Felipe Pigna: “Todo historiador emite juicios de valor”

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El escritor, que lleva vendidos más de 40.000 ejemplares de su último libro, Los mitos de la historia argentina, se defiende de las críticas de sus colegas y asegura que un especialista siempre debe tomar posición con una consigna: la honestidad intelectual

DOMINGO 11 DE JULIO DE 2004

No es que no haya estado. La Historia, los libros que hablan de ella siempre estuvieron. Basta rastrear cualquier década para corroborar que la bibliografía histórica en la Argentina siempre fue notable en cantidad e, innumerables veces, en calidad.

Por eso sería injusto, tal vez incluso falso, hablar de una nueva moda de los libros de Historia (por caso, baste recordar el éxito masivo de Soy Roca, de Félix Luna, hace años). Sin embargo, las arenas en que se mueve la Argentina de los últimos años parece haber relanzado el interés de muchos lectores por el pasado, al que toda sociedad parece aferrarse cuando las señales de naufragio se vuelven cercanas o evidentes.

En la cresta visible de ese epifenómeno se encuentra Los mitos de la historia argentina (Norma), de Felipe Pigna, que en sus fulminantes reediciones ha vendido más de 40.000 ejemplares y desde hace veinte semanas se encuentra, con una persistencia granítica, al tope de los libros más vendidos. La controversia no ha faltado. Pigna -45 años, historiador y docente, con una importante exposición pública a través, sobre todo, de programas radiales y su tarea como investigador de documentales- ha recibido diversas críticas de sus pares, donde se entreveran supuestas cuestiones metodológicas y -en la opinión del propio Pigna- cuestiones mucho más mundanas, como la llana envidia.

“No diría que hay un debate entre historiadores -responde cuando se le pregunta por la tinta que hizo correr su libro-, ya que se trata de artículos tajantes que no dejan lugar al diálogo. Me encantaría sentarme a una mesa a debatir sobre la divulgación como una necesidad académica, algo que no se hace”, asegura, molesto porque considera que se ha intentado livianamente homologar divulgación con vulgarización

-¿Qué es, a su entender, la divulgación?

-Mi trabajo tiene dos aspectos: el de la escritura, que es académico, y el de la difusión, que llevo adelante sobre todo en la radio. Es algo que me hace sentir una enorme responsabilidad y lo considero otro momento de la enseñanza o de la divulgación de conocimientos. La gran exigencia que tiene la divulgación es elevar el nivel y, al mismo tiempo, para que sea accesible, bajar los tonos del lenguaje. Si alguien cree que la divulgación abarata la historia está, en mi opinión, equivocado. Es un historiador, Joseph Fontana, el que dijo que si el trabajo del historiador no puede salir de las aulas, no sirve para nada.

-¿Puede uno, en esa tarea de acercar la Historia al lector no especializado, establecer paralelos, de manera recurrente, entre el presente y el pasado?

-Cuando se me critica que comparo el pasado con el presente, el punto que me gustaría debatir es qué se entiende por Historia. Si comparar estuviera mal, cuál sería la utilidad de la historia cuando todos los historiadores, desde Heródoto en adelante, lo han hecho. La interpretación de la historia, que es la tarea del historiador, parte inevitablemente de conceptos presentes que él como especialista ha ido elaborando a lo largo de su vida y que aplica a la interpretación. No hay otra forma de hacer historia. Las preguntas que se hace un historiador de 2004 no son las que se hace uno de 1930 ni de 1970. Aunque uno no haga comparaciones (yo no hago muchas comparaciones directas en el libro), habla de épocas que por sí solas se comparan con el presente. Si se habla de la corrupción en el siglo XVII, un lector naturalmente va a vincular esa corrupción a la de la década del 90.

-Una de las críticas que se le hacen es, justamente, basarse en el sentido común actual para hacer esa interpretación de tiempos pasados.

-Yo no aplico el sentido común; aplico la profesión de historiador. Eso es un intento de descalificación porque, al hablar de sentido común, se lo opone a ciencia y a conocimiento académico. Mi libro no se basa en el sentido común, sino en dos años de investigación, incluyendo en algunos casos material que nunca se publicó. Le doy importancia al sentido común y a lo que piensa la gente, pero también a los imaginarios colectivos de cada momento. Mis percepciones históricas están, naturalmente, impregnadas de lo que aprendí a lo largo de mi carrera, y escribir en 2004 me lleva a interesarme más por un tema que por otro. Uno no puede despojarse de su presente.

-¿No hay riesgo de ideologización?

-El historiador parte de una subjetividad, de su presente, su cotidaneidad y también de su ideología. Todos los historiadores argentinos han tenido una participación política activa. Mitre, Sarmiento (que ha escrito cosas históricas), Levene, el revisionismo con su militancia nacionalista. La militancia es una condición natural del historiador. Basta poner un ejemplo actual. Eric Hobsbawm, para muchos el más grande historiador vivo, tiene una militancia marxista de toda la vida y aplica esa metodología a su forma de trabajar.

-Pero, si bien todo historiador tiene ideas políticas, ¿hasta qué punto puede permitirse que afecte su trabajo?

-Yo no fuerzo las cosas. Cuando trabajo el descubrimiento de América, no aplico ideas actuales. Basta ver los documentos para detectar dos mentalidades de la época o dos formas de pararse frente a ella: la de los conquistadores, acríticamente, con el fin de robar todo lo que pudieran, y la de gente como Fray Bartolomé de las Casas o Fray Antonio de Montesinos que, en la misma época, dicen que había que detener esa barbarie. Se puede advertir que al mismo tiempo convivían dos formas de ver la realidad: una más avanzada, otra más retrógrada.

-¿Es una marca de la divulgación histórica, a su entender, buscar la complicidad del lector?

-Hay guiños porque el libro tiene ironía en su lenguaje. Un crítico escribió que cómo se me ocurría llamar neoliberal a Colón cuando el liberalismo apareció mucho después. Obviamente es una ironía. Vengo hablando del lenguaje de los arahuacos, que es un lenguaje poético, y digo que Colón, entre comillas, tiene un lenguaje mucho más “neoliberal” donde en doce páginas menciona 77 veces la palabra oro. ¿Es un pecado escribir un libro con seriedad introduciendo la ironía? Si es así, me considero pecador. A mí me sirve como forma de expresión, me gusta escribir así y además hace más agradable la lectura. No es una transposición: es un giro con el fin de lograr un estilo gráfico para saber a qué nos referimos.

-Reivindica a Mariano Moreno o Manuel Belgrano asegurando que la “historia oficial” no les dio la importancia que merecen. ¿Su intención es hacer una forma contrahistoria?

-No, porque amo la Historia. Sí me interesa dar otra versión. Estoy harto de la Historia replicante, que le contesta a otra historia previa. No me interesa responderle a la historia oficial ni a nadie. Sentía que había huecos, que faltaba cierto compromiso, que había que decir lo que uno piensa sobre un período histórico.

-¿Eso no lleva a emitir permanentes juicios de valor?

-El trabajo de la Historia es la interpretación del pasado. Los libros de Fontana, Hobsbawm o Fernand Braudel tienen juicio de valor tras juicio de valor. El historiador es, no el relator, sino el interpretador de la Historia. Emite opiniones sobre los hechos y debe hacerlo como, de otra manera, lo hace el columnista político de un diario.

-Pero, ¿cuál es el límite?

-No la imparcialidad, sino la honestidad. Si para justificar mi forma de pensar la historia tengo que cambiar documentos -como se ha hecho en la historia argentina-, estoy siendo deshonesto. Pero si puedo fundamentar lo que digo (y lo que digo está fundamentado documentalmente), no estoy siendo deshonesto: estoy tomando una posición. Y hay una larguísima tradición en ese sentido. Los grandes libros de historia son comprometidos. Si uno lee a Ricardo Levene, el gran historiador argentino de todos los tiempos (con el que se podrá coincidir o no, pero por el cual todos los historiadores tenemos un gran respeto), tiene opiniones taxativas. La historia no tiene por qué ser sorprendente, el hecho curioso, ni un thriller. La historia tiene que hacer pensar, servir como instrumento de comparación. La gente se sigue sorprendiendo cuando uno dice que la revolución de mayo fue política. Estamos tan acostumbrados a verlo como un hecho cronológico que transcurría en calma que, cuando uno introduce la palabra política, la gente se sorprende.

-Escribe sobre los tiempos coloniales y los primeros años del siglo XIX. ¿Trabaja de la misma manera hechos más actuales?

-Uso el mismo criterio. Se supone que porque uno habla de cosas lejanas deja de lado la pasión. Yo me siento tan comprometido cuando escribo sobre la revolución de mayo como cuando escribo sobre la dictadura. Este último tema tiene el plus: que yo la viví. Con lo cual mi subjetividad es mayor. Pero a pesar de que soy enemigo de la dictadura, sigo el mismo criterio de la honestidad. Yo no voy a cambiar ningún documento, en ese caso, para favorecer mi opinión. De hecho, en uno de mis documentales le doy la palabra a uno de los ideólogos de la dictadura, el general Díaz Bessone. Y creo que la pluralidad de opiniones enriquece el discurso. Una posición marcada no debe impedir escuchar otras voces.

-Estamos hablando de tiempos mucho más recientes. ¿En qué cambió la Historia respecto del propio presente? ¿Cuándo la Historia, hoy, puede empezar a ser historiada?

-La costumbre era dejar pasar 25 años, algo que debía tener que ver con una mayor dificultad en las comunicaciones y la lentitud del tiempo, que se ha acelerado vertiginosamente. Hoy en día ya nadie discute que la historia reciente es Historia. Queda en claro en las mejores libros de consulta, como la reciente historia publicada por la universidad de Oxford. Fue publicada en 2004 y termina en 2004. No es una novedad tampoco, aunque ahora, cuando existen en Europa cátedras de Historia inmediata, sea más notorio. Ya en La historia del siglo XX, Hobsbawm le ponía punto final a su libro en los mismos días en que caía el muro de Berlín, al tiempo que escribía sobre ese acontecimiento.

Por Pedro B. Rey

El perfil

Profesor e historiador Felipe Pigna nació en Mercedes, provincia de Buenos Aires, en 1959. Tiene dos hijos. Fue profesor en la UBA y actualmente organiza la Escuela de Historia de la Universidad de San Martín.

Libros, películas, radio Además de Mitos de la historia argentina, ha escrito entre otros libros El mundo contemporáneo (1999) y Pasado en presente (2001). También dirigió el proyecto de documentales Ver la historia de la UBA, es columnista de radio y colabora en diversas revistas históricas y de actualidad.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar

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