Un día de visita al Concejo Deliberante de Lobos

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Un día de visita al Concejo Deliberante de Lobos

“Introducción:
El siguiente testimonio corresponde a un profesional porteño de 70 años, de cuya identidad sólo daré a conocer su nombre de pila: Julio. Este hombre vino a nuestra ciudad a recibir el Año Nuevo 2.017, morando en la casa de un primo los últimos días del 2.016. Yo soy amigo de Carlos (ese es el nombre de su primo) y estuve con este, reflexivo, pensante y a la vez simpático porteño, el viernes 30 de diciembre. Fue un encuentro casual, o más bien de ese curioso entramado de “causas y azares” que suele tejer el destino. Todo sucedió luego de una cálida cena entre amigos en la casa de Carlos. Estábamos sentados uno frente al otro, y ese hecho fortuito generó las condiciones para que pudiéramos dialogar profusamente con un visitante al que la mayoría más bien ignoraba. En el transcurso de nuestra charla vimos que empatizamos lo suficiente como para que al cabo de un rato, luego de haber conocido algunas de mis inquietudes políticas y literarias, se animara a compartir conmigo un testimonio que yo he llevado al papel como me lo pueden haber permitido, una memoria más conceptual que evocativa y una capacidad de entendimiento que, con todo lo entrenada que pueda estar, no dejará de presentar grandes limitaciones. Me parece atinado recordarte lector aquel juicio fatalista de Borges en el que hace referencia a la memoria y al olvido del siguiente modo: “no hay nada que el olvido no borre o que la memoria no deforme”. Al llevar al papel lo que manaba fluidamente de la notable oralidad de Julio, por esmerilado y pulido que luzca el texto, no es más que un torpe boceto de dudosa fidelidad, pero créeme lector que he redoblado mis esfuerzos para lograr que entre los conceptos vertidos haya rescatado al menos los de mayor trascendencia sin alterar su sentido.

Testimonio de Julio:
Encontré en este pueblo un modo de vida opuesto al de las grandes ciudades. El transcurrir del tiempo parece más lento que en las grandes urbes, ralentizándose notablemente a la hora de la siesta. También parece más pausado el ritmo de toda actividad humana. Claro que mi percepción del tiempo está contaminada por la influencia del ritmo infernal de una megalópolis como la de Bs. As., por lo que puede resultar más que legítima una crítica de cualquier habitante del interior hacia nuestra histeria colectiva y hacia el modo vertiginoso de nuestras vidas en “La Reina del Plata”.
Pero sigamos con la descripción de ese micromundo tan interesante que es el de la ciudad de Lobos. Una noche fui invitado por mi primo a concurrir a una sesión del Honorable Concejo Deliberante de Lobos. Fue para mi una experiencia inigualable, pues tuve la sensación del entrecruzamiento de tres siglos, en un mismo tiempo y en un común espacio. El edificio de la Municipalidad de Lobos, que según me informaron fue construido en el año 1.942, cuadra perfectamente con el título de “Palacio Municipal” con que los medios de prensa del interior suelen presentarlos y se respira en el ambiente un “aire aristocrático”, que mi espíritu democrático rechazaba al tiempo que se sentía atraído como si se tratara del encantamiento de una serpiente.
Subí las escaleras que me llevaban a la tribuna y me confundí con los cerca de cincuenta “Tribunos de la Plebe” allí presentes aunque, con gran esfuerzo tomé distancia de ellos desde lo emocional para poder tener una mirada más neutral sobre lo que estaba sucediendo. El contrapunto de los entusiastas hombres y mujeres del pueblo que habían impulsado un proyecto a favor de los trabajadores de la educación era la seriedad, circunspección y hasta la “británica flema” de cuatro o cinco ediles ubicados en el sector izquierdo de las bancas, a la inversa de la Asamblea y la Convención de la Revolución Francesa, donde las fuerzas progresistas se ubicaban a la izquierda y las retrógradas a la derecha. Pregunté y me dijeron que eran los conservadores. De ellos me quedó una imagen de indiferencia tan enorme frente a todo lo que sucedía en esa sala, que parecían escindidos en cuerpo y alma al vivir quizá una sensación de extrañamiento al borde de la alienación. No suele estar esa clase de dirigentes para nada acostumbrados a sentir el clamor popular sobre sus cabezas. Quizás tarden en asumirlo, pero parece que “El corazón de Roma ya no late en el Senado”, ni tampoco “en las arenas del circo”. Late en el democrático ámbito del Foro donde se reúnen los ciudadanos, entre los griegos: “El ágora”. En el sector derecho se veían cuatro concejales para los que no corría el apotegma de que “si jóvenes, entonces revolucionarios, y si adultos mayores, entonces conservadores”. Más bien abonaron la tesis de Guillermo Justo Chaves de que “no es cuestión de ser joven sino de estar joven” y de que “se puede ser joven y ser un bebe saurio”. En efecto los más maduros del sector derecho empatizaban mejor con las expectativas populares y los más jóvenes parecían muy alejados de aquellas. Como si aún faltaran más condimentos uno de estos jóvenes desempeñó el papel de iracundo vocero del grupo conservador remedando a Román Erdozain, aquel personaje de Roberto Arlt de fines de los años veinte. Todo su discurso reaccionario no alcanzó esta vez porque se impuso el pueblo. Y pocas cosas más legítimas puede haber en estos tiempos que corren: ¡que por lo menos una vez gane el pueblo!”

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