Las increíbles historias del cacique Pincén, “el puma” de las planicies pampeana y patagónica.

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EL CACIQUE RANQUEL PINCEN 
Pincén se crió en la tribu ranquel (gente de la totoras) del cacique Yanquetruz, quien a su muerte es sucedido por el cacique Coliqueo. De ambos Pincén fue capitanejo. Luego será cacique menor de Juan Calfucurá pero se distanciará del gran jefe araucano afirmando: “Soy indio argentino y Calfucurá es boroga de Chile, usurpador de nuestras tierras”. Cuando se convierte en el temido cacique de todos los ranqueles luchó bravamente contra el blanco usurpador de sus tierras. Para ello combatió junto a distintas tribus patagónicas, pero siempre guardando su independencia.

Sobre el nombre del cacique Pincén se han planteado varias conjeturas, El más correcto, el originario asignado por caciques y ancianos de su tribu, es Tapiseñ o Piseñ (las cosas que dice). El más común y utilizado fue siempre Pincén, aunque él mismo firma en algunas oportunidades como “Vicente Catriano Pinseñ”. Más al ser bautizado, en 1879, en su cautiverio de Martín García, adopta el de “José Pincén”. El “José” lo toma del padre lazarista José Birot que ayudaba a los indios en sus desgracias en esa isla, donde los diezmó una feroz epidemia de viruela.

Instalados ya los borogas en Carhué, la tribu ranquel del cacique Rinque, donde estaba Pincén, emigra a otras tierras de ranqueles en Chadileuvú. Con una hija adoptiva de este jefe, Añatú Rinque (venida a la toldería con su madre, una cautiva sanjuanina), se casa el entonces capitanejo Pincén cuando tenía alrededor de 25 años y ella 14. Esta mujer blanca no se separará nunca de su esposo, ni aún cuando le ofrecieran llevarla al seno de los suyos, de donde provenía. Pincén se casa cristianamente con ella durante su prisión en Martín García. Añatú Rinque de Pincén vivió, según sus descendientes, unos 117años.

Pincén nació en Carhué hacia 1807, de madre cristiana (una cautiva cordobesa o quizás de San Juan o San Luís). Era blanco y alto, bastante más alto que sus hermanos ranqueles y aún más que los araucanos.

A la muerte de su suegro el ranquel Rinque, Pincén es elegido cacique de su tribu. Supo tener caserío en Malal (corral), entre Santa Rosa de Toay y Trenque Lauquen, donde vivía con sus 15 mujeres, diez de las cuales eran cautivas blancas.

Aguerrido desde muy joven, participó del hostigamiento que el cacique Runquel le hizo a las fuerzas expedicionarias del General Juan Manuel de Rosas en 1833.

Pincén combatió al huinca (cristiano) durante casi toda su vida, hasta pasados los 70 años, siempre con lanzas, cuando sus adversarios ya disponían de los fusiles Remington, grandes cañones y ametralladoras, a más del apoyo del ferrocarril y el telégrafo..

Se las arreglaba Pincén, con astucia, inteligencia y rápidos desplazamientos para cruzar cuando quería la famosa “Zanja de Alsina”, hecha construir por el gobernador del mismo nombre. Era un espectacular foso de 3 metros de ancho por 3 de profundidad y 400 (¡cuatrocientos!) kilómetros de largo, sembrado de fortines.

El cacique organizó una fuerza que podemos llamar de elite, pues sobre la base de 300 lanzas fieles y muy adiestradas, se convirtió en el terror del Oeste pampeano. Su idea era formar con todos los indios un gran ejército para defender sus tierras enfrentando a muerte a “Don Gobierno”.

Sus principales capitanejos también adquirieron renombre, como su sobrino Pichi Pincén (Pincén Chico), con fama de ser el mejor baquiano de la época, y Nahuel Payún (barbas de tigre).

Al coronel Conrado “Toro” Villegas, que le seguía los pasos, lo combatió por años, y llegaron a respetarse mutuamente.

En una oportunidad es sorprendido por una fuerza militar cuando llevaba un arreo maloneado cerca de la Zanja de Alsina y debe retirarse con sus hombres dispersos. Perseguido por un oficial que lo hiere de bala, cae del caballo. Queda inmóvil hasta que llega su adversario, quien le pregunta: “¿Estás muerto Pincén?”. “¡No –le grita el indio- sólo encogido!”, al tiempo que salta sobre su enemigo, lo desarma y le quita el caballo.

En 1877 Pincén da un golpe que llamaríamos “sicológico” para humillar al coronel Villegas. Le roba gran parte de sus famosos “caballos blancos”, que eran su orgullo. Sorprendió a los guardias, al lado mismo del comando.

Villegas trata de perseguirlo y lucha con sus hombres con la retaguardia india. Agotados sus caballos debe apearse y aceptar la lucha cuerpo a cuerpo. Está herido y tendido en el suelo, por haber recibido varios lanzazos. A punto de ser ultimado, llega Pincén al lugar y ordena: “¡No matar al huinca!”. Le perdona la vida pero “le quita el sable, la lanza, las espuelas y las jinetas”. Villegas volvió solo y herido al fuerte, con un mensaje de Pincén: “Decile a tus jefes que el Remington no sirve con nosotros”. Esto no figura en los partes oficiales, lo narra el citado Juan José Estevez, dando sus fuentes testimoniales.

En una oportunidad, llevaba Pincén 4.000 potros robados en estancias, cuando las tropas militares le preparan una emboscada a la salida de un cañadón. Las fuerzas del gobierno estaban esperándolo pie en tierra y con los fusiles listos para aniquilar la indiada que precedía al ganado. Pincén, advertido por sus “bomberos” (vigías adelantados), decide lanzar los caballos delante a la carrera, que atropellan, matan o hieren a los soldados, a quienes ataca con lanzas.

Los combates de Foro Malal (corral de los huesos) y los enfrentamientos de la Tapera de Díaz, lo tienen como protagonista que siempre sabe golpear y escapar.

La caída de Pincén

El 11 de noviembre, inexplicablemente, por descuido de sus “bomberos” (vigías), Pincén es sorprendido en las cercanías de los toldos de Malal por una partida mientras cuidaba animales. Estaba desarmado, solo con su pequeño hijo Nicasio, a quien llevaba en ancas. La única resistencia, aunque imposible de lograr, hubiera sido huir, pero con el hijo a sus espaldas, teme que lo maten con los fusiles a pocos metros y listos para hacer fuego.

El subteniente Rhode lo captura y lleva la preciosa presa al coronel Conrado Villegas a su cuartel en Montes del Potrillo. Comunicada la novedad al general Julio Argentino Roca, entonces ministro de guerra, éste ordena se lo confine en la isla Martín García con su familia, previo paso por Buenos Aires para mostrarlo como trofeo.

Con la captura del viejo cacique, se cumplía la sentencia del ex ministro de guerra Adolfo Alsina, quien había escrito: “… Pincén, indio indómito y perverso, azote del Oeste y Norte de la provincia, jamás se someterá, a no ser que por un golpe de fortuna, nuestras fuerzas se apoderasen de su chusma (los no guerreros, como también mujeres, ancianos y niños). Si esto no sucede, Pincén se conservará rebelde aun dado el sometimiento de todas las otras tribus hostiles…” (cita de “Prado, “Guerra del Malón”).

En un descanso en Junín, se lo lleva a una fonda ante un fotógrafo. Cuando éste prepara su gran aparato con trípode, el indio pronuncia unas palabras que traduce el lenguaraz: “Ha creído que con ese instrumento lo van a matar y pide poder despedirse de sus mujeres”. Por esos testimonios gráficos se sabe que el viejo cacique vestía como gaucho, con chiripá y botas de potro, camiseta y camisa blanca.

La caída del jefe ranquel fue celebrada como una gran victoria nacional. Así lo reflejan los diarios “La Prensa” y “La Nación” de aquellos días. Este último diario, el 12 de diciembre de 1878, bajo el título “El Cacique Pincén” decía: “Ayer llegó a esta ciudad el famoso cacique Pincén, que fue hecho prisionero, últimamente por las fuerzas que expedicionaron a las tolderías, a las órdenes del coronel Villegas. Acompañan al cacique varias mujeres, que son otras tantas esposas suyas. El soberbio prisionero fue alojado en el cuartel del Batallón 6 de Infantería de Línea. Muchas personas, fueron ayer a conocer personalmente al cacique. Pincén se muestra muy abatido. Parece que extraña los aires de la Pampa”.

Hasta se difundió una carta que el héroe del momento, el coronel Conrado Villegas, envía a su esposa: “Al llegar del desierto… ha sido el mayor premio a mis desvelos recibir noticias de la amada de mi corazón, en el momento que regresaba de la pampa trayendo prisionero al indio más indomable, Pincén…”.

En 1920 (cita Estevez), el comandante Prado, decía en una conferencia: “Pincén, el puma de la llanura porteña, el temerario cacique, cuya voz era más terrible para sus enemigos que el estallido de un rayo, y a cuya mirada no resistían hombre alguno sin temblar; Pincén, el centauro incansable, el guerrero más heroico del desierto, el indio que Calfucurá no pudo someter a su autoridad omnipotente”.

Pincén confinado en la isla Martín García
Pasa Pincén 3 años de terrible cautiverio en la isla Martín García, una guarnición qué luego fuera prisión de varios presidentes constitucionales de la República, derrotados por golpes militares. Está obligado a vivir miserablemente. Pese a la imposición de trabajar como peón de pico y pala, la comida debe ser suministrada por la caridad de frailes lazaristas que recolectan en parroquias porteñas. Lo acompañan una hija menor y otros dos hijos más (un varón y otra mujer) que quedaron ciegos por la viruela, una enfermedad traída a América por los huincas.

Como costumbre impuesta de la época, la “caridad de la civilización” se hacía con las mujeres indígenas capturadas (o secuestradas), distribuyéndolas como sirvientas (“chinitas”) gratuitas en casas de familias distinguidas que se comprometían a catequizarlas. Instruirlas o pagarles por su trabajo no era obligatorio. Pero muchas “chinitas” jóvenes eran entregadas a los soldados fortineros para divertirlos y servirlos como esclavas.

Desde la isla prisión, otro detenido cristiano le escribe al cacique una carta patética que él firma y le envía al entonces ascendido a general, Conrado Villegas. Tiene fecha 6 de mayo de 1882, a los 75 años de edad. Dice así:

“Señor General: aquí me tiene Vd. padeciendo enfermo y con mis hijos ciegos Luisa y Manuel que quedaron ciegos de las viruelas en Junín la única que esta buena es Ignasia que la edado a nuestra madrina asta que se me saque de este presidio como me prometió.

“Yo mi general estoy mas para morir, pues pedir un informe al médico yo me siento morir, alver mis hijos tan desgraciados y que no pueda yo darles ni un pan.

“En fin mi general si se es padre sabrá aserse cargo lo que sufro.

“Si consigue mi liverta tiene un esclavo mientras viva”.

José Pincén (cacique)

Y la carta tiene un agregado:

“Si a Ignasia la edado a sido por conservar su honra como se me recomendó la conservase y aquí es imposible porque estamos en un cuartel todos entreberados y yo todo el día en los trabajos”


Muerte solitaria de Pincén
Ya octogenario, Pincén es liberado pero abandonado a su suerte. Luego de visitar a su esposa, hijos y demás familia en Trenque Lauquen, sintiéndose ya muy enfermo y próximo a terminar sus días, con el deseo de morir solo, deambula trabajando de peón de estancias. Se dijo haberlo visto por distintos sitios y la última vez habría sido juntando maíz en chacras de San Emilio. No se sabe exactamente cuándo ni dónde falleció. Una leyenda dice que fue en “Los Toldos” y que “unos huincas” lo enterraron en medio del campo envuelto en un cuero de potro.

El 29 de febrero de 1970, la revista “Siete Días” de Buenos Aires, publica un artículo con declaraciones de Martina Pincén de Chuquelén, ya centenaria pero lúcida, quien recordaba muy bien a su abuelo el cacique Pincén. Como su antepasado, esta altiva mujer ranquel, odiaba aún al huinca y no se trataba con blancos.

Cuenta Martina que su abuelo era muy cariñoso y apegado a la familia. Alegaba que no eran salvajes como se dice si no que cultivaban la tierra y criaban ganado. “Los toldos eran todas casas. Paja arriba, barro abajo. Paredes de barro y paja… tomamos mate toda la vida”.

Martina se refiere con rencor a “¡Ese Villegas!” y a los gringos, contando que “un hombre gordo es el que vino a buscarlo. Querían todo lo que tenía el finado: campo, hacienda, quitaron todo y lo llevaron. Los gringos… blancos le dicen Vds., pero son huincas (cristianos)… los huincas venían a matar, por eso el indio mataba también… los gringos son más rastreros que los indios…”. Posiblemente Martina llama gringos a estancieros y pulperos.

La nieta de Pincén y sus otros familiares se lamentan: “Nadie sabe si sus restos descansan en alguna parte o fueron devorados por los caranchos”

Fuente: http://www.institutomalvinas

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