¿Por voluntad de Dios?. El libro de David Yallop

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El 26 de agosto de 1978, tras la muerte de Pablo VI, el Concilio Vaticano elige para que ocupe el trono del sumo pontífice a Albino Luciani, el austero patriarca de Venecia. Luciani pronuncia el tradicional “Accepto” y decide el nombre con que reinará: Juan Pablo I. Pocos suponen que ese italiano de 65 años, imagen misma de la humildad, iniciará su papado con voluntad de renovación. Pero los mejores informados saben que Juan Pablo I ha resuelto emprender una verdadera revolución, practicando lo que ha predicado siempre: la honradez absoluta, la convicción de que la Iglesia Católica es por sobre todo la Iglesia de los pobres. Pero su misión durará apenas 33 días. El 28 de septiembre de 1978, tras una cena frugal, Albino Luciani se retira a sus departamentos. En algún momento de la noche o a la madrugada del día siguiente, Luciani muere. Causa de la muerte: desconocida. El investigador inglés David A. Yallop ha indagado en el misterio que rodea esa muerte, vinculándola con la campaña contra la corrupción lanzada por el papa de los 33 días. Yallop señala a 6 hombres que en 1978 podían beneficiarse con la desaparición de Luciani. 3 de ellos han muerto: el cardenal Jean Villot, alarmado ante la apertura propuesta por Juan Pablo I respecto de la cuestión del control de la natalidad; Roberto Calvi, protagonista del escándalo en trono del Banco Ambrosiano [1], y el cardenal John Cody, amenazado con ser destituído de la arquidiócesis de Chicago por sus turbios manejos financieros. Los 3 que aún viven son el obispo Paul Marcinkus, inquieto ante la investigación iniciada acerca de la administración del Banco Vaticano; el banquero siciliano Michele Sindona, que en 1978 esperaba su extradición desde Nueva York a causa de un desfalco de 225 millones de dólares, y Lucio Gelli, llamado “Il Burattinaio” (El Titiritero) por la astucia con que manejaba a sus secuaces en la “P2”, la logia masónica ilegal infiltrada en el Vaticano. David A. Yallop indaga, denuncia; causa de la muerte: ASESINATO. Este libro saca a la luz hechos hasta ahora mantenidos en silencio, que revelan intrincados mecanismos en los centros del poder y la corrupción.

 

 

Se transcribe a continuación el PREFACIO del libro:

Este libro, que es el producto de casi tres años de intensas investigaciones. no hubiera sido posible de no haber contado con la activa colaboración de mucha gente y de numerosas organizaciones. La mayoría de las personas que me han ayudado lo han hecho bajo la estricta consideracn de que conservarían el anonimato. Al igual que en otros libros anteriores escritos en similares circunstancias he respetado también en éste la voluntad de estas personas. Creo incluso que en esta ocasión su derecho a proteger su identidad es mucho mánecesario que en cualquier otra investigación previa que yo haya realizado. Como muy pronto se dará cuenta el lector el asesinato es un frecuentecompañero de los hechos que aquí se registran. Un gran número de asesinatos siguen sin resolverse de manera oficial . Nadie debería dudar de que los individuos que han causado estas muertes volverían a matar si lo necesitaran, ya que gozan de casi una total impunidad para hacerlo. Revelar los nombres de los hombres y mujeres que me han ayudado en mi investigación aportando testimonios de crucial importancia constituiría por mi parte un acto de irresponsabilidad criminal: todos ellos corren todavía un grave peligro de muerte. Es a ellos a quienes debo mis mayores agradecimientos. Los motivos que los llevaron a divulgar una gran cantidad de información eran muchos y muy distintos, pero una y otra vez se me repetía lo mismo: «La verdad debe ser conocida. Si usted está capacitado para divulgarla, entonces hágalo». A todos ellos les estoy profundamente agradecido, al igual que a las personas siguientes, a quienes con el mayor de los respetos clasifico como la punta visible del iceberg.

Profesor Amedeo Alexandre, profesor Leonardo Ancona, William Aronwald, Josephine Ayres, doctor Alan Bailey, doctor Shamus Banimdoctor Derek Barrowcliff,  Pia Basso padre Aldo Belli, cardenal Giovanni Benelli, Marco Borsa,Vittore Branca, David Buckley, padre Roberto Busa, doctor Renato Buzzonetti, Roberto Calvi, Emilio Cavaterra, cardenal Mario Ciappi, hernano Clemente, Joseph Coffey, Annaloa Copps, Rupert Cornwall, monseñor Ausilio Da Rif,Maurizio De LucaDanielli Doglio, monseñor Mafeo Ducoli, padre François Evain, cardenal Pericle Felici, padre Mario Ferrarese, profesor Luigi Fontana, Mario di Francesco doctor Carlo Frizziero, profesor Piero Fucci, padre GiovannniGennari, monseñor Mario Ghizzo, padre Carlo Gonzalez, padre Andrew Greeley, Diane Hall, doctor John Henry, padre Thomas Hunt, William Jackson, John J. Kenney, Peter Lemos, doctor David Levison, padre Diego Lorenzi, EdoardoLuciani, William Lynch, Ann McDiarmid, padre John Magee, Sandro Magister, Alexander Manson, profesor Vincenzo Masini, padre Francis Murphy, Anna Nogara, monseñor Giulio Njcolini, padre Gerry O’Collins, padre Romeo Panciroli,padre Gianni Pastro, Lena Petri, Nina Petri, profesor Pier Luigi Pratiprofesor Giovanni Rama, Roberto Rosone, profesor Fausto Rovelli, profesor Vincenzo Rulli, Ann Ellen Rutherford, monseñor Tiziano Scalzotto, monseñor Mario Senigaglja, Arnaldo SignoracciErnestoi Signoracci, padre Bartolomeo Sorges, Lorana Sullivan, padre Francesco Taffarel,hermana Vincenza, profesor Thomas Whitehead, Phillip Willan. Estoy igualmente agradecido a las organizaciones:Augustinian ResidenceRomaBanco San Marco, Bank of England, Bank of International Settlements, Basle, Bank ofItalyCatholic Central Library, Catholic Truth Society, City of London Police, Department of Trade, Statistics and Market Intelligence Library, English College, Roma, Federal Bureau of lnvestigation, Gregorian UniversityRoma, NewCross Hospital Poisons Unit, Opus Dei, Pharmaceutical Society of Great Britain, Tribunal of the Ward of Luxembourg,U.SDepartment of State, U.S. District Court Southern, District of New YorkOficina de Prensa del Vaticano y Radio Vaticano.

Entre aquellos cuya identidad no puedo divulgar se encuentran quienes residen en la Ciudad del Vaticano: se trata de gente que se puso en contacto conmigo y que me ayudó a emprender esta investigación sobre los hechos que envuelven la muerte de Albino Luciani, conocido también como Juan Pablo I. El hecho de que haya hombres y mujeresque viven en el corazón de la lglesia católica romana y que no puedan ni hablar abiertamente ni identificarse sin riesgo de su vida constituye un elocuente testimonio del estado en que se encuentran las cosas dentro del Vaticano.

No cabe duda de que este libro será atacado por unos y desdeñado por otros. Algunos pensarán que se trata de un ataque contra la fe católica en particular y contra el cristianismo en general. No es ni una cosa ni otra. Hasta cierto punto representa una acusación contra determinadas personas cuyo nombre específico se menciona en estas páginas:son hombres que nacieron bajo la fe católica pero que nunca se convirtieron en verdaderos cristianos.

Como tal, este libro ni ataca la fe ni se ensaña contra una lglesia que aglutina millones de fieles. Lo que estos millones de fieles consideran sagrado es demasiado importante para dejarlo en las manos de unoshombres que han conspirado para degenerar el mensaje de Cristo y transformarlo en un turbio asunto denegocios sucios. Se trata de una conspiración que ha producido sucesos escalofriantes.

Como ya he indicado, me he tenido que enfrentar con unas dificultades insuperables al verme obligado a dar el nombre especifico de las fuentes de las que he recibido la información. A lo largo del texto, he procurado conservar en el más estricto secreto quién fue el que me dijo tal cosa o de dónde extraje determinados documentos. Una cosa, sinembargo, puedo asegurarle al lector que toda la información, todos los detalles, todos los hechos, han sido revisados una y otra vez para confirmar su exactitud, no importa la fuente de la que provinieran. Por lo tanto, es mía la responsabilidad sobre cualquier error de apreciación o detalle.

Tengo la certeza de que, como transcribo conversaciones que tuvieron lugar entre hombres que ya habían muerto antes de que empezara mi investigación, me arriesgo a provocar suspicacias. ¿Cómo, por ejemplo, puedo yo saber lo que pasó entre el papa Juan Pablo I y el cardenal Villot el día en que discutieron el tema del control de la natalidad? La respuesta es muy sencilla: dentro del Vaticano no existen audiencias privadas que se mantengan verdadera y totalmente en privado; los dos hombres que he mencionado hablaron con otros después y les refirieron la conversaciónque habían mantenido. Es de esta fuente de segunda mano, cuyas opiniones personales a menudo diferíanradicalmente, de donde he sacado el material que me ha permitido reconstruir la discusión sobre natalidad entre el papa y su secretario de Estado. De los diálogos que aparecen en este libro ninguno es imaginario, comotampoco lo son los hechos registrados.

David A. Yallop

Marzo de 1984

 

 

La historia se repite

En la historia de la Iglesia Católica ya ha sucedido un hecho similar. Tal vez el tiempo que ha transcurrido haya servido como factor contra producente para relacionar las circunstancias que rodearon ambos trágicos finales, pero es sorprendente constatar como un Papa que, en el pasado también pretendió realizar profundas transformaciones dentro de la Institución Romana, sufrió (valga el término) el mismo destino que Juan Pablo I. Y me estoy refiriendo al Papa Adriano VI (Adrián Florensz de Utrecht) quién ocupara el trono pontificio durante un año, entre 1522 y 1523.

A continuación transcribo esta porción de la historia de la Iglesia Católica Romana según está relatada por José Apeles Santolaria de Puey y Cruells (padre Apeles), sacerdote – abogado y periodista, en su libro “Historia de los Papas” (Plaza Janés, Barcelona, 1999), páginas 80 a 83.

“¿Quién era el nuevo Papa? Holandés de nacimiento -había nacido en Utrecht- y de humilde familia, había sobresalido en los estudios en la Universidad de Lovaina, donde tuvo cátedra. De ella le sacó el emperador Maximiliano para convertirlo en preceptor de su nieto Carlos. Siendo éste ya rey de España, al marchar a Alemania para obtener la corona imperial, nombró a Adriano de Utrecht regente del reino. Obispo de Tortosa y Gran Inquisidor, León X lo creó cardenal por deferencia a Carlos V.

Pero si los cardenales pensaban que eran muy graciosos permitiéndose jugar con la sucesión papal, Adriano VI -que así se llamó el neoelecto, no estimándose obligado a seguir la tradición del cambio de nombre- se tomó muy en serio su supremo cargo. Pronto desaparecieron las sonrisas de los rostros de los curiales romanos, acostumbrados a los refinamientos renacentistas, cuando comprobaron que el extranjero que venía a ocupar el trono del desenfadado León X era su polo opuesto. Puede uno imaginarse el estupor que se difundió en la Urbe cuando se supo que Adriano había juzgado severamente las estatuas clásicas que adornaban los palacios y jardines romanos, calificándolas de «idola antiquorum» (ídolos de los antiguos), y que llegaba con firmes designios de reforma. Poco duraría el susto.

Mi amigo Juan Adriaensens, siempre bien informado, me recuerda que Adriano VI fue mal recibido por los romanos -a quienes no les agradaba la idea de un papa extranjero- cuando llegó a la Ciudad Eterna. Pasquino se cebó cruelmente con él y hasta los clérigos de la mundana Curia Romana empezaron a odiarle por intentar llevar adelante una estricta reforma in capite et in membris. No duró mucho. El 14 de septiembre de 1523, a poco más de un año de su instalación en el Vaticano, murió de enfermedad repentina, que hizo sospechar un envenenamiento. Toda Roma celebró la desaparición de tan molesto Pontífice y algún gracioso fijó en la puerta de la casa del médico papal Giovanni Antracino una guirnalda de flores con una dedicatoria que rezaba «Liberatori patriae. S.P.Q.R.» (El Senado y el pueblo romano al libertador de la patria). Y es que los pobres médicos siempre han cargado con la fama de matasanos.”

“Historia de los Papas” – Padre Apeles, pág. 80 a 83.

En muchas oportunidades han criticado mi salida de la Iglesia Católica, aduciendo que si bien pueden existir verdaderos motivos para considerar cambios dentro de ella, era mejor no irse de la Iglesia, sino quedarse en ella y “luchar desde adentro“. Pues, tanto Adriano de Utrecht como Albino Luciano consideraron lo mismo, teniendo la oportunidad de llevarlo a la práctica desde la inmejorable posición de Sumos Pontífices. ¿Que consiguieron? .. muertes repentinas, sospechosas y jamás investigadas.

Si ellos, desde su privilegiada e inmejorable posición, fueron “descartados” por la Curia Romana, ¿qué queda para un humilde fiel que, inocentemente, pretendiera modificar aspectos que considera perniciosos para la vida de su “Santa Madre” Iglesia?

Esto va también para vos, amado/a católico/a, que dedicas tus mejores esfuerzos suponiendo que podrás cambiar algo dentro de la Iglesia de Roma.

Estimo de gran valor para entender como funciona el juego de poderes dentro de los muros Vaticanos, leer el libro “A la sombra de un Papa enfermo“. Allí se puede entender cómo el Sumo Pontífice Romano está muy lejos de ser la máxima autoridad dentro de la Iglesia, como la mayoría supone. Tal vez sea la mayor autoridad ESPIRITUAL, pero no es eso lo que justamente cuentan intra muros.

FUENTE: http://www.conocereislaverdad.org

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