“Nostalgía”. Por Lourdes Salinas

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A mi amada abuela, a quien físicamente nunca ví (cronológicamente
imposible)
Puerto de Havre, Francia 1.888, allí está Blanche sin comprender qué hacía en
el lugar, donde se percibían tantos movimientos particulares. Incautados por
sus ojos de verano catorceañero, transcurrían como en una película las
imágenes familiares, donde compartía las horas con sus padres y hermanos.
También corría a su mente el día aquel en que sus piernas, bruscamente, se
quedaron quietas; su papá para contentarla le compró una muñeca que
caminaba, a quien transfirió sus ganas, hasta que sus miembros triunfaron.
Vuelve su visión al presente, el corpulento dueño del lugar promete arrastrarlos
y llevárselos al nunca jamás.
Envuelta en su oscuro vestidito fruncido y recorrido por voladitos saltarines,
siente que unas manos fuertes aprietan su pecho, mientras su carita se moja,
no por las botas que aprietan ( como mis zapatitos de los seis), no por el mar,
sino por lo que deja a medida que sus pasos, y los de otros muchos, se
acercan al barco y una mirada atrás le dice que no volverá. (1)
Blanche no regresará, agrisará en ella la nostalgia y el desarraigo, pero, sin
saberlo, abrochará en las almitas de su descendencia, que, solo la vieron en la
foto del “obituario”, la misión del retorno.
(1) Según un mandato bíblico las mujeres no deben mirar atrás (estatuas de
sal)
Autora: Lourdes Salinas

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