Vida y obra de Homero Virgilio Medina. Quinta parte

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En el capítulo anterior de la biografía de Homero Virgilio Medina habíamos llegado hasta el momento en que, merced a un descomunal esfuerzo personal y familiar, se recibió de farmacéutico en el año 1.956. Tenía Homero por entonces unos 39 años de edad y comenzaba a transitar sus años de plenitud, tanto en su vida de militante político como en el aspecto meramente profesional. Es inevitable que comience esta parte contextualizando los hechos en el marco de la realidad política nacional. El 16 de septiembre de 1.955, con el derrocamiento de Perón, se produciría uno de los hechos políticos más desafortunados de nuestra historia. En los años postreros de su vida Homero supo confesarme que ese fue uno de los más grandes errores de los socialistas: el apoyar ese Golpe. Incluso en lo personal,especialmente en sus últimos años, cuando juntos leíamos, entre otros, a Jorge Abelardo Ramos y a Norberto Galasso, Homero cargaba con la cruz de haber apoyado el nefasto Golpe de Estado de la “Revolución Libertadora”. Con ese hecho destituyente tenía comienzo lo que para algunos intelectuales fue la cuarta invasión inglesa. Quizás alguien se sorprenda por esta afirmación. Por ejemplo más de uno podría preguntarse ¿cuál había sido la tercera? En rigor, bien no lo sabemos, pero hay tres posibilidades bien concretas. O bien tomamos como la tercera invasión al bloqueo anglofrancés de 1.845, rechazado por la heroica participación de los gauchos de Lucio Norberto Mansilla en “La Vuelta de Obligado” (1.845) y en “El Quebracho” (1.846), o bien el año de la llegada de Mitre al poder de la mano del capital británico, o bien el espurio Pacto Roca-Runciman del año 1.933. Otra cosa que a más de uno podría soprender es que sigamos hablando de la influencia británica aún diez años más tarde de que hubiera finalizado la Segunda Guerra Mundial cuando el liderazgo ejercido por EEUU en occidente era indiscutido desde hacía ya bastante tiempo. Pero hay datos objetivos que avalan la tesis de que el apoyo británico al Golpe de Estado de 1.955 no fue solo político sino también económico. De ahí que lo de la “cuarta invasión” tenga mucho sustento aunque por lo que ya hemos dicho no sería la cuarta sino la sexta. O la  séptima si tenemos en cuenta que nos hemos olvidado del empréstito de la Baring Brothers en tiempos de Rivadavia. Sin embargo la autodenominada “Revolución Libertadora” a la que muchos llaman “Revolución Fusiladora” dio el paso clave para que en la década siguiente comenzase a asumirse el cambio geopolítico que había establecido la existencia de un nuevo sol en el sistema planetario de occidente al que ya nos hemos referido: los Estados Unidos de Norteamérica. Ese paso fue el ingreso de la Argentina al F.M.I. en 1.956. Había que desperonizar al país, que nunca debería haber dejado de ser un país agrario. Sin embargo, en tiempos del peronismo, habíamos cometido la osada pretensión de ser más libres por la vía de la industrialización. El “Partido militar” fue ganado día a día por los sectores liberales, no sólo de las F.F.A.A., sino fundamentalmente por el liberalismo del estáblishment. Las reacciones populares no se harían esperar: primerto fue la “Resistencia Peronista”, que fue la resistencia de la clase trabajadora contra las políticas de ajuste, y desde la dictadura de Onganía fueron los sectores medios los que lideraron una nueva etapa de resistencia desde las universidades acompañando a la clase obrera que paralizaba las fábricas. Primero fue “El Cordobazo”, luego el “Luche y vuelve” y más tarde el regreso de Perón. Pero se había llegado demasiado lejos y con métodos demasiado radicalizados como para ser aceptados por el Poder. Había que terminar con tantas osadías juntas. El modelo industrial, el alto grado de participación de la clase trabajadora en el reparto de las ganancias, la revolución política y cultural impulsada por los jóvenes. Había que terminar con todo eso. Pero ¿como hacerlo frente a una sociedad tan demandante y tan movilizada? Para los sectores del privilegio cuyo instrumento era el ya mencionado “Partido militar” era muy simple: había que disciplinar a la sociedad toda con una terrible represión. Así fue como sucedió el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1.976, que inauguró la etapa más negra de la historia argentina, que por fin culminaría con el regreso de la democracia, el 10 de diciembre de 1.983. Así fueron de complejos esos casi  treinta años de la vida política argentina en la que Homero iría dejando en el pasado sus años jóvenes para ir atravesando por la etapa de la madurez. En el marco de una realidad tan convulsionada gran parte de la ciudadanía tuvo enormes dificultades para comprender la situación política del país y los sectores medios no estuvieron excentos de esa dificultad. Bajo la engañosa influencia de un sistema infocomunicacional que disfrazaba de causa democrática lo que en rigor era la egoísta defensa de los intereses económicos de las minorías privilegiadas, la clase media siempre equivocó el diagnóstico viendo al enemigo en su potencial aliado y creyendo en la palabra de los zorros que se ofrecían como los guardianes de nuestro gallinero. Uno de esos zorros de la política fue Américo Ghioldi en quien mi abuelo creyó ver al fiel continuador de la figura de Alfredo Palacios, cuando en verdad fue el que exacerbó hasta límites insospechados los peores defectos de don Alfredo. No es un hecho casual que la juventud de los setenta lo llamara “Norteamérico Ghioldi”. Lo concreto es que mi abuelo, desde el aislamiento que suponía por entonces vivir en un pueblo como el de Lobos no pudo enterarse de la existencia de esos jóvenes del socialismo que rompían con el partido por la falta de consecuencia de Ghioldi. Así sucedió entonces con el joven Alfredo Bravo que en 1.957 se apartó  del Partido Socialista presidido por Ghioldi por su oposición a que sus compañeros integraran la Junta Consultiva, creada por los militares que derrocaron a Perón en 1.955. Muchos años más tarde en las conversaciones que solíamos tener con mi abuelo se lamentaba de no haber conocido antes el pensamiento y las propuestas de Alfredo Bravo y de haber sido un entusiasta partidario de Ghioldi. De todas formas y más allá de estos desaciertos que el propio Homero calificaría como graves errores, su destacada labor profesional (ver artículo: “El último galénico de mi pueblo”) en la Farmacia que abrió en 1.958 con el apoyo económico de Pier Gino Capponi, y su carismática figura para aglutinar jóvenes que lo veían como un maestro, lo posicionaron de tal manera que sería dos veces candidato a intendente por el Partido Socialista: una en 1.962 y la otra en 1.963. Más allá de los problemas internos  de su partido, su destacada figura comenzaba a tallar fuerte en Lobos. Por una parte aparecía como la figura más destacada del socialismo local y por la otra era tomado como el espejo a seguir por los jóvenes con inquietudes políticas. Con respecto a esto último puedo recordar que según comentaba Omar Alcides Blasco, Homero, no sólo despertaba entusiasmo a favor de la participación de los jóvenes en la política local sino que “hacía docencia” todas las veces que se dirigía a ellos. Por su parte Eduardo Pachamé reconocía que sus dos grandes maestros de vida en el plano local eran Homero Medina y Guillermo Ara, mientras que Alberto Pincirolli lo recuerda junto a Herberto Pigazzi como uno de sus númenes inspiradores para decidirse a estudiar una carrera universitaria (ver artículo: “Emotivos recuerdos”). Lo interesante es que Pincirolli no plantea eso desde lo individual sino como parte de un colectivo de jóvenes que seguía las enseñanzas y los consejos de Homero Virgilio Medina. Si tres personas tan destacadas en el plano local como Omar Blasco, Eduardo Pachamé y Alberto Pincirolli dijeron esas cosas creo quedar eximido de seguir buscando otras fuentes.

Creo que también es importante destacar que durante esos años no abandonó su oficio de letrista ya que esa actividad era otra de sus pasiones. Por eso era tan habitual, en aquella época, ver en diferentes lugares de la ciudad de Lobos sus esmerados carteles a través de los cuales también canalizaba sus búsquedas estéticas a tal punto que muchos de ellos alcanzaban cierto grado de lucimiento artístico. Luego, abajo a la derecha, por si había algún desprevenido, aparecía la pequeña inscripción que siempre fue su marca de letrista: “Medina de Lobos”.

Autor:  Homero Francisco Medina

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