Eduardo Galeano y un poco de “revisionismo” sobre la Antiguedad Clásica

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Fundación de la inseguridad ciudadana

 

La democracia griega amaba la libertad, pero vivía de sus prisioneros. Los esclavos y las esclavas labraban tierras, abrían caminos, excavaban montañas en busca de plata y de piedras, alzaban casas, tejían ropas, cosían calzados, cocinaban, lavaban, barrían, forjaban lanzas y corazas, azadas y martillos, daban placer en las fiestas y en los burdeles y criaban a los hijos de sus amos. Un esclavo era más barato que una mula. La esclavitud, tema despreciable, rara vez aparecía en la poesía, en el teatro o en las pinturas que decoraban las vasijas y los muros. Los filósofos la ignoraban, como no fuera para confirmar que ése era el destino natural de los seres inferiores, y para encender la alarma. Cuidado con ellos, advertía Platón. Los esclavos, decía, tienen una inevitable tendencia a odiar a sus amos y sólo una constante vigilancia podrá impedir que nos asesinen a todos.

Y Aristóteles sostenía que el entrenamiento militar de los ciudadanos era imprescindible, por la inseguridad reinante.

 

 

La esclavitud según Aristóteles

El ser humano que pertenece a otro es por naturaleza un esclavo. El que siendo humano pertenece a otro es un artículo de propiedad, un instrumento. El esclavo es un instrumento viviente, así como un instrumento de trabajo es un esclavo inanimado. Hay por naturaleza diferentes clases de jefes y subordinados. Los libres mandan a tos esclavos, los hombres a las mujeres y los adultos a los niños. El arte de la guerra incluye la cacería contra las bestias salvajes y contra los hombres que habiendo nacido para ser mandados, no se someten; y esta guerra es naturalmente justa. El servicio físico a las necesidades de la vida proviene de los esclavos y de los animales domesticados. Por eso ha sido intención de la naturaleza modelar cuerpos diferentes para el hombre libre y para el esclavo

 

Ojo con las bacanales

También en Roma, los esclavos fueron el sol de cada día y la pesadilla de cada noche. Los esclavos daban vida y pánico al imperio. Hasta las fiestas de Baco amenazaban el orden, porque en los rituales de la noche no había barreras entre los esclavos y los libres, y el vino autorizaba lo que el orden prohibía. Subversión de las jerarquías desde la lujuria: estos desenfrenos tenían mucho que ver, se sospechaba, se sabía, con las rebeliones de esclavos que estallaban en el sur. Roma no se cruzó de brazos. Un par de siglos antes de Cristo, el Senado acusó de conspiración a los seguidores de Baco y encomendó a los dos cónsules, Marcius y Postumius, la misión de liquidar hasta la raíz las bacanales en todo el imperio. Corrió la sangre. Las bacanales siguieron. Las rebeliones, también.

 

 

Antiocus, rey

 

Su dueño lo usaba de payaso en los banquetes. El esclavo Eunus se ponía en trance y por la boca echaba humo y fuego y profecías que hacían reír a los invitados. En una de esas comilonas, y después del éxtasis y las llamaradas, Eunus anunció, solemnemente, que él iba a ser rey de esta isla. Sicilia será mi reino, dijo, y dijo que se lo dijo la diosa Demeter. Los invitados rieron hasta rodar por los suelos. Unos días después, el esclavo fue rey. Echando incendios por la boca, degolló a su amo y desató una tremenda revuelta de esclavos que invadieron pueblos y ciudades y coronaron a Eunus rey de Sicilia. La isla ardió. El nuevo monarca mandó matar a todos sus prisioneros, salvo a quienes supieran fabricar armas, y emitió monedas donde su nuevo nombre, Antiocus, fue estampado junto a la efigie de la diosa Demeter. El reino duró cuatro años, hasta que Antiocus fue vencido por la traición, encarcelado y devorado por los piojos. Medio siglo después, llegó Espartaco.

 

 

 

Espartaco

Fue pastor en Tracia, soldado en Roma, gladiador en Capua. Fue esclavo fugado. Huyó armado de un cuchillo de cocina, y al pie del volcán Vesubio fundó su tropa de libres, que andando creció y fue ejército. Una mañana, setenta y dos años antes de Cristo, Roma tembló. Los romanos vieron que los hombres de Espartaco los veían. Habían amanecido erizadas de lanzas las crestas de las colinas. Desde allá arriba, los esclavos contemplaban los templos y los palacios de la más reina, la que tenía el mundo a su mandar: estaba al alcance de sus manos, tocada por sus ojos, la ciudad que les había arrancado sus nombres y sus memorias y los había convertido en cosas que podían ser azotadas, regaladas o vendidas. El ataque no ocurrió. Nunca se supo si Espartaco y los suyos habían llegado hasta allí, hasta tan cerquita, o ésos eran no más que espejismos del miedo. Porque en aquellos días, los esclavos estaban propinando humillantes palizas a las legiones. Dos años duró esa guerra de guerrillas que tuvo en vilo al imperio.

Por fin, los sublevados fueron cercados, en las montañas de Lucania, y fueron aniquilados por los soldados que en Roma había reclutado un joven militar llamado Julio César. Cuando Espartaco se vio vencido, apoyó su cabeza en la cabeza de su caballo, la frente pegada a la frente de su compañero de todas las batallas, y le hundió el largo cuchillo y le partió el corazón. Los carpinteros alzaron cruces nuevas a todo lo largo de la vía Appia, desde Capua hasta Roma.

 

 

 

Roma tour

 

El trabajo manual era cosa de esclavos. Y aunque no fueran esclavos, los jornaleros y los artesanos desempeñaban oficios viles. Cicerón, que desempeñaba el noble oficio de la usura, había definido las categorías laborales: —Los menos honorables de todos son los que sirven a la glotonería, como el salchichero, el vendedor de aves o pescados, el cocinero… Los romanos más respetados eran los señores de la guerra, que rara vez la peleaban, y los dueños de la tierra, que rara vez la tocaban. Ser pobre era un crimen imperdonable. Por disimular esa deshonra, los ricos venidos a menos se endeudaban y, si tenían suerte, triunfaban en la carrera política, que ejercían al servicio de sus acreedores. La venta de favores sexuales era una segura fuente de fortuna. También la venta de favores políticos y burocráticos. Ambas actividades llevaban el mismo nombre. Los empresarios de la prostitución y los profesionales del lobby se llamaban proxenetas.

 

                        “Espejos”  Eduardo Galeano

 

 

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