,5). Él revela en sí mismo la bondad de Dios en la parábola del hijo pródigo y en tantas otras. Él manda no quebrar la caña cascada, ni apagar la mecha vacilante (Mt 12,20). Demora talar una higuera infructuosa (Lc 13,8), frena la ira de Santiago y Juan, que quisieran ver arrasada la aldea samaritana que no los recibe (Lc 9,51-56), etc.

Cristo habla a los hombres con absoluta claridad. Les dice que todos son pecadores, pecadores de nacimiento, y que de ningún modo pueden salvarse por sí mismos (Jn 15, 5). Que precisamente Él ha sido enviado por el Padre «para buscar a los pecadores» (Mc 2,17), para ofrecerles una conversión por gracia divina, por una gracia gratuita que ellos han de recibir. Pero les avisa claramente que si rechazan ese don celestial precioso, se condenarán todos sin remedio.

«Vosotros sois malos» (Lc 11,12). Vosotros sois «una generación mala y adúltera», que exige milagros para creer (Mt 16,4). «Vosotros queréis matarme, a mí, que os ha hablado la verdad que oyó de Dios… Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre, que es homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad… A mí no me creéis porque os digo la verdad» (Jn 8,40-45). Yo he venido a buscar los pecadores, y para ofreceros la gracia de la salvación. Os aviso, pues, que camináis hacia una perdición eterna, ya que «ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí» (Mt 7,13). Y os advierto que «si no hiciereis penitencia, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3.5).

Lenguaje sencillo. Cristo habla igualmente a letrados o ignorantes, aunque éstos normalmente le entienden mejor, de lo cual él se complace (Lc 10,21-24). A todos habla con absoluta claridad: podréis seguirme y ser mis discípulos si creéis en mí, si renunciáis a vosotros mismos, a vuestros pensamientos y voluntades, si tomáis la cruz, si dais por perdida vuestra vida, si coméis mi carne y bebéis mi sangre, si permanecéis en mi amor cumpliendo mis mandatos, si me recibís como verdad, camino único y vida. Pero sabed que, de otro modo, todos os perderéis temporal y eternamente sin remedio.

Lenguaje fascinante. «Jamás hombre alguno habló como éste» (Jn 7,46). «Todos le aprobaban, y se asombraban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4,22). «La muchedumbre, al verle, quedó maravillada, y en seguida corrió a saludarle» (Mc 9,15). Acude a él un gentío enorme, procedentes de todas partes (3,7-10; 6,34-44; Lc 12,1). Y la muchedumbre, escuchando su palabra, se olvida hasta de comer, sin darse cuenta de que se echa la noche encima. Es Él quien lo advierte (Mt 14,14-16).

La dialéctica de Jesús es muy fuerte, irresistible, tanto que sus mismos contradictores le temían, porque les hacía caer en las mismas trampas que ellos le ponían, de manera que «ya no se atrevían a proponerle ninguna cuestión» (Lc 20,40). Y por otra parte, así como los antiguos profetas se reían de los ídolos para ridiculizarlos y desprestigiarlos –«tienen ojos y no ven, pies y no andan»–, Cristo usaba con cierta frecuencia el arma potentísima de la ironía, ridiculizando públicamente a los soberbios, especialmente a los letrados y fariseos: «coláis un mosquito y os tragáis un camello» (Mt 23,24). ¡Lo hacía en público! para desprestigiarlos ante el pueblo, que los veneraba.

El lenguaje de Cristo es muy duro con los soberbios, con los letrados, sacerdotes y ricos, precisamente con los tres grupos sociales que componían el Sanedrín, el Tribunal supremo que tenía poder para juzgarle y que un día había de condenarle a muerte. Al hablarles Cristo a los tres como les hablaba, ya se entiende que Él sabía desde el principio que le iban a matar de todos modos, y daba su vida por perdida. El capítulo 23 de San Mateo (Mc 12,38-40; Lc 20,41-44), resulta verdaderamente sorprendente por su extrema dureza verbal. Algunos teólogos heréticos de hoy, que reclaman ser tratados por sus críticos con «lenguaje evangélico», no saben lo que dicen. Cristo, con algunas variaciones –pues los errores actuales son muy distintos–, vendría a decirles hoy lo que sigue ¡y lo haría en público!:

Los letrados, escribas y fariseos, ay de ellos, son hipócritas, guías ciegos, insensatos, que dan el diezmo de la menta y olvidan lo más grave de la Ley, son sepulcros blanqueados, limpios por fuera, podridos por dentro, se tienen a sí mismos por justos y desean ser tenidos por tales, pero están llenos de hipocresía e iniquidad, son asesinos de todos los profetas, serpientes, raza de víboras, presumen con sus togas e innumerables filacterias, aman siempre los primeros puestos, devoran los bienes de las viudas, son simuladores de largas oraciones, falsificadores de la religiosidad revelada por Dios, y la sustituyen por preceptos humanos, son hijos del diablo, impugnadores de la verdad y difusores de la mentira, y están decididos a matar al Mesías (son anti-cristos). Ni entran en el Reino, ni dejan que el pueblo entre.

Los sacerdotes, dice Cristo en público, ofrecen al Señor un culto vacío, puramente externo, y profanan el Templo, la Casa de Dios, «convirtiéndola en cueva de ladrones» (Mt 21,13).

A los ricos les amenaza Cristo con una condenación eterna, si no se convierten, si continúan ignorando a los pobres. ¡Ay de los ricos! (Lc 6,24-26): su salvación es tan difícil como que un camello pase por el ojo de una aguja (Mt 19,23-24). La semilla de la verdad, sembrada entre espinas, es ahogada por la seducción de las riquezas (13,23). Y en la parábola del pobre Lázaro dice Jesús que los ricos, si no hacen caso ni de Moisés ni de los profetas, tampoco recibirán la verdad aunque resucite un muerto (Lc 16,27-31). Más aún: Jesús no habla cautelosamente ni siquiera del Rey: «id a decirle a ese zorro» (Lc 13,33)…

Pero también el lenguaje de Jesús es muy fuerte con el pueblo y con sus discípulos. Como tenía horror a que alguno se perdiese, fuera rico y letrado, o pobre y pequeño, a todos los sacudía en su predicación con un electroshock fortísimo. Una mitad de sus parábolas son suaves, pero la otra mitad son tremendas, y terminan con ciudades incendiadas, enemigos degollados, hundimiento definitivo en un fuego que no se apaga, y en unas tinieblas donde no hay sino tormento y rechinar de dientes. A las ciudades que, habiendo sido testigos de sus milagros, no creen en él ni hacen penitencia les anuncia que tendrán un final más terrible que el de Sodoma y Gomorra (Mt 10,15; 11,20-24). Y llega a decir: «¡generación incrédula y perversa, ¿hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿hasta cuándo habré de soportaros?» (Mt 17,17)

Con sus mismos discípulos y seguidores emplea a veces en lenguaje muy fuerte. Y llama la atención que no les reprocha tanto su poca caridad, como su poca fe: «¿qué andáis cavilando, hombres de poca fe? ¿Aún no entendéis y caéis en la cuenta? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?» (Mc 8,16-21). «¡Hombres duros de entendimiento y torpes de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas!» (Lc 24,25). Y al propio Simón Pedro le dice: «apártate de mí, Satanás, tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

El lenguaje de Cristo es nuestro modelo. «Yo os he dado el ejemplo para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). Ciertamente, Él habla siempre por amor, nunca por odio, y busca solo la salvación de los hombres. Y si a nuestro Señor Jesucristo hemos de imitarle en todo, en su amor y su obediencia al Padre, en su oración, en su entrega de amor a los hermanos,también hemos de imitarle en su lenguaje, tanto en su contenido como en su tono –«c’est le ton qui fait la chanson»–, haciendo así audible en todos los siglos y naciones su propia voz. «La fe es por la predicación, y la predicación es por la palabra de Cristo» (Rm 10,17).

Cuando uno considera la predicación hoy predominante en tantas Iglesias locales y la compara con la predicación de Cristo, no puede menos de sentir vergüenza y una muy grande alarma. Reforma o apostasía.

José María Iraburu, sacerdote

Fuente:  http://infocatolica.com

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