Cuento: “Conciliación del sueño”. Por Alejo Medina

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Quizás una de las mayores calamidades que pueda llegar a sufrir una persona sea la no conciliación del sueño. Y aquí se encuentra él, impaciente e incómodo, recostado en su lecho, con la cabeza apoyada pesadamente sobre su almohada y con su rostro despabilado dirigido al techo.

Probablemente, algo en su alrededor lo esté incomodando. Quizás. O tal vez algo en él lo mantenga inquieto, no es muy claro. Nótese cuán confusa es la situación, si ni siquiera yo, con mi omnipresencia narrativa, logro penetrar en su mente y atinar con alguno de sus numerosos pensamientos –qué lástima que no logre increparlos, es que con uno de ellos bastaría para hallar el origen de su deseo, y comprender el porqué de su impaciencia, de su incomodidad, de su inquietud, de su desvelo–. Pero él se encuentra aquí molesto por alguna razón desconocida y en una situación confusa, pues solo sé que espera… espera y espera el momento oportuno para que algo inminente surja, lo domine y se apodere de él por completo, en cuerpo y mente. No está claro qué es aquello, pero es la avidez por que ello ocurra lo que en este momento sigue prolongando su somnolencia.

Tal vez lo que desea sea conciliar el sueño, solo eso, y el no lograrlo es lo que lo fastidia, estorbando toda cercanía a su objetivo. Seguramente. Por ello su cuerpo, tendido a lo largo y agotado, se encuentra en un paulatino proceso de relajamiento. Por ello sus piernas, pesadísimas ahora, intentan estirarse con el fin de acometer su reposo y seducir al sueño. Por ello sus brazos, junto con sus manos, revolotean sin cesar, de un lado a otro, desencontrados con la comodidad pero a su vez en busca de ella. Por ello, porque desea conciliar el sueño.

Seguramente no piense en otra cosa que no sea en conciliarlo, y es su insistencia, por estar tan pendiente de su conquista, la razón por la cual, a esta altura de la noche, sigue sin lograrlo y falla en su intento, y en vez de estar entregado a un dominio total del sueño, se encuentra entregado solo físicamente, ya que su mente, por su parte, se encuentra totalmente obstinada en su deseo. Por ende, se encuentra tan cegado por ese deseo, que no logra consumarlo, por la magnitud del mismo, y es su insistencia en querer concederlo lo que en definitiva termina prevaleciendo sobre la concreción del mismo. Por ello sigue allí, recostado con la mirada fija en la difusa y turbia imagen del techo en la sombría noche. Aunque quizá, no piense únicamente en su anhelo, por el contrario, quizá trate, inconscientemente –o no– de despistarse, de distenderse, de despejar, de una vez, la mente de tal inminencia –su anhelo– distrayéndose con algún suceso de su entorno, por más insulso que éste sea, que le permita concluir con su fatídica somnolencia.

Quizá lo que espere es que algo lo extenúe, para olvidarse del sueño y así, incitarlo de una buena vez. Por eso…

Mira y mira en su habitación, impaciente por la situación que lo fastidia, al igual que todo su entorno físico. Comenzado un rápido análisis visual de la habitación observa y nota una luz desde el costado derecho proveniente de la calle que se filtra por un ínfimo hueco de la ventana y forma una delgada franja lumínica justa para ocupar su rostro despabilado y extenuado. Dicha luz logra acaparar todos sus pensamientos e increíblemente logra disuadir por primera vez a su mente de la búsqueda de la irrupción de su desvelo. Y es que esa fulgurosa luz irrumpe en su desvelo, y opaca a su entorno, relegándolo a un segundo nivel, y se transforma en su único rival. Es que ahora solo se encuentran él y la radiante e irritante luz que choca contra sus pupilas y lo desconecta de la realidad, porque lo que ahora percibe es solo la luz y él, solo el diáfano espectro blanco y su mente, solo ellos tan solos, tan unidos, tan contrastados. Qué horrible. Se ofusca. Sabe muy bien que esa luz enceguecedora lo acompañará toda la madrugada si es que no concluye con su desvelo. Se voltea, y nuevamente se enoja, ahora por recordar su desvelo. Su rostro sigue manifestando signos de cansancio y agotamiento, pero ahora esa luz ya no lo molesta. Aún así sigue quedando cautivo de otros sucesos de su engorroso entorno como ese silencio absoluto en la soledad de la oscura y ciega noche que lo perturba y estremece. Un silencio que, sin embargo, es interrumpido periódica y regularmente por el molesto y persistente sonido de las agujas del reloj. Éstas, se mueven en perfecta sincronización rítmica, una a una en un tic tac tan obstinado que enloquecería a cualquiera que le prestase atención en la noche solitaria, como él ya lo hizo. Ese tic tac se vuelve tedioso, cada tic que precede a cada tac y a miles de tic y de tac futuros lo tienen ahora atrapado. Porque, él lo sabe muy bien, que a partir de ahora jugarán con él repetidamente, y se rivalizarán rápidamente con su mente y su cordura. Y es que esa persistencia logra nublar a la mente, y porque vuelve nula a la cordura, ya que no hace falta razón para entender su mecanismo. No hacen falta sentidos para percibir esa sucesión de tic y de tac tan simples, tan débiles, tan acallables, pero tan tic y tan tac; tan constantes e incesantes, tan sucedidos uno con el otro sin interrupción, sin “asíncopas”, sin corrimientos, sin errores, tan justos entre sí, y, lo peor, tan predecibles… tan predecibles, porque cada golpe es idéntico al que fue y al que será, y porque la distancia del que fue es la misma del que será. Tan detestables son por ello, porque suceden en el futuro, porque nuestra percepción nos los anticipa. Y así, se torna algo insoportable, porque sabemos qué va a suceder, cuándo sucederá y cómo sucederá. Eso es lo insufrible en el juego de la repetición, saber que el qué, el cuándo y el cómo respetarán reiteradamente su estado de qué, cuándo y cómo y no se alterarán y se mantendrán siempre igual y que nada va a romper con su curso obstinado, redundante e insoportable. Porque muy bien sabemos –y él en este momento sabe más que nadie– que después de ese horrible tic vendrá ese aborrecible tac, y de nuevo un tic seguido de otro tac, y de nuevo lo horrible, y otra vez lo aborrecible, para que luego continúe, no antes, no después, sino en su sabido y anticipado momento, ese detestable tic, solo y únicamente, para que lo suceda ese odioso tac. Horribles, aborrecibles.

Las horas pasan y pasan, los tic suceden a otros tac, y él, en su desesperación, inclina la cabeza, acomoda su almohada, intenta eludir el haz de luz, así como ignorar ese silencio absoluto, y su interrupción constante y regular debido al repiqueteo incesante de golpes anticipantes y tediosos. Hace hasta lo imposible buscando una posición y nada. Se desespera, y si bien logra ignorar por un momento todo su entorno, ahora por lo que se lamenta es por no encontrar la postura perfecta entre un sin fin de posibilidades. De esta manera, a cada una las evalúa minuciosamente en un análisis exhaustivo siempre pendiente de encontrar la comodidad, así como de esquivar esa desapacible luz de la calle. Prueba entonces cada una de las posibilidades hasta que termina acabándolas todas, sin un resultado favorable. Indignado, retoma la posición inicial… tic… y la siguiente… tac… y la siguiente… tic… y así sucesivamente por un par de minutos. Hasta que… tic… encuentra por fin la indicada… tac. Sí, en posición cuasi-fetal apoyándose sobre el lado derecho de su cuerpo, logra acomodar su cabeza sobre la almohada, casi en el borde de la misma, apoyando el mentón sobre el colchón, al lado de su hombro derecho del cual se extiende su brazo hasta el borde y más allá del colchón, suspendido en el aire… tic… el otro brazo, en cambio, se dispone en 90° colocando la mano izquierda por debajo de la almohada… tac… usándola como soporte de la cabeza. Las piernas flexionadas encuentran así mayor comodidad. Parece ser la posición perfecta. Se contenta y cierra los ojos, y se entrega al descanso, en un estado taciturno definitivo. Aunque ese estado de sosiego dura tan solo un instante, ya que al notar, en su visión ciega, que la obscuridad que ve se esclarece por el lado izquierdo. Encandilado, abre los ojos. El haz de luz de la calle vuelve a dar directo en él, ahora sólo en su ojo izquierdo. Se enfada. Se voltea. Intenta la misma postura pero al revés, apoyándose sobre su lado izquierdo, la evalúa detenidamente, pero descubre que ya no es lo mismo, su brazo extendido, que ahora es el izquierdo, ya no se encuentra suspendido, lo que le disgusta, por lo que retoma la ardua evaluación. Al fracasar innumerables veces, cambia de rutina. Debido a la ineficacia en las anteriores búsquedas, pero además por el calor agobiante que siente dentro de sus sábanas. Se posa sobre ellas. Lo intenta… espera… no lo logra. Se lamenta.

Calcula la hora, estima que deben ser ya mas de las 3:00 am, finalmente lo corrobora desde el reloj donde la aguja menor, efectivamente, marca el tres, se lamenta, no sólo por la hora, sino por escuchar nuevamente el tic y el tac al observar el reloj. Vuelve a percibir lo horrible, lo aborrecible, lo horrible, lo aborrecible. Optando por ignorar el tic tac, busca distracción en cualquier otro sonido de su habitación. Pero no encuentra mas que el silencio mismo, y de nuevo el tac, y ahora el tic y de nuevo el… pero antes de que lo ya sabido ocurra, a lo lejos, percibe un extraño y sordo ruido que se acerca, hasta que… tac… lo reconoce como un zumbido que va intensificándose más y más… tic… al costado de su oreja izquierda… tac… y ahora sobre su oreja derecha. Extiende… tic… las manos, las choca entre… tac… sí en el aire, en la nada. Silencio… tic… silencio… tac. A punto de festejar su victoria… tic… renace el zumbido. Intenta… tac… matarlo nueva… tic… mente. Ahora silencio, un tac, un tic, vuelve a resurgir el zumbido. Cansado, revolotea las manos que, alborotadas, bailan en la oscuridad, al compás del tic y del tac, por aquí y por allá. Se detiene agotado. Espera. Silencio… solo silencio y nada más. Festeja la huida del insolente mosquito.

Sigue deseando, cada vez con mayor intensidad, y ahora más que nunca, conquistar el sueño. Y siendo ya las 3.30 am –o quizá las 4.00 am, no importa– piensa en su mañana, en su amanecer –o atardecer, como sea– piensa en sus obligaciones, el levantarse temprano, a horario, para asistir a un trabajo rutinario, y otra vez un día como otros, como la mayoría, con programas y normas a respetar. Todo, claro, bajo el falso lema “metas y objetivos” que nos hicieron creer otrora y que hoy día seguimos avalando, dedicando nuestras vidas a un oficio, el “indicado”, y yendo en busca de ese objetivo, detrás de esa meta. Ahora no deja de pensar en su trabajo, no puede apartar de la mente su aburrido y repetitivo trabajo. –Ya está olvidando lo que debía olvidar–. Ahora piensa sólo en su porvenir. Piensa en su futuro, en su empleo, su motivo para vivir, trabajando, entablando conversaciones telefónicas con desconocidos, ofreciéndoles innovaciones inexistentes y prescindibles en nuestras vidas, pero motores de esta sociedad de consumo. Sigue en su trabajo, tan insufrible como extenuante, por lo rutinario, por la mecánica que implica, porque lo que hoy se hizo, mañana debe ser copiado, y lo que hoy se hace es copia de lo que ayer fue, donde cada hoy es un tic y cada mañana un tac; porque lo que se hace esta dentro de la insatisfacción al borde de la infelicidad; porque lo que se busca es un sustento económico y no la felicidad. –Ya lo olvidó–. Porque lo que se prefiere es obtener las ganancias como recompensa del sacrificio, en vez de reflexionar sobre la real necesidad de seguir de por vida esa extenuante rutina. Porque es más gratificante recibir con satisfacción dicha recompensa que pensar qué es lo que estamos perdiendo a cambio. En vez de ello, aceptamos con beneplácito esa recompensa como si esta fuese el premio que reivindique todo el tiempo que fue perdido. Todo ese tiempo que podría haberse destinado a algún ocio, o a la labranza de una huerta en nuestro hogar, es botado y reemplazado por un trabajo rutinario, aburrido y obligatorio para, a cambio, obtener ese sustento económico que nos permite seguir viviendo, con el fin de asegurar nuestro futuro, trabajando, detrás de esa extraña ley del merecimiento, detrás de ese sustento económico, detrás de ese incentivo que permite a uno vivir lo más soñado… el sueño de uno a futuro… el sueño…volvió a recordar lo que había olvidado, la imposibilidad del sueño.

Continúa con su somnolencia. Mira la hora. Marca las 4:20 am. Se lamenta, se molesta con sigo mismo. No logra entender cómo a esta altura de sus ruegos sigue en estado de vigilia. Ya resignado, decide no volver a cerrar los ojos y, quizá como un pasatiempo para reencontrarse con el sueño, comienza a observar cada detalle de su habitación…

A la derecha está, como siempre, esa mesita, donde como hobby, él, suele hacer breves escritos, donde permite que sus manos fluyan cual un río y que de ellas florezcan palabras. A la derecha de esa mesita, está la ventana que da a la calle, por la cual se filtra esa odiosa luz de afuera. Enfrente de la cama, del lado de sus pies, el ropero, y a su izquierda el perchero, junto con el valet. Ahí mismo, pero más arriba, se halla el reloj que se hace presente con lo horrible y lo aborrecible. Sobre la pared de la izquierda, al extremo derecho, la puerta, ahora cerrada, que da al pasillo   que comunica el baño y el living con su aposento, y a su lado una gran cómoda, gigante como para tapar todo el ancho de la pared, donde allí guarda múltiples objetos con distinto valor sentimental, como sus cuentos o escritos, u otras pertenencias. Sigue observando detenidamente cada detalle, como esa mesita que se encuentra cruzando la habitación desde la puerta hacia el otro extremo, aunque ahora misteriosamente está del lado de la puerta. Consternado, observa detenidamente cada sector de su habitación y nota otros cambios significativos. El ropero que sigue en su lugar habitual, ahora cambió de dirección, como si por sí sólo se hubiese girado sobre su propio eje unos 45° a la derecha. No solo eso sino que también modificó su forma, y su tamaño. Además, cuadros que había colgado semanas atrás ahora ya no están, en cambio, extraños pósters pegados allí ocupan su lugar. Mira hacia la puerta, que, para su asombro, se encuentra abierta y que en cuanto a su tamaño se ve muy diferente que de costumbre, lo mismo ocurre con las paredes, ahora muy próximas unas a otras, y al mismo tiempo, la ventana, la cama y en definitiva toda la habitación se encuentra con profundos cambios. La cama redujo su tamaño, la ventana se encuentra a su izquierda por lo que pasó de estar de su derecha hacia el otro lado. Anonadado, sigue observando. Nota que la mesita ya no está más del lado de la puerta y que ni siquiera está en la habitación, como el perchero y el valet que también desaparecieron. Empieza a asociar estos cambios con su infancia, donde la ventana se disponía de la misma manera a la izquierda de la puerta, el ropero a la derecha en esa misma dirección, la cama, ahora pequeña, en el mismo lugar. También nota la adición de otros muebles inexistentes hasta ahora, de pequeño tamaño que lo conducen aún más a su infancia, a su alcoba antigua, rememorados idénticamente; las paredes celestes con pósters de fútbol y pequeñas figuras y dibujos a sus lados, los juguetes desparramados por el piso al costado de un pequeño metegol. Se recuerda a él de pequeño, cuando su madre allí lo despertaba o lo mandaba a dormir, lo asistía o lo encerraba como penitencia. Se imagina estando en su viejo aposento, sintiéndose incluso dentro de su vieja habitación… en su infancia, recreada a la perfección. Sin un detalle esquivo, los muebles, el metegol, los juguetes, los afiches, dibujos, así como demás decorados que lo convencen de que él está realmente ahí, que ya no lo está recordando ni recreando, ya lo está viviendo, y que pasó de alguna manera y en algún momento del espacio-tiempo a esta antigua habitación.

Asustado por tal reminiscencia mira el reloj, el actual, rodeado de posters y dibujos, lo observa con cierta timidez, porque en la última revisión marcaba las 4:45 am. Se fija, ahora la aguja pequeña sigue señalando el cuatro, pero inexplicablemente, la aguja larga, la de los minutos, señala el tres. En definitiva, transcurrió un cuarto hora después de las cuatro en punto, y no cuarenta y cinco minutos..

Se da cuenta de la discontinuidad del tiempo, como así también piensa en la irrealidad del espacio, con el cambio de habitación. Pensativo, incluso más que en toda la noche, y cuestionando ya su presencia mira un punto fijo del techo, dubitativo. Desde allí, surge un punto negro, el cual se va ensanchando formando una línea negra horizontal que resquebraja su visión y la parte en dos, la divide a la mitad. Desde el interior de esa línea y mientras esta sigue abriéndose, se divisa una nueva imagen, una nueva realidad que va surgiendo, no solo dentro de esa línea negra, sino en función del engrosamiento de la grieta, que aumenta precipitadamente su tamaño. La nueva imagen que surge va vislumbrando vestigios de su actual habitación. El panorama de la alcoba de su infancia es relegada a un segundo plano, al estar dividida en dos franjas muy distantes por esa línea media horizontal desde la cual se percibe esta nueva realidad, su actual habitación, ya sin los posters, ya sin los juguetes ni el metegol, pero de nuevo con su ropero, con su actual perchero, y con su preciada mesita. Ya sintiéndose y siendo parte de ella, de la nueva habitación, entiende que la extraña línea crece a medida que va abriendo sus ojos paulatinamente.

Despierta…

Lo comprende… se percata. Él no esperaba conciliar el sueño. Por el contrario, siempre quiso despertar de su propio sueño.

05 de Noviembre de 2015.

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